miércoles, 11 de enero de 2017

Zygmunt Bauman 1925-2017


Reportaje de Jorge Fontevecchia realizado en 2015
Publicado en Perfil, Buenos Aires, 9 de enero de 2017

—Sus aportes son relevantes en relación con la categoría de “liquidez”. Lo que usted ha llamado “modernidad líquida” es el eje de casi todos sus ensayos. ¿Puede describir brevemente esta noción?

—La liquidez es metafórica, por supuesto. Se justifica porque poco puede mantener su forma por mucho tiempo debido a que aún el estímulo más pequeño, un cambio en la dirección del viento, la moda o lo que fuera, puede cambiar la situación. Complementando la cuestión de liquidez con otra metáfora: el interregno. El interregno fue planteado por Titus Livius en la Roma Antigua. El primer rey legendario de Roma fue Rómulo, que reinó 37 años, que era el promedio de vida de la gente común en ese momento, lo que significa que cuando murió había muy poca gente que recordaba a Roma sin Rómulo. Consideraban la presencia de Rómulo, quien daba órdenes y establecía reglas, como un estado natural del mundo. Entonces, luego de su muerte hubo una gran confusión. La única fuente de sabiduría desapareció. Aprendieron maneras de vivir la vida, ya que no había una autoridad suprema, pero los nuevos no habían sido anunciados aún. Este es el estado de interregno. En tiempos modernos, Antonio Gramsci, el gran filósofo italiano, actualizó la idea. Ya no lo conectaba a la muerte de un rey y otro sin nombrar aún, sino que era una situación en la cual las viejas costumbres ya no funcionaban, eran poco fiables, pero la nueva situación, más efectiva, más adecuada, no se ha inventado todavía. Estamos en un estado de interregno. Un estado de interregno es líquido porque no hay continuidad. La discontinuidad es tan frecuente como la continuidad, por lo cual no se puede confiar en que lo que pasó ayer pasará mañana del mismo modo. Estamos viviendo en otra condición de incertidumbre continua, permanente. Me gusta decir que la incertidumbre es la única certeza que tenemos.

—Nada es sólido.

—Sí, lo que significa que la vida, en otras condiciones de modernidad líquida o interregno, es un experimento constante. Todo puede suceder, pero nada puede ocurrir con certeza absoluta.

—Si “el amor arresta para proteger al propio prisionero porque mientras el deseo ansía consumir, el amor ansía poseer”, ¿es posible el amor en la era líquida?

—Peter Sloterdijk, el gran filósofo alemán contemporáneo, distingue entre dos tipos de economía. Una a la que llama “erótica”, y otra que denomina “timótica”. Ambas son eróticas, ya que Eros y Thymos son dioses de la antigua Grecia, pero él las distingue de tal forma que la economía erótica corresponde a la economía de engrandecimiento, o posesión, de restar valor al mundo, consumir; mientras que la timótica se rige por otra gran necesidad importante del ser humano: el reconocimiento. No lo hace porque quiera convertirse en poderoso o tenga esta ambición de posesión. Lo que desean es el respeto humano, de modo que realizan acciones para conseguir la aprobación de sus pares. Pienso que el amor es una noción y condición muy ambigua. Por un lado, están los otros elementos del enfoque económico erótico, ya que el amor es muy posesivo. Realmente desea anticiparse a los deseos de su pareja, y querer anticipar siempre llevará el peligro de la coerción debido a que las ideas de su pareja pueden diferir de lo que usted cree. Por otra parte, existe un elemento timótico también. Amor significa asimismo cuidar de la pareja, y cuidar de la pareja significa cuidar de su individualidad, singularidad, subjetividad, no tratarlo como un objeto, como en el amor posesivo. De modo que existen dos elementos conflictivos en las relaciones amorosas, probablemente sea el tipo de actitud más inquietante y riesgosa. ¿De qué manera determina la liquidez los antiguos valores? La liquidez no determina nada, ya que la mera noción de liquidez entiende que una fuerza es demasiado débil para imponer una caída prediseñada; no puede mantener siquiera su propia forma, menos aún controlar la caída de otros objetos. Lo que la liquidez hace es exponer esa ambigüedad. En la modernidad sólida, usted debe institucionalizar que la idea de amor es la unión de dos compañeros, santificados mediante el ritual del matrimonio, y es eterna. Lo que se hizo en el Cielo, ninguna fuerza humana puede disolverlo, lo que significa que la modernidad sólida construye una suerte de muro que protege esta unión, y dificulta su disolución. Tuvo aspectos desagradables, ya que si los compañeros se odiaban, tuvieron que hallar algún modus operandi para hacer de esta horrible vida algo soportable. En la modernidad líquida no contamos con estas restricciones, estas limitaciones, y por ende las relaciones humanas también se convirtieron en vulnerables. Una costumbre muy común en la actualidad de la población joven es no precipitarse al casamiento. “Vivamos juntos y veamos cómo funciona”. Pero el resultado de esta actitud es que incluso los desacuerdos más pequeños se convierten en grandes crisis. Y en lugar de intentar resolver la dificultad y llegar a algún tipo de acuerdo, consenso, se piensa como cuando su iPhone no funciona: simplemente, lo desecha, compra otro. Cuando no funciona... otro barco está a la espera. Si el mercado del amor es enorme, ¿por qué no cambiar?

—Tener o no hijos es la decisión a largo plazo más consecuente que pueda existir. ¿Es acaso la liquidez posmoderna la causa o la consecuencia de tener menos?

—Destaco dos aspectos: uno, producto de la situación de liquidez, y otro, resultante de vivir en una sociedad de mercado, en una sociedad de consumidores. La consecuencia de la liquidez es que el futuro es impredecible. Cuando era más joven, leí, como la mayoría de mis contemporáneos, a Jean Paul Sartre: “Proyecta el resto de la vida y luego síguelo”. Hoy en día es impensable. Cuando aún enseñaba en la universidad, lo enseñé a mis estudiantes. ¡Estaban fascinados! Dijeron: “Me haría muy feliz si pudiera planificar el próximo año, pero no el resto de mi vida”. Los niños son una inversión a largo plazo, como me gusta señalar, lo que significa realizar compromisos por los próximos veinte, treinta o quién sabe cuántos años. La gente es muy cautelosa cuando se trata de establecer compromisos a largo plazo. Los contratos, generalmente, son a corto plazo; los laborales son temporales. Cada acuerdo tiene una cláusula “hasta nuevo aviso”. Nuestros niños no son la excepción. Sin embargo, lo excepcional acerca de los niños es que la gente no puede cancelar este contrato. He ahí el problema. Pero en lo que esta mentalidad influye es en que la gente piensa dos veces si traer o no niños a este mundo absurdo. Al parecer, traer niños a este mundo constituye un daño para el futuro sobre el mercado, sobrevivir en una sociedad de clientes. Cuando la gente piensa en tener hijos, hace cálculos... Si tener niños o una nueva casa, o un nuevo auto, o viajar alrededor del mundo. La decisión de tener un hijo también está considerada en el marco de la comparación de mercado entre diferentes atracciones.

—¿Por qué los individuos cooperan voluntariamente compartiendo información acerca de su vida personal, hábitos de consumo, relaciones a través de las redes sociales?

—Es asombroso para mí. Todos los servicios secretos de la modernidad sólida, la CIA, KGB, Stasi (N. de la R.: Ministerio para la Seguridad del Estado, órgano de inteligencia de la República Democrática Alemana disuelto en 1989), no son capaces de juntar tanta información sobre nosotros como la que voluntariamente les ofrecemos. Las sociedades totalitarias eran usualmente sociedades pobres, ya que gastaban mucho dinero para que los espías recaudaran información, tenían que pagar por esto. Nosotros estamos brindando nuestra información personal, por la cual no sólo no tienen que pagarnos sino que estamos nosotros pagando el privilegio de ser espiados. Es asombroso cómo ha cambiado la mentalidad a lo largo de mi vida. Ahora la gente provee información de manera voluntaria.

—¿Por qué?

—Me lo explico a mí mismo por el hecho de que uno de los mayores temores en la época contemporánea, que atormenta a las personas, que causa pesadillas, es el miedo a ser excluido, abandonado, a quedarse solo, ser dejado en la oscuridad. Mark Zuckerberg capitalizó sobre este miedo 50 mil millones de dólares. Creó Facebook, y Facebook significa que nunca estás solo. Se puede contactar con personas las 24 horas del día, los siete días de la semana. Eso aplica también a esta pregunta que plantea, ya que el precio que se paga por eso es que cada momento que se pasa en Facebook es registrado, de la misma manera en que es registrado cuando se usa un teléfono celular. En algún lugar, en un gran banco de datos eso está siendo registrado.

—Ese es el precio.

—Estamos dispuestos a sacrificarnos para escapar a la amenaza de ser abandonados, excluidos. Para ser reconocidos. Estamos viviendo a través de esto, no como un acto de esclavitud o represión sino, por el contrario, como un acto que hace posible que nos liberemos. Ahora tenemos la posibilidad de estar constantemente en compañía, podemos dejar de temer a ser abandonados.

—¿Es correcto hablar de comunidades en las redes sociales?

—Existe una diferencia entre una comunidad y una red. Usted pertenece a una comunidad. La red le pertenece a usted. Esa es la diferencia. Cuando ingresa a una comunidad, sin importar si ha nacido en una comunidad, tiene que jurar fidelidad y lealtad, tiene que seguir las reglas. La comunidad tiene sus propios rituales, sus propios principios de conducta, y la comunidad ya sabía que usted era uno de sus miembros. Si se aparta de las formas prescritas, se lo declara traidor, podría ser desterrado, pasar por todo tipo de castigos por haber sido desleal. Por lo tanto, la comunidad le dio seguridad. Lo emancipó de las necesidades de armar con mucho esfuerzo su propia identidad. La identidad ya estaba lista. Soy miembro de esta comunidad, pertenezco a ella, estoy en casa, está todo bien.

—Y no estoy solo.

—Pero a un alto precio, porque usted no tenía muchas opciones. Usted debe ser obediente, disciplinado. Incluso si a usted no le gusta lo que se le pide que haga, no importa, usted debe hacerlo. La red es exactamente lo opuesto a eso, ya que se encuentra bajo su control. No existe a menos que usted la mantenga con vida. Consta de dos actividades: conectar y desconectar. En el caso de la comunidad, ambas acciones son extremadamente difíciles. Conectar con una comunidad, introducirse en una comunidad establecida puede ser difícil. Lo revisarán, lo pondrán a prueba, lo espiarán. En el caso de una red es ridículamente fácil: presiona el botón y está dentro. Desconectarse es de igual forma extremadamente complicado cuando se trata de una comunidad, no así en una red. Sólo es una cara, un nombre de su red. Allí se termina. Usted deja de modificar Twitter, de mandar mensajes, y eso es todo. La gente, especialmente los jóvenes, aprovecha esta oportunidad para ser libre de entrar y salir de una compañía. Ingresan cuando lo desean y se van cuando pierden el interés. Tan simple como eso, y lo que se pueda lograr constituye la mayor atracción de la red. El precio, todo tiene un precio, es que las conexiones que usted establezca en línea a menudo son temporales y frágiles, de modo que no puede confiar en ellas. Nunca estará seguro de que perduren.

—En su libro “El arte de la vida” sugiere que todos somos artistas de la vida, tanto por una decisión personal como por un imperativo social. ¿Qué significa para usted una buena vida, una vida feliz?

—Bueno, Fontevecchia, ya le hicieron esta pregunta al gran poeta romántico alemán Johann Wolfgang Goethe…

—Que también era periodista.

—Tenía casi mi edad. Le preguntaron: “¿Considera que su vida es feliz?”. Y él respondió: “¡Muy feliz! Tuve una vida muy feliz, pero no recuerdo ninguna semana feliz”. Y ésa es la tercera pregunta, porque esa gente está equivocada al creer que la felicidad consiste en una sucesión constante e ininterrumpida de momentos felices. Y lo que Goethe sugiere en su respuesta es que la felicidad consiste en superar problemas, adversidades. No hubo ni una semana feliz. Cada semana, él luchaba contra algo. Y fue eso justamente lo que hizo que su vida, considerada en su totalidad, fuera feliz. La felicidad no está en la recopilación de momentos felices en un sentido excepcional, uniforme y monótono. Una vida feliz no es una vida libre de preocupaciones. Por el contrario: una vida feliz es una vida en la que se superan preocupaciones, problemas.

—En el mismo sentido, usted afirma que “el amor no es algo que puede encontrarse, sino algo que tiene que construirse a diario”. ¿Cree usted que en el marco de esta sociedad líquida el amor aún es válido? ¿El discurso romántico no ha perdido su valor?

—Es uno u otro. La gente no valora el amor que consiste en grandeza, en reproducirlo diariamente, los esfuerzos de mantenerlo vivo a lo largo de toda la vida. Es uno o el otro, no se puede tener ambos. Si la gente valora el amor a largo plazo, la pregunta es cuál es la demanda que surge de eso. Es que tienen que llevar a cabo este esfuerzo. El amor no es un objeto encontrado, el amor se construye.

—¿Es una obra?

—Es un esfuerzo que dura toda la vida. De otro modo, la vida se convierte en una larga cadena de comienzos, los cuales tienen muy poca continuación, y un final muy abrupto. No hay otra manera de cumplir el deseo de amar o de ser amado. El amor no es una receta para una vida fácil. Para una vida feliz quizás, pero no para una fácil. Requiere mucho trabajo.

—Algunos pensadores comparan el paradigma romántico con el hedonista. En otras palabras, la relación platónica-lacaniana de amor (deseo como carencia) se opone a una licenciosa contrahistoria, donde nada falta y el tema es la autosuficiencia. ¿Cuál es su postura en relación con estas dos tradiciones?

—No mencionó la tercera corriente muy importante que hablaba y escribía sobre el amor y la amistad, que es la de Lévinas. Tomé a Emmanuel Lévinas como mi profesor de ética. El no sabía que yo era su discípulo, pero yo lo tomé como mi profesor a distancia. El distingue que vivir con otra persona se acerca a la fórmula aristotélica del amor y la amistad. Vivir con y vivir para. Vivir para va más allá. No se derrota al otro ni se reacciona en su contra. El otro es un desafío y un pedido silencioso, pedido de su cariño, y una respuesta a esta demanda de la otra persona. Tú te preocupas por mí. La pareja no fuerza la obligación en uno pero, precisamente, hace la demanda silenciosa sin articularla en palabras necesariamente. Esa demanda no es clara, tiene que completarla para hacer sentido de ella. ¿Qué implica preocuparse por eso? Y, por esa razón, él intenta introducirse en esta alteridad del otro. Es muy complejo y no se puede explicar de forma sencilla. Incluso, si en vez de dos horas tuviera…

—Dos días.

—Dos años para debatirlo. Pero, a pesar de todo, el amor por definición no es simétrico, incluso si ambos miembros de la pareja se aman, desde el punto de vista de cualquiera de ellos, no es simétrico. Si usted y yo estuviéramos enamorados, mi amor siempre va a ser un poco mayor que el suyo. No espero retribución, no estoy calculando qué puedo ganar, no estoy calculando cuánto ha hecho él o ella por mí ni cuánto estoy haciendo yo para ver si nos equipara. Todos estos cálculos están en discusión. A mí me motiva el profundo conocimiento de vivir para el otro, no sólo junto a él.

—En la modernidad líquida, ¿la identidad se define a partir de la creación de redes y de la interacción? ¿De máscaras? ¿Cuáles serían las consecuencias de esto?

—La identidad no es algo que uno construye de una vez y para siempre ya que pertenece de manera simultánea a distintos círculos, y cada uno de ellos posee su propia demanda. No es una cuestión de elección, es una cuestión de necesidad. Más que identidad, es un proceso de identificación porque éste nunca termina. La persona es guiada de manera simultánea por el deseo de autodeterminación y, por otro lado, es guiada simultáneamente por el deseo de no construir una identificación demasiado inalterable, ya que las circunstancias podrían cambiar, podría encontrarse bajo condiciones diferentes y, por consiguiente, querrá ajustar su identidad a esas nuevas condiciones, nuevas oportunidades, nuevas promesas. Pero si la identidad previa es demasiado inalterable, la persona queda fijada y ya no podrá hacerlo. Por lo tanto, hay un miedo a la fijación y al deseo de dejar sus opciones abiertas al futuro que transforma el proceso de la identidad con el proceso de identificación.

—¿Esa sobreproducción de máscaras genera angustia existencial?

—No sé a qué se refiere con sobreproducción. El conflicto básico es entre dos valores que son equitativamente deseados, pero muy difíciles de reconciliar. Uno de los valores es la estabilidad, la seguridad y la certeza; el otro valor es la libertad. La libertad de poder experimentar, cambiar algo en la vida, mejorarla, criticar la condición alcanzada y querer modificarla. Ambos valores son necesarios porque la seguridad sin libertad es simple esclavitud, y la libertad sin seguridad es absoluto caos, la imposibilidad de hacer algo. La libertad absoluta es una pesadilla. Por lo que se necesita de ambas, pero la pregunta es cómo reconciliarlas, cuál es la medida, cuánta seguridad y cuánta libertad.

—En “La era del vacío”, Lipovetsky afirmó que la nueva estrategia que reemplazó la supremacía de la relación de producción a favor de la apoteosis de la relación de seducción dirige la vida en la actualidad. ¿Qué opina de esto?

—Estoy de acuerdo con eso. Es un poco más amplio. El poder en la actualidad está siguiendo lo que no hemos mencionado aquí. El pensador Joseph Nye, politólogo y filósofo estadounidense, articula cómo el pasaje del poder duro al poder blando está determinando nuestra existencia en el mundo. El poder duro opera por imposición, el poder blando opera por tentación y seducción. Eso es la transición de una sociedad industrial a una sociedad de consumo. Estamos definiéndonos a nosotros mismos y buscando las herramientas adecuadas para organizar nuestras vidas, no en la esfera laboral, no en el trabajo estático, sino en la esfera del consumo. Eso también aplica a la otra cuestión, la privacidad de las relaciones de producción y la privacidad de las relaciones de seducción. Así que, a grandes rasgos, empleo diferentes términos que los de Lipovetsky, pero creo en este diagnóstico.

—¿Cuáles son las consecuencias de una autoridad que se encuentra ahora en manos de la seducción, el glamour y la belleza?

—Probablemente sean algo que se ve tanto en la Argentina como en todos lados, el cambio de la naturaleza de la política. La política es una serie de oportunidades fotográficas. Usted dice seducción, glamour y belleza. Si lo reducimos a los problemas básicos, usted no puede imaginarse un candidato a presidente que gane las elecciones si es obeso, desagradable, que balbucea en vez de hablar con claridad. Todo es una cuestión de presencia. La presencia reemplaza a la sustancia, la política se transforma en un juego de la impresión que se causa. Esa es una consecuencia extremadamente importante de este cambio en la naturaleza de la autoridad. No puedo recordar quién dijo que el amor que se basa en la belleza, como la belleza, se termina rápido. Eso también aplica al terrible abismo de nuestra política. En vez de pensar en el largo plazo, como la forma de vida real que prometió implementar un movimiento social, un partido político, es un lugar con una situación muy volátil donde las personas llegan de repente de la nada. Lo va a notar en Grecia, lo va a notar en Italia, desde hace poco y de una manera espectacular. Están emergiendo de la nada, y no representan una forma de vida mejor y significativa, sino que vienen con el eslogan de deshacerse de la forma de vida antigua, no muy entretenida, sino aburrida. Eso es lo que está pasando. Son estrellas de una temporada: llegan, surgen de la nada y vuelven al olvido después de las elecciones. Si me preguntan por las consecuencias, mi respuesta sería que la consecuencia es la volatilidad de la política y la disolución de la confianza en las instituciones políticas ya establecidas. La gente no confía en que los gobiernos puedan cumplir con lo que prometen.

—Política líquida.

—Y por ende están constantemente buscando un cambio. Quizás otro haga las cosas mejor. La familiaridad de los políticos es su mayor desastre, ya que lo familiar se está tornando aburrido en nuestro moderno mundo líquido. La gente necesita de nuevas atracciones.

—Es una sociedad del espectáculo, con disolución de las instituciones sociales, preponderancia del relativismo ético y cierta hegemonía de una cultura nihilista. ¿Es posible alcanzar un individualismo responsable?

—Llámese la pérdida del arte del diálogo, dado que la ruta desde el individualismo ético a un individualismo responsable se alcanza mediante el diálogo. Los individuos necesitamos ser individuales a fin de preservar nuestra libertad. Ya he mencionado que no se puede imaginar una vida digna y decente sin un alto grado de libertad. A fin de ser libres, la otra manera de expresar dicha libertad es decir “eres un individuo”. Ser individual significa que se es autorresponsable y autoasertivo, y que también se nos reconoce por lo que somos: una persona única. Eso es un requerimiento. Pero, al mismo tiempo, como correctamente ha señalado, no debería llevar a un nihilismo, sino a un individualismo responsable. Individualismo responsable ya que se alcanza mediante, repito, el diálogo. ¿Qué se entiende por diálogo? Richard Sennett, probablemente conozca el nombre (N de R: sociólogo estadounidense adscripto a la corriente filosófica del pragmatismo, profesor emérito de Sociología en la London School of Economics), señaló que un verdadero diálogo deber ser informal, abierto y cooperativo. Informal significa sin un plan preacordado: comienza con audacia, coraje, tomando riesgos. Se aborda el diálogo con la sincera intención de llegar a un acuerdo. No se decide por adelantado que hablaré solamente de eso y que no incluiré otras cosas, otros asuntos de importancia y otros procedimientos. Eso es la informalidad. Dejar las reglas y procedimientos para dar paso al diálogo puro. Además debe ser abierto, lo que significa que usted no se acerca sólo con el deseo de probar que tiene razón y que todos los demás son estúpidos, sino que comienza el diálogo con un doble papel: como maestro debe aportar algo, debe traer un conocimiento, de lo contrario su participación en el diálogo es inútil; por ende, debe ser maestro para los otros, pero también discípulo. Debe aceptar la posibilidad de que durante el diálogo se demostrará que está equivocado. Los discípulos quieren aprender, así que aceptan la posibilidad de que lo que creían como verdadero no lo sea, de que otros conocen verdades superiores a las suyas. Y por último, se debe cooperar, y por esto entiéndase que no es el propósito del diálogo separar a los participantes entre ganadores y perdedores, sino hacer de todos ganadores. Al final del diálogo, todos sabrán más de lo que sabían antes, simplemente por haber compartido experiencias.

—La edición de “Modernidad líquida”, cuando usted tenía 75 años, le trajo gran reconocimiento mundial. ¿De qué forma usted piensa que se percibe la vejez en la modernidad líquida? ¿Individuos portadores de sabiduría? ¿Un problema demográfico causado por el envejecimiento de la población?

—Usted, señor Fontevecchia, nos presenta alternativas con algo de oposición que, de hecho, son complementarias. Estas no son alternativas: ambas están presentes.

—¿Qué significa la muerte para usted, profesor?

—Escribí acerca de ello en Mortalidad e inmortalidad, dos estrategias de vida. Pensaba en la inmortalidad, soñaba con la inmortalidad, soñaba con dejar un rastro en el mundo, dejar el rastro atrás de mí, vivir la vida de tal manera que no desapareciera junto con el polvo. Ahora, cada uno determina la estrategia de vida, de qué forma quiere vivir.

—¿Y en su caso?

—Es una larga historia, el libro entero. La pregunta es qué tipo de estrategia seguir. Estas cambian con el tiempo. El conocimiento de que tenemos que morir, que es irreparable, inherente a las especies humanas, lo destruye el enfoque moderno. Ya no tenemos miedo a la muerte, sino que tememos ser parias, les tememos a la enfermedad, a la contaminación, a la polución, al terrorismo, a los ladrones o lo que sea. De modo que destruimos la idea de una completa desaparición dentro de una serie de amenazas. La ventaja de ello es que estamos tan ocupados luchando y alejando todos estos peligros que nos olvidamos por completo de su futilidad porque en la muerte ya estamos preparados para morir de todas formas.

—¿Es terapéutico?

—Me pregunto si habrá notado que en los certificados de defunción ningún médico escribe: “Causa de la muerte: mortalidad”. Los médicos caerían en descrédito si no pudieran decir que murió por un riñón o a causa de una enfermedad pulmonar o por un paro cardíaco. Debe haber una causa, como si morir fuera la consecuencia de un disparo. Si nadie dispara, no muere. Aunque la solución posmoderna es aun más inteligente, pues nuestra cultura ha deconstruido no sólo la muerte, sino también la inmortalidad. Ahora se puede experimentar la inmortalidad pagando la entrada, se puede experimentar la inmortalidad antes de la muerte. Una vieja mentira. Esta es la experiencia de la inmortalidad: “Si muere, estará en el paraíso”. Es una combinación de la modernidad líquida y la sociedad de mercado, y de comerciales muy ingeniosos. Pero es una larga historia y no pretendo responderlo en su pregunta.

—¿Usted es ateo?

—La eterna presencia de la religión en la vida de los seres humanos deriva, entre otras cosas, del hecho de que nunca podremos responder al interrogante sobre si Dios existe o no. Por definición, Dios es una expresión de nuestra insuficiencia, de nuestra ignorancia. Por lo tanto, Dios es incognoscible. Nosotros, los seres humanos, no importa cuán inteligentes seamos, somos incapaces de comprender ese misterio. Dios es un misterio. Y Dios morirá. Dios es una creación social, fue creado por la humanidad por esta certeza de que hay un límite para nuestro entendimiento, lo que no comprendemos es la nada misma. No se puede imaginar la nada. Cuando se imagina la nada, incluso cuando uno imagina su propio funeral, no es que lo comprende, pues siempre en su imagen, en su imaginación, es esa persona que imagina. Uno está presente en su funeral, está con su cámara, con fotógrafo y todo. Es suficiente... la nada es inimaginable. El mundo sin mi presencia también es inimaginable. Y el otro límite para nuestro entendimiento es el infinito, es el fin de nuestro entendimiento. Nuestra evolución nos creó para vivir en un espacio cerrado, en un espacio confinado, no en un espacio infinito. Eso escapa a nuestro entendimiento. Por lo tanto, es un sentimiento de carencia, de insuficiencia. No somos completamente autosuficientes. Algo hay a nuestro alrededor, es probablemente una gran influencia sobre nuestras vidas, y no sólo no podemos controlarlo, no podemos siquiera visualizarlo. Esa es mi respuesta. Entonces, Dios nació con la especie, que era consciente de su mortalidad. Y, finalmente, Dios morirá, no de la manera que dijo Nietzsche, que es muerte, sino junto con la humanidad.

—¿Cómo se imagina a la sociedad líquida dentro de cincuenta años, cuando los individuos que viven sin apegos hayan envejecido?

—Pero las nuevas generaciones siempre vienen al mundo con apegos mucho más débiles que los que tuvieron sus padres o sus abuelos. Lo que estoy diciendo es que la modernidad líquida es un estado de interregno. Una de las principales características del interregno es que todo puede pasar y nada puede hacerse con total confianza, lo que a su vez tiene un derivado: cuidado con las predicciones.

—Entonces, usted no puede imaginarse esta sociedad dentro de cincuenta años.

—Un amigo solía decir que la llamada futurología es un fraude porque no puede existir ciencia sobre la nada, y el futuro no existe; el futuro es lo que el señor Fontevecchia, el señor Bauman y todos los demás estarían haciendo. Cuando el futuro se vuelve realidad, ya no es más futuro: es presente. Evito predecir, no soy un profeta. En sociología no va usted a encontrar ninguna instrucción acerca de cómo profetizar.

—Gilles Lipovetsky, en su libro “La tercera mujer”, argumenta que el cambio social más profundo e importante en términos de consecuencias sociales ha sido la emancipación de la mujer. ¿Cómo es la relación entre el hombre y la mujer ahora que la mujer ha ocupado este nuevo lugar? ¿Cuáles son las consecuencias sociales a largo plazo?

—Me interesan aspectos un poco distintos de la emancipación de la mujer, porque hay dos formas de emancipación, dos esencias del feminismo. Una es “iguales derechos para los hombres y mujeres”. Esto significa que las mujeres, de ahora en más, pueden ser los peores, malvados, terribles jefes y torturar a sus subordinados, como hace años era sólo privilegio de los hombres. Lo lamento mucho. Ahora, me gustaría introducir en nuestra conversación el duro e irónico concepto que tengo del papel del hombre. En realidad, la evolución hizo al hombre muy similar a los zánganos. Los zánganos tienen una única función con respecto a las abejas. Fertilizan a la reina para perpetuar la existencia del enjambre, y mueren inmediatamente después de eso. La única función en la que los hombres son irreemplazables en un enjambre humano es también fertilizar. Todas las demás funciones que permiten la continuación de la especie humana podrían ser perfectamente realizadas por las mujeres: cazar, recolectar frutas y nueces, la agricultura. Lo que se le ocurra podrían hacerlo igual de bien. Entonces, el problema para el hombre fue cómo asegurar su utilidad, e inventó dos funciones en la historia para su propio beneficio: las funciones militares y la política, que fueron creadas para generar actos masculinos. Lo que pasa con la emancipación es que perdieron su privilegio y, por lo tanto, ya no aseguran la posición superior, importante, autoritaria del hombre en la sociedad. La esencia del otro tipo de feminismo es bastante diferente. No permiten que las mujeres participen en la dimensión y la posición masculina de la sociedad, pero sí que la sociedad cambie, que se “feminice”, que se ablande, que se eliminen la actividad militar y la política autoritaria. Pero no creo que eso esté pasando. Creo que la tendencia dominante en el feminismo es que las dos partes realicen las tareas masculinas y femeninas de la vida humana.

—¿Cómo se entiende hoy, cuando todos parecen pertenecer a un segmento o nicho en particular, el esnobismo? ¿Cree que está decayendo el concepto de elite? ¿La hipersegmentación es una forma de resignificar el esnobismo?

—Hace aproximadamente treinta años, Bourdieu, el gran sociólogo francés, escribió La distinción, y lo que señaló es que el gusto por las artes, por la belleza y demás es un instrumento de la diferenciación de clases. La élite establece y protege su superioridad enorgulleciéndose por su exclusivo reconocimiento de tipos de arte sublime. Ahora esto se terminó. La denominada élite cultural contemporánea no se distingue por sus especialidades, sino por su naturaleza omnívora. Sentirse cómodos en cualquier lado, en todas las culturas, yendo a la ópera, a conciertos pop, a galerías de arte medieval y disfrutando de este O’Keeffe (N. de la R.: Georgia O’Keeffe, 1887/1986, norteamericana, pionera en las artes visuales), o quien sea, y, a la vez, sin atarse a ninguno de ellos, siendo capaces de moverse. Y el esnobismo, si se aplica a condiciones contemporáneas, consiste precisamente en rechazar la selectividad, ser abierto a todo, considerar que todo es interesante.

—Pero en su libro “La cultura en el mundo de la modernidad líquida” usted vuelve a la propuesta de distinción de Bourdieu en el mundo actual. ¿Qué significa la cultura en el mundo actual?

—La cultura ha cambiado su carácter. Desde el principio, tuve bastantes sospechas en relación con la que era, por aquel entonces, la idea dominante de cultura. La cultura es un sistema cerrado, una estructura dada en la que tienes que entrar de alguna manera. Durante mucho tiempo, las culturas no fueron sistemas cerrados; sus fronteras estaban abiertas, interactuaban, había un montón de influencias mutuas, había hibridación por todos lados y, sobre todo, no existía un sistema cultural. Un sistema cultural, la idea misma de sistema, implica, sugiere la coherencia, la falta de contradicción interna. Pero, como Michel Foucault ya señaló en su idea de información discursiva, las culturas apoyan mutuamente, lógicamente, enunciados contradictorios. La presencia de contradicciones es la vida de la cultura, no es una anormalidad. La contradicción dentro de un sistema es potencialmente perturbadora. En el caso de la cultura, la contradicción, la ambigüedad, las alternativas, la ambivalencia son el camino de la existencia; esa es la esencia de la cultura. Hoy, aun siendo una realidad sin fronteras, sólida, fija, la cultura puede ser vista como una colección de prescripciones y proscripciones, recomendaciones y prohibiciones, ¿no? La cultura de hoy es una colección de proposiciones, y, al igual que otras cosas, como el poder, no actúa a través de la coacción, a través de la imposición de sanciones a causa de un comportamiento anormal, sino a través de la tentación, a través de la atracción, a través de la seducción. Podemos ser seducidos por ésta o aquélla proposición, podemos rechazarla; tenemos una enorme variedad de elección, podemos tomar de ella lo que nos parezca.

—¿Cómo relaciona los conceptos de habitus, capital cultural y redes sociales definidos por Bourdieu?

—El capital cultural, según Bourdieu, era una imagen fija que mostraba las realidades de este estado sólido de la modernidad. El capital cultural más o menos se fijaba, se heredaba, se recolectaba del ambiente, del capital cultural de la comunidad territorial. Dónde nacía, en qué parte de la ciudad, por ejemplo, eso decidía qué clase de capital cultural uno cargaba. Pero la misma idea de vecindario ha cambiado desde entonces hasta un punto irreconocible. Una creencia, al menos la tradicional, es que el vecindario es el área donde vivimos. Recuerde que, según George Herbert Mead, el vecindario es el área que contiene a los otros importantes, los otros significativos, la gente contra la cual uno se mide y quienes son capaces de reconocernos o rechazarnos. Todo esto se ha expandido hasta un punto irreconocible porque tenemos computadoras, y contactarnos con personas que viven en Nueva Zelanda o en Hawai y conectarnos con nuestro vecino es igual de sencillo. Así que, ¿dónde está su capital cultural? ¿Qué tan fijo se encuentra? ¿A qué área territorial se encuentra ligado? Debemos repensar eso. No sé por cuánto tiempo se mantendrá la división, pero por ahora dividimos nuestras vidas entre estar conectados y desconectados. Estamos desconectados cuando caminamos por la calle o vamos a la oficina, cuando estamos en una reunión con el jefe y sus subordinados, cuando enviamos a los hijos a la escuela. Estando desconectado, todavía existen las viejas reglas: el capital cultural en el sentido corriente, el habitus limitado por el espacio. De acuerdo a ciertos estudios recientes, una persona promedio pasa más de nueve horas por día no en compañía de otros seres humanos, sino en compañía de pantallas. Pantallas grandes, pantallas pequeñas, pantallas de tamaño medio, pero pantallas. El mundo es el globo, y está a sus pies. Usted puede moverse de un capital cultural a otro, de un círculo cultural a otro, de un conjunto de proscripciones a otro y así sucesivamente. Así que las redes sociales existen trascendiendo el campo del habitus y el volumen del capital cultural.

—Marshall McLuhan predijo en los años 60 el final de la galaxia Gutenberg. Usted habló de pantallas. ¿Qué opina acerca del futuro del papel como medio para transmitir información y cultura? ¿Desaparecerá o no?

—John Thompson, profesor en Cambridge, se pasó la vida sin dar clase, investigando una cuestión. Es el director de Polity Press, pero también es un teórico, un empirista que estudia la industria editorial. Todas sus vacaciones se las pasaba entrevistando a los jefes de las principales editoriales del mundo, intentando averiguar qué buscaban. Lo que averiguó lo publicó en un libro, se lo recomiendo, es fascinante, titulado Mercaderes de Cultura, y lo que descubrió, entre otras cosas, es que a los grandes editores no les importa si publican libros en papel o en formato electrónico. Su objetivo no son los libros en el sentido material, si no el contenido. Son dueños de contenidos, y el medio en que lo distribuyen no tiene mayor importancia. Yo vuelo a menudo, viajo con conferencias por toda Europa. Hay personas sentadas en el tren, algunos llevan el Kindle, otros el periódico y otros libros impresos que han comprado en la estación y tirarán a la basura en cuanto termine el vuelo. Pero muchas, muchas personas están jugando a juegos de computadora, una actividad totalmente diferente. Ellos ya no consideran el contenido fijo como la fuente de una ilustración importante, como la necesidad de comunicar. Nos encontramos en una transición. Las generaciones de jóvenes son las primeras en la historia en dividir sus vidas entre dos universos diferentes: conectado y desconectado. En cada uno de los cuales se procede de una manera totalmente distinta. Qué ha surgido de ahí es difícil de decir, yo sé lo mismo que usted, no poseo el privilegio de adivinar lo que va a ocurrir. Sin embargo, en este momento hay un enfrentamiento dinámico entre dos formas de existir en el mundo y dos formas de obtener información. El impacto sobre nuestras habilidades mentales es diferente del que deriva del conocimiento de los libros, simplemente porque devalúa la importancia de retener cosas en el cerebro, en la memoria. Degrada el esfuerzo de memorizar a largo plazo, a prestar atención porque todo es tan accesible que basta con pulsar un botón y se obtiene toda la información que uno necesita. Ya no sólo no es necesario ir a librerías, o a la biblioteca, sino que no hay ni que pagar por ello en muchas ocasiones.

—¿ La pérdida de la memoria cambiará nuestra mente ?

—Sí. Antes, el esfuerzo de aprender a largo plazo, de asimilar conocimientos y mantenerlos allí tenía un valor de supervivencia. Ya no es más porque la información está disponible en cualquier momento.

—Cualquiera sea la plataforma de los contenidos, ¿podrá el periodismo profesional sobrevivir con estos cambios económicos y sociales?

—Y si no, ¿quién lo hará? Ese es el problema. Usted sabe tal vez mejor que yo cómo las oportunidades, las ocasiones y la vocación, el deber moral, por así decir, del periodismo independiente que en parte se dejó de lado, pero la capacidad está allí. Por ejemplo, los hackers, los que filtran documentos, ellos penetran en el misterio de los gobiernos.

—WikiLeaks, por ejemplo.

—También son, en cierto sentido, periodistas de investigación. El periodismo de investigación es un poder muy importante en el mundo contemporáneo. Si no fuese por él, nuestras autoridades, o quienes pretenden ser nuestras autoridades, continuarían haciendo mal muchísimas cosas de las que están haciendo. Sin embargo, la independencia en el periodismo es otra cuestión muy importante. Son dependientes de una gran corporación porque si quieren llegar a grandes audiencias se necesitan un gran equipo, no se puede culpar a todos por no actuar correctamente en su función, pero de una manera u otra, su función permanece sin cultivar.

—¿Existe una relación entre pensamiento y velocidad por la cual los medios de comunicación inmediatos estén obligados a ser superficiales?

—El término surfear. No leer, no caminar, ni siquiera correr, ni siquiera nadar, sino surfear. Surfear significa deslizarse sobre una superficie. En internet uno no está parado, está surfeando de un sitio web al otro, perseguido siempre por la idea de que puede haber uno, que no ha visitado, con algunos tesoros ocultos, así que cambia tan rápido como puede. Nuestra paciencia ha sido socavada simplemente porque es tan sencillo moverse de un sitio web al otro. Yo lo encuentro incluso en mi propio uso de internet: muy pocas veces leo el artículo completo porque tengo poco tiempo disponible, siempre estoy apurado. Estudio un problema, necesito recolectar información de un sitio web, así que trato de desarrollar este difícil arte de surfear, tomando fragmentos en el camino de aquí a allá, los cuales, a la larga, creo que vuelven nuestro conocimiento muy superficial.

—Si perdemos la memoria y también perdemos la paciencia, ¿surgirá un nuevo ser humano?

—Muchas personas, cuando no encuentran en menos de un minuto su respuesta en un sitio web, ya abandonan la idea, se vuelven furiosas. La paciencia es muy limitada hoy en día, los lapsos de atención se vuelven más y más limitados.

—¿Qué piensa sobre el rol de los intelectuales en distintas formas?

—Es un rol tremendamente importante. Describo todo eso en mis escritos, por ejemplo en Legisladores e intérpretes, el primer libro de la serie dedicada al análisis de la modernidad. Los intelectuales, cuando nació la posición, fueron definidos como legisladores y luego fue resumida en 1899 en la nueva palabra “intelectual”. Simplemente otorgaban la información, la introducían y establecían por medios legislativos el estilo de vida que se consideraba apropiado, digno de la humanidad. Eso cambió. Los intelectuales no son más legisladores, ya no declaran un veredicto sobre cómo debemos vivir. Sólo tratan de explicar, pero este acto es crucial porque la experiencia individual, por más brillante que sea el individuo, es en cierta medida limitada al itinerario individual de la vida. Muchas de las condiciones que determinan el destino del individuo están escondidas, tapadas, no contempladas por la división del individuo.

—¿Todavía existen los intelectuales orgánicos? ¿O los intelectuales específicos, como dijo Gramsci?

—La idea de Gramsci de intelectuales orgánicos estaba ajustada a la práctica de las clases sociales. Las clases eran, a su vez, fuerzas políticas en potencia. Ahora bien, la gran pregunta es si las categorías de las personas dentro de la sociedad contemporánea todavía responden a la definición de clase como campo político en potencia. Tradicionalmente, la sociedad se encontraba dividida en clases altas, clases medias y clases bajas o clases trabajadoras. Según Guy Standing, un brillante sociólogo, las clases medias se están disolviendo lentamente, siendo reemplazadas por lo que se llama la clase precarizada. El término precarización proviene del francés, précarité, inestabilidad. La clase media no está sólidamente establecida, no está orientada al futuro, no son audaces, no experimentan. Lo que distingue a la clase precarizada es su falta de confianza en sí misma. Ya no están seguros de sí mismos, de la estabilidad, de la posición en la sociedad, de la duración de sus logros, de sus logros en general. También los distingue su miedo disipado e inespecífico. El miedo a perder, de perderlo todo. Pueden perder a su pareja, pueden perder su trabajo, pueden perder su fortuna en la Bolsa de Valores, pueden perder todo aquello por lo que trabajaron. Lo que define al precarizado como una clase son estos temores comunes a todos los miembros de la clase. No se unen entre sí. Cada uno sufre por su cuenta. Y esta clase de sufrimiento no los lleva a unirse, a desarrollar solidaridad con sus pares. Al contrario: los ubica como competidores. Compiten por el mismo trabajo, por las mismas oportunidades de sobrevivir el próximo round de austeridad, el próximo round de economías, por lo cual hay pocas probabilidades de transformar esta categoría de población en una clase social. Y lo mismo se aplica a las clases bajas, las cuales ahora han sido renombradas. Usted conoce la noción de clase marginal, que es muy diferente de la clase baja. La clase baja se encuentra en el extremo inferior de la escalera, pero, al menos, está en la escalera, sólo son un conjunto de solitarios abandonados, privados y despojados, que viven con dolor, sufriendo.

—En Europa, los movimientos populistas de derecha por lo general son xenofóbicos, homofóbicos, y ahora vienen surgiendo algunos grupos populistas de izquierda (Podemos, Syriza) , mientras que en América Latina tenemos populismo con una retórica de izquierda y antiimperialista. ¿Cómo interpreta estos fenómenos políticos del populismo?

—No es el foco de su pregunta, pero es lo que viene a mi mente respecto de su pregunta. Generé muchas esperanzas con la visita del papa Francisco a Sudamérica. Como usted sabe, los papas anteriores condenaban la verdadera liberación. Pero él es el primer papa que aceptó eso. No sólo como permisible, sino también como una misión principal de la Iglesia Católica. Eso es, en realidad, el fondo de la cuestión. La preocupación por el abandono, el sufrimiento, la explotación y cosas como ésas. Por ello, realmente, espero que estemos siendo testigos, mientras estamos hablando, de un cambio muy pero muy importante en nuestra manera de pensar, en particular acerca de la versión sudamericana del populismo. El populismo, como cualquier ideología popular, podría ser utilizado para fines demagógicos, y en realidad, todas las personas que a lo largo de la historia intentaron convertirse en dictadores, y lo lograron, utilizaron capacidades populistas. Ser populista no significa, necesariamente, ser un hombre bueno o malo; se puede utilizar de ambas formas. Hasta ahora, hubo una tendencia en las ciencias sociales de poner todo en un lado u otro. No es así. Puede que haya abuso, en política todo puede ser abusado, pero esto no significa que no tiene este tremendo potencial. América Latina es, yo creo, un taller muy poderoso en este momento. O más bien, un laboratorio en el que se experimentan y se ponen en funcionamiento las nuevas maneras de coexistencia humana bajo las presentes condiciones carentes de organización. En la Argentina están pasando muchas cosas, pero pienso que en Brasil están pasando con mayor magnitud.

—¿Piensa que Europa podría tener un ciclo populista como el que vivimos esta década en América Latina?

—El populismo en Europa es muy poco atractivo. Mayormente es utilizado para capitalizar la desilusión, el desencanto con las políticas comunes. Un gobierno populista en Europa, en este momento, es el que detenta el poder en Hungría. Está conectado con intenciones de extrema derecha, muy autoritarias. En mi propio país, Polonia, las fuerzas políticas que están ganando tanto en popularidad, como en autoridad, están apuntando a Hungría. Así que es una tendencia en alza. Hay señales de ese tipo en Francia, en Finlandia…

—¿Podría triunfar un populismo de izquierda en Europa?

—Hasta ahora, el populismo en Europa es bastante siniestro y atemorizante. ¿Cómo se han desarrollado los hechos, bajo, particularmente, la influencia de lo que está pasando en España y Grecia?

—Usted es polaco, y el papa Juan Pablo II fue muy importante para el cambio en su país. ¿Piensa que el papa Francisco será muy importante para Sudamérica?

—¿Por qué lo pone junto a Juan Pablo II? Juan Pablo II fue muy influyente porque era polaco, entonces, ¿detrás de su pregunta hay alguna expectativa de que porque el papa Francisco, o Bergoglio, es de Sudamérica, su influencia será muy grande?

—Un ejemplo es la relación entre Cuba y los EE.UU.

—Pero lo importante aquí es que él siente verdaderamente el pulso de América Latina. El creció allí. Antes de que Bergoglio se transformara en Francisco, él ya practicaba este tipo de política, así que tengo esperanzas de que sucederá.

—Ojalá Sudamérica aporte al orden mundial.

—Deseo que tenga éxito, pero no tiene mucho tiempo. La situación requiere acción urgente. Está el aumento de fuerzas que anticipan un cambio muy positivo en el mundo, pero, por otra parte, hay un aumento de fuerzas terroristas, Estado Islámico. Está aumentando sin parar la desigualdad a escala global. La necesidad de ponerle un fin y la incapacidad de hacerlo están ganando poder al mismo tiempo.

Con la colaboración de Luis Diego Fernández, Agustino Fontevecchia, Adriana Lobalzo, Gabriela Padín Losada y Lorena Steinberg.


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lunes, 28 de septiembre de 2015

SAN AGUSTÍN: REFLEXIONES SOBRE EL TIEMPO

¿Qué es el tiempo?

En el Libro XI de una de sus mayores obras, "Confesiones", el autor nos hace partícipes de sus reflexiones que entrelazan filosofía y teología en una búsqueda que es pregunta, investigación, argumentación y, por momentos, se transforma en silencio, escucha y plegaria.

 4
Existen, pues, el cielo y la tierra, y en alta voz nos dicen que fueron hechos, porque se mudan y cambian. En todo lo que existe y no ha sido hecho no hay nada que no existiera ya antes. Y en esto precisamente consiste el cambio y la mudanza.
El cielo y la tierra claman también que no se hicieron a sí mismos. «Existimos —dicen—, porque hemos sido hechos. Para hacernos a nosotros mismos deberíamos haber existido antes de que existiéramos.» Y la voz de los que lo dicen es la misma evidencia.
Eres tú, Señor, quien los hiciste. Tú, que eres hermoso y por quien ellos son hermosos. Tú, que eres bueno y por quien ellos son buenos. Tú que existes y por quien ellos existen. Pero ni ellos son tan hermosos, ni tan bue­nos, Creador de ellos. Comparados contigo ni son hermosos, ni buenos, ni tienen existencia.
Sé todo esto y te doy gracias por ello. Y sé también que nuestra ciencia, comparada con la tuya, es ignorancia.
(...)
10
Quienes preguntan: ¿qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra?, ¿no siguen todavía en su antiguo error? Porque si estaba ocioso —dicen ellos— y no hacía cosa alguna, ¿por qué no estuvo así siempre y con­tinuó estando después sin hacer nada, como había es­tado hasta entonces? Porque, si en Dios hubo un movi­miento nuevo y una nueva voluntad para traer a la exis­tencia a una criatura, ¿cómo es posible que en Dios haya una verdadera eternidad naciendo una nueva voluntad que antes no existía?
(...)
12
Responderé ahora a los que preguntan: «¿qué hacía Dios antes de crear el cielo y al tierra?». (...) Me gustaría más responder que no lo sé —porque no lo sé— que salir con una broma que puso en ridículo a quien pre­guntó por cosas tan altas y mereció la alabanza de quien respondió cosas falsas.
Respondo, pues, diciendo que tú, Dios nuestro, eres el Creador de toda criatura. Si, pues, con el nombre de cielo y tierra ha de entenderse toda criatura, entonces afirmo con toda audacia que antes que Dios hiciese el cielo y la tierra no hacía nada. ¿Qué podía hacer sino una criatura, caso de haber algo? Ojalá pudiese yo sa­ber con tanta certeza todo lo que deseo saber útilmente, como sé que ninguna criatura fue hecha antes de que se hiciese criatura alguna.
13
Quizás alguien de mente peregrina pueda divagar a través de las imágenes de los tiempos anteriores a la creación y preguntarse —lleno de admiración por ti, Dios omnipotente y Creador de todo, dueño de todas las cosas del cielo y de la tierra— cómo dejaste pasar innumerables siglos antes de decidirte a obra tan grande. Yo le diré sencillamente que despierte y que advierta que está ad­mirando cosas falsas.
Pues ¿cómo habían de transcurrir innumerables siglos, si todavía no habían sido hechos por ti, autor y creador de los siglos? ¿Podía existir tiempo que no fuese creado por ti? ¿Y si no había existido?, ¿cómo podía pasar? Ahora bien, tú eres el creador del tiempo. Si, pues, hubo un tiempo antes de que hicieras el cielo y la tierra, ¿cómo se puede decir que dejaste de obrar? Luego tú hiciste el tiempo, pues el tiempo no pudo pasar antes de que tú lo hicieras.
Y si antes del cielo y de la tierra no había tiempo, ¿a qué viene preguntar qué hacías entonces? Pues no había entonces, donde no existía el tiempo.
Además, aunque tú eras antes del tiempo, no le pre­cedes en el tiempo. De lo contrario, no serías anterior a todo el tiempo. Precedes a todos los tiempos pasados con la excelencia de tu eternidad siempre presente. Y eres superior a todos los tiempos futuros porque toda­vía están por venir y cuando lleguen ya habrán pasado. Tú, en cambio, eres el mismo y tus años no pasarán[1]. Tus años no van ni vienen. Los nuestros vienen y se van, para que todos se sucedan. Tus años están todos juntos, porque permanecen. Los que van no son excluidos por los que vienen, porque no pasan. Los nuestros, en cam­bio, no habrán sido todos hasta que todos dejen de haber sido. Tus años son un día. Y tu día no es un día coti­diano, sino un hoy. Porque tu hoy no cede al mañana ni sucede al día de ayer. Tu hoy es la eternidad. Y en este día eterno engendraste coeterno a aquel a quien dijiste: Yo te he engendrado hoy[2]. Tú hiciste todos los tiempos y eres antes de todos los tiempos. Por consiguien­te, no hubo un tiempo en que no había tiempo.
14
El mismo tiempo es obra tuya. No hubo, por tanto, tiempo alguno en que no hicieses nada. Ningún tiempo es coeterno contigo, porque tú no cambias nunca y, si el tiempo no cambiase, ya no sería tiempo.
Pero ¿qué es el tiempo? ¿Quién podrá fácil y breve­mente explicarlo? ¿Quién puede formar idea clara del tiempo para explicarlo después con palabras? Por otra parte, ¿qué cosa más familiar y manida en nuestras con­versaciones que el tiempo? Entendemos muy bien lo que significa esta palabra cuando la empleamos nosotros y también cuando la oímos pronunciar a otros.
¿Qué es, pues, el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con certeza que si nada pasara no habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no habría tiempo presente.
Pero de esos dos tiempos, pasado y futuro, ¿cómo pue­den existir si el pasado ya no es y el futuro no existe todavía? En cuanto al presente, si siempre fuera pre­sente y no se convirtiera en pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Luego, si el presente para ser tiempo es preciso que deje de ser presente y se convierta en pasado, ¿cómo decimos que el presente existe si su razón de ser estriba en dejar de ser? No podemos, pues, decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser.
15
(...)
Vemos así cómo el tiempo presente —el único que hemos demostrado poder llamarse largo— apenas se re­duce al breve espacio de un día. Pero detengámonos a examinar también esto un poco y veremos que ni aun el día es todo él presente. Un día se compone de vein­ticuatro horas entre nocturnas y diurnas. La primera de éstas tiene como futuras a todas las demás, y la última tiene a las anteriores como pasadas. Lógicamente, cual­quiera de las intermedias tiene detrás de ella las pasadas y delante las futuras. Incluso la misma hora está com­puesta de instantes fugaces. Los instantes idos son pasado; los que quedan, futuro.
De hecho, el único tiempo que se puede llamar presen­te es un instante, si por tal concebimos lo que no se puede dividir en fracciones por pequeñas que sean. Y un instante tan corto como éste pasa tan rápidamente del futuro al pasado que su duración es apenas impercepti­ble. Si su duración se prolongara podría dividirse en pasado y futuro. Cuando es presente no tiene duración o extensión. (...) Sólo cuando está pasando, el tiempo puede sentirse y medirse. Una vez pasado, ya no puede, porque no existe.
17
Pregunto, Padre, no afirmo. Asísteme y ayúdame, Dios mío. ¿Quién podrá decirme que no son tres los tiempos —así lo aprendimos de niños y lo enseñamos ahora a los niños—, a saber, pasado, presente y futuro? ¿O dirá que solamente existe uno, el presente, porque los otros dos no existen? ¿O es que existen también el pasado y el futuro, el uno —saliendo de un refugio oculto cuando de futuro se hace presente— y el otro —cuando de pre­sente se hace pasado— escondiéndose en un seno oculto? Porque si el futuro no existe, ¿dónde lo vieron los que predijeron el porvenir? Pues lo que no existe no puede ser visto. Tampoco los que nos cuentan las cosas pasadas podrán decirnos la verdad de las mismas si no las vieran en su alma. Y si no existieran, sería del todo imposible que las vieran. Luego existen las cosas futuras y las pa­sadas.
18
¡Oh Señor, esperanza mía!, déjame que siga investi­gando. Que no se distraiga mi atención.
Quiero saber dónde están el pasado y el futuro, si es que existen. Y aunque no sea capaz de saberlo, sí sé que dondequiera que estén, no están allí como futuro o pasa­do, sino como presente. Si están como futuro todavía no existen, y si como pasado, ya no están allí. Dondequiera que estén y sean lo que sean, no existen sino en cuanto presentes.
Por lo que se refiere a cosas pasadas y verdaderas, ob­sérvese que no son las cosas mismas sucedidas las que se sacan de la memoria. Son más bien las palabras que provocan sus imágenes que dejaron impresa su huella en el alma al pasar a través de los sentidos. Tal es el caso de mi niñez. Ya no existe, pero existe en el tiempo pasa­do, que a su vez no existe. Pero cuando quiero describir y recordar la imagen de mi niñez, la veo en el tiempo presente, pues está todavía en mi memoria.
Lo que ya no sé —lo confieso, Dios mío— es sí se puede aducir causa semejante respecto a la predicción de cosas futuras por medio de imágenes ya existentes que representen las cosas que todavía no existen. Pero sí sé con certeza que muchas veces programamos nuestras futuras acciones. Y sé también que esta programación es presente, a pesar de que la acción programada no exista todavía porque es futura. Comenzará a existir cuando la acometamos y pongamos por obra, porque entonces ya no será futura, sino presente.
Sea como fuere este arcano presentimiento de las cosas futuras, lo cierto es que no se puede ver sino lo que existe. Y lo que ya existe no es futuro, sino presente. Cuando se dice, por ejemplo, que se ven las cosas fu­turas, no son las mismas cosas que aún no existen y que son futuras las que se ven, sino a lo más sus causas o signos, que existen ya. En consecuencia, ya no son fu­turas, sino presentes a los que las ven, y por medio de ellas la mente puede formar un concepto de cosas que todavía son futuras y es así cómo es capaz de predecirlas. Estos conceptos existen ya, y al verlos presentes en su pensamiento, la gente puede predecir los hechos ac­tuales que representan.
Lo explicaré con un ejemplo tomado de la infinita multitud de objetos. Contemplo la aurora, anuncio que va a salir el sol. Lo que veo está presente; lo que anun­cio, futuro. Lo que no es futuro es el sol —que ya exis­te—, sino su nacimiento, que todavía no se ha produ­cido. Pero no podría predecir la salida del sol si no tuviera en mi mente una imagen del mismo, como la que tengo en este momento cuando hablo de él. Ni la aurora, que contemplo en el cielo, es la salida del sol, aunque le preceda. Tampoco lo es la imagen que retengo en mi alma del nacimiento del sol. Tanto la aurora como la salida se ven en el presente; por eso puedo predecir la salida, que es futuro. Las cosas futuras no existen to­davía. Y si no existen todavía es que no existen real­mente. Y si al presente no existen, no se pueden ver de ninguna manera. Pero pueden predecirse por las cosas presentes que realmente existen y por lo mismo pueden verse.
20
Lo claro y evidente ahora es que ni existe el futuro ni el pasado. Tampoco se puede decir con exactitud que sean tres los tiempos: pasado, presente y futuro. Habría que decir con más propiedad que hay tres tiempos: un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras. Estas tres cosas existen de algún modo en el alma, pero no veo que existan fuera de ella. El presente de las cosas idas es la memoria. El de las cosas presentes es la percepción o visión. Y el presente de las cosas futuras la espera.
Si se me deja hablar en estos términos, puedo ver los tres tiempos y admito que los tres existen. Podría ha­blarse también de tres tiempos —pasado, presente y fu­turo— como se habla ordinariamente, aunque de manera impropia. Bueno, dejémoslo pasar. Yo no me opondré ni reprenderé a los que hablan así con tal que se entienda bien lo que se dice ni se tenga por existente lo que toda­vía es futuro ni que lo pasado es presente. Pocas son realmente las cosas dichas con propiedad. La mayor parte de forma incorrecta. No obstante, se entiende lo que queremos decir.
21
Acabo de decir que medimos el tiempo cuando pasa. Esto nos permite hablar de un intervalo de tiempo doble en relación a otro tomado como unidad de medida. O que los dos son de igual duración. Y así cosas seme­jantes que se dicen cuando medimos las partes del tiempo.
Decía, pues, que medimos el tiempo según va pa­sando. Y si alguno me pregunta: «¿Cómo lo sabes?», le responderé sencillamente: «Lo sé porque lo medimos.» No podemos medir lo que no existe, y el pasado y el fu­turo no existen.
Pero mientras lo medimos, ¿de dónde viene, por dón­de pasa y adónde va? ¿De dónde, sino del futuro? ¿Por dónde, sino a través del presente? ¿Adónde, sino al pa­sado? Luego viene de lo que ya no existe, pasa por lo que no tiene duración y se dirige hacia lo que ya no es.
¿Y qué es lo que medimos sino el tiempo en el es­pacio? Porque no hablamos de sencillo, doble, triple o igual refiriéndonos al tiempo, sino a espacios o inter­valos de tiempo. ¿En qué espacio de tiempo, pues, me­dimos el tiempo que pasa? ¿Acaso en el futuro de don­de viene? No, pues lo que no existe todavía no se pue­de medir. ¿Acaso en el presente, por el que está pa­sando? Tampoco, pues no se puede medir lo que no tie­ne duración. ¿Será, quizá, en el pasado, hacia donde se dirige? Tampoco, pues no se puede medir lo que ya no existe.
23
En cierta ocasión oí decir a un hombre sabio que el tiempo no es más que el movimiento del Sol, la Luna y las estrellas, No estoy de acuerdo. ¿No será más bien el tiempo el movimiento de todos los cuerpos? Si se apa­garan las luces del cielo y siguiera dando vueltas la rueda del alfarero, ¿no seguiría habiendo tiempo por el que podríamos contar las vueltas de esa misma rueda? ¿No podríamos decir, ya que tardaba tanto en unas como en otras, que unas veces iba más aprisa que otras, o que unas vueltas tardaban más y otras menos? Y al decir esto, ¿no estamos hablando en el tiempo? ¿Y nuestras palabras ten­drían sílabas largas y breves, sino porque unas tienen más duración y otras menos?
Haz, Señor, que los hombres descubran en lo pequeño los principios comunes a todas las cosas, grandes y pe­queñas. Cierto que los astros y estrellas están puestos en el cielo para señalar las estaciones, los días y los años[3]. De esto no hay duda. Con todo, yo no diría que una vuelta de aquella ruedecilla de alfarero es un día. Ni tampoco —por la misma razón— podría decir que aquella vuelta no es tiempo.
Lo que yo quiero conocer ahora es la esencia y natu­raleza del tiempo con el que medimos el movimiento de los cuerpos, diciendo, por ejemplo, que tal movimiento dura dos veces más que el otro. Por la palabra día en­tendemos no sólo la duración de tiempo que el sol permanece en el cielo sobre la tierra y que da lugar a la dife­rencia entre el día y la noche. Entendemos también todo el recorrido de oriente a occidente, que nos permite de­cir: «Han pasado tantos días», incluyendo en ellos tam­bién las noches, sin contar a éstas como tiempos distin­tos. Mi pregunta es ésta: Si el día se termina con el movimiento del sol y su giro de oriente a oriente, ¿es el día ese movimiento o el tiempo que tarda en hacer ese recorrido o ambas cosas a la vez?
Si un día fuera el movimiento del sol en todo su re­corrido, bastaría que éste tardara solamente el espacio de una hora en hacer su recorrido para haber día. Por otra parte, si el día fuera la duración del tiempo que el sol tarda de hecho en hacer su recorrido, no sería un día si el período entre una salida y otra fuera tan sólo de una hora. En este caso, el sol habría de dar veinticuatro vueltas para completar un día. Si decimos que ambas cosas, entonces —caso de que el sol diese toda su vuelta en el espacio de una hora— el movimiento no podría llamarse día. Como tampoco se llamaría día en el caso de que el sol desapareciese tanto tiempo como el que suele gastar en su recorrido de una mañana a otra.
Pero ahora no es mi pregunta sobre eso que llamamos día. Me pregunto qué es el tiempo con el que medimos el recorrido del sol. Si éste hiciera su carrera en un es­pacio de tiempo de doce horas, diríamos que ha hecho su recorrido en la mitad del tiempo habitual. Caso de comparar ambos tiempos, diríamos que uno es sencillo y otro doble, aun suponiendo que el sol hiciese su re­corrido unas veces de oriente a oriente en veinticuatro horas y otras en doce.
Nadie me diga, pues, que el tiempo es el movimiento de los cuerpos celestes. Sabemos que el sol se detuvo por mandato de alguien hasta conseguir la victoria en una batalla[4]. Se paró el sol, pero el tiempo siguió pasando. La batalla se prolongó y terminó en el espacio de tiem­po necesario para darse y concluirse.
En consecuencia, veo que el tiempo es una cierta ex­tensión. ¿Lo veo así o me parece verlo? Mi luz y ver­dad, tú me lo mostrarás.
24
¿Me mandas que apruebe a quien afirme que el tiempo es el movimiento del cuerpo? No me lo mandas. Pues te oigo decir que ningún cuerpo se mueve más que en el tiempo. Pero no te oigo decir que el tiempo sea el mo­vimiento de un cuerpo. Cuando se mueve un cuerpo me valgo del tiempo para medir la duración del movimiento del cuerpo, desde que comienza a moverse hasta que acaba. Y si no lo veo comenzar a moverse y sigue movién­dose —ni veo tampoco cuándo acaba— no puedo medir su duración. A no ser que comience a contarla desde que lo vi hasta que dejé de verlo. Si lo vi durante mu­cho tiempo, sólo podré afirmar que se estuvo moviendo por largo rato. Pero nunca podré decir cuánto. No se puede decir «cuánto» sino en relación a otra cosa. Así, por ejemplo: «tanto es esto cuanto aquello», o «esto es doble comparado con aquello». Y otras cosas semejantes.
Pero si pudiésemos comprobar los espacios de los lu­gares de dónde y hacia dónde se dirige el cuerpo en movimiento o sus partes, si se mueve sobre sí mismo como sobre su propio eje, entonces podríamos averiguar cuánto tiempo ha durado el movimiento del cuerpo o de sus partes desde un lugar a otro. Si, por tanto, el mo­vimiento de un cuerpo es distinto a la medida de la du­ración de ese mismo movimiento, ¿quién no deja de ver a cuál de los dos debamos llamar tiempo con más pro­piedad? Porque cuando un cuerpo se mueve —unas ve­ces de una manera y otras de otra— o cuando está para­do, no sólo medimos su movimiento por el tiempo, sino también su estado de reposo. Y decimos: «Estuvo pa­rado tanto como en movimiento» o «estuvo parado el doble o el triple del tiempo que en movimiento». Y así, más o menos, como suele decirse, cualquiera otra circuns­tancia que aprecie o estime nuestra dimensión.
Luego el tiempo no es el movimiento del cuerpo.
25
Te confieso, Señor, que todavía no sé lo que es el tiempo. De la misma manera te confieso que estoy di­ciendo estas cosas en el tiempo, que «ha mucho» que es­toy hablando del tiempo y que este «mucho tiempo» no sería tal si no fuera por la duración del tiempo. ¿Y cómo sé yo esto, si no sé todavía lo que es el tiempo? ¿Será quizá porque no acierto a explicar lo que ya sé? ¡Ay de mí, que ni siquiera sé lo que no sé! En tu presencia estoy, Dios mío, y no miento. Como hablo, así lo siento en mi corazón. Tú eres, Señor, mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas[5]
27
(...)
En ti, alma mía, mido yo el tiempo. No me vengas ahora con que el tiempo es otra cosa. Ni te perturbes por la multitud de tus sensaciones. En ti misma, repito, es donde mido yo el tiempo. Lo que mido es aquella misma sensación impresa por las cosas que pasan y que queda impresa en ti después que han pasado. No mido las que han pasado dejando esa sensación. Al medir el tiempo, mido esa impresión o sensación. Luego, o esta impresión es el tiempo o no mido el tiempo.
¿Y qué sucede cuando medimos el silencio y decimos que tal silencio duró como aquella voz? ¿No extendemos nuestro pensamiento a medida de la voz, como si sonase y así poder determinar algo de las pausas o intervalos de silencio habidos en un espacio de tiempo? Es claro que, sin hablar y abrir la boca, podemos recitar mentalmente poemas, versos y cualquier discurso, así como cualquier clase de movimiento medible. Nos damos cuenta también de la duración del tiempo y de la relación que hay de un tiempo a otro, y lo hacemos del mismo modo que si habláramos de estas cosas o las recitáramos en voz alta.
Pongamos el ejemplo de un hombre que quiere emi­tir un sonido prolongado y decide de antemano la lar­gura de éste. Dicho hombre pensó en silencio, sin duda alguna, el espacio de dicho tiempo y lo encomendó a la memoria. Luego comenzó a emitir aquel sonido hasta los límites prefijados. Ciertamente la voz se oyó y se oirá. Porque la parte de aquella voz que fue pronunciada ya se oyó. La parte que queda se oirá y de esta manera lle­gará a su fin. Mientras tanto, la atención presente del hombre relega el futuro al pasado. De esta manera, el pasado aumenta en la medida que disminuye el futuro, hasta que el futuro quede completamente absorbido y se haga todo pasado.
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¿Pero cómo se disminuye o se absorbe el futuro que todavía no existe? O ¿cómo aumenta el pasado que ya no existe? No por otra razón, sino porque el alma —que regula este proceso— realiza estas tres funciones: espera, atiende y recuerda. El futuro que espera, pasa por el presente —al que está atento— hacia el pasado que re­cuerda.
¿Puede negar alguien que el futuro todavía no existe? Sin embargo, existe en el alma la expectación de futuro. ¿Hay alguien que pueda negar que el pasado ya no exis­te? A pesar de ello, hay todavía en el alma la memoria del pasado. ¿Y quién podrá negar que el presente carece de extensión, pues se da en un punto? Con todo, la atención persiste porque pasa lo que existe a la existencia. No es, por tanto, el futuro lo que es largo. Un futuro largo es la larga expectación del futuro. Tampoco es lar­go el pasado, que ya no existe. Un pasado largo es un largo recuerdo o memoria del pasado.
Supongamos que me dispongo a cantar una canción que aprendí. Antes de comenzar, mi expectación se ex­tiende a toda ella. Pero, una vez comenzada, lo que quito de aquella expectación para el pasado hace extender mi recuerdo en la misma medida. De esta manera se extien­de la vida de esta acción mía en la memoria por lo que acabo de cantar, y en la expectación por lo que todavía me queda por cantar. Pero mi capacidad de atención sigue presente y por ella pasa lo que era futuro para convertirse en pasado. Mientras se repite esto, tanto más se reduce la expectación cuanto más se alarga el recuerdo, hasta que la expectación llegue a reducirse por completo, cuando acabada mi acción pase a la memoria.
Y lo que sucede con la canción completa, sucede asimis­mo con cada una de sus partes y con cada una de sus síla­bas. Y esto mismo sucede con otra acción más larga, de la que esa canción pudiera ser una parte. Y así con toda la vida de los humanos, de la que todas sus acciones son partes. Y así también con toda la historia de la humani­dad, de la que la vida de cada hombre es una parte.
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(...)
Miraré hacia adelante, olvidándome de todo lo pasado, sin extender mi deseo a las cosas futuras y transitorias, sino estando atento a las que están delante de nosotros. No es la distracción sino la atención la que me lleva en este camino hacia la palma de la vocación de lo alto, donde oiré la voz de tu alabanza[6] y contemplaré tu gozo[7], que no viene ni pasa.




[1] Sal 102,27.
[2] Sal 2,7.
[3] Gn. 1, 14.
[4] Alude a Jos 10,13.
[5] Sal 18,28.
[6] Sal 27,4.
[7] Sal 26,7.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Neurociencias y espiritualidad. Dios no vive sólo en el cerebro.

Contra lo que parecen sostener ciertas tendencias en boga, la base neuronal es condición necesaria pero no suficiente para entender la experiencia religiosa.

Por Ana María Llamazares
La autora, antropóloga y epistemóloga, es investigadora del Conicet y docente universitaria

Publicado en La Nación, 12 de diciembre de 2014. 

Aunque hay meritorios acercamientos, como el que desde hace más de 20 años ha emprendido el Dalai Lama con un notable grupo de biólogos e investigadores de la conciencia a través de las conferencias sobre Mente y Vida, la batalla entre la ciencia y la religión no ha concluido. Con esa tendencia tan occidental, moderna y cartesiana de enfrentar las diferentes miradas sobre las cosas como contrincantes en un cuadrilátero de boxeo, el nuevo gladiador del siglo XXI que ahora parece dispuesto a dejar a su oponente fuera de combate con los argumentos aparentemente más irrefutables son las neurociencias.

Una de sus más recientes especialidades -la neuroteología- viene enarbolando experimentos, estadísticas y mapeos cerebrales para concluir que todo ese milenario trajín por dirimir si Dios existe ha quedado finalmente resuelto. Parece que Dios se esconde en nuestro cerebro y la neurociencia cree haberlo encontrado: lo tiene atrapado entre los pliegues del cerebro humano. Se acabaron los espaciosos y olímpicos altares. Ahora le toca mudarse a un monoambiente neuronal.

Desde comienzos del siglo XX se conoce la relación de los ataques epilépticos con los estados místicos y las experiencias espirituales.

El filósofo y precursor de la psicología moderna William James ya da cuenta de esto en su obra liminar Las variedades de la experiencia religiosa (1901). Con el tiempo, la neurociencia ha llegado a determinar que durante este tipo de vivencias -incluso en personas sanas- se activan ciertas zonas neuronales en asociación con el sistema límbico, centro emocional y mnemotécnico del cerebro. En la década del 90, neurobiólogos como M. Persinger y V.S. Ramachandran encontraron el punto divino en los lóbulos temporales. Según la evidencia experimental, la sola enunciación de palabras como paz, dios, amor y otras parecidas es suficiente para desencadenar la actividad electromagnética del punto divino. Y las personas estimuladas de esta manera también demuestran una mayor propensión a la solidaridad, la cooperación y la creatividad. No es poca cosa semejante descubrimiento, sobre todo si lo ponemos junto a otros desarrollos recientes de la biología molecular, como la epigenética, que demuestran el efecto transformador de las creencias incluso en el retrazado de estructuras como el ADN, que se creían inconmovibles. Estos conocimientos también han enriquecido el estudio de los estados ampliados de la conciencia, donde convergen desde la antropología y el chamanismo hasta la bioquímica, la etnobotánica y la psicología.

Sin embargo, el uso de los resultados de estas nuevas disciplinas científicas no siempre parece tan renovador, especialmente cuando con ellos se pretende dar una explicación reductiva y concluyente de fenómenos cuya magnitud es, a todas luces, bastante más compleja. Esto ya lo advertía el mismo William James cuando observaba que algunos "médicos materialistas", como ya los denominaba, pecaban de "ingenuidad" al no distinguir el origen y la naturaleza de la experiencia religiosa de su importancia social, moral y teológica, rebajando el sentido psicológico y existencial del sentimiento espiritual a una mera cuestión neurológica.

Ha pasado más de un siglo y mucha agua bajo el puente de las ciencias contemporáneas. Varias teorías ya consagradas removieron los fundamentos del materialismo -el supuesto de que la realidad es sólo materia-, y la crítica epistemológica ha cuestionado seriamente su método canónico, el racionalismo reduccionista, que supone que la mejor explicación es la que logra reducir los fenómenos a sus estructuras más pequeñas. Por eso sorprende ver que algunas de las últimas tendencias de la neurociencia sigan operando bajo los mismos principios, al tiempo que se presentan -no sin cierta arrogancia- como de extrema vanguardia.

Dios es sólo una cuestión de cableado interno de nuestro cerebro, parece sugerir Diego Golombek en su última obra de divulgación, Las neuronas de Dios. Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final de túnel. "Está claro que nuestra biología trae implícita la tendencia a buscar causas, a ver lo que no necesariamente está allí, a creer sin reventar. Esto no quiere decir que esa credulidad sirva para algo, pero desde un punto de vista evolutivo, seguramente ha conferido alguna ventaja adaptativa." Su estilo descontracturado no lo exime de una mirada rígidamente pragmática. "Esto alcanza para estar vivitos y cerebrando -agrega-, ya que somos, en el fondo, una máquina de supervivencia." Una visión bastante devaluada del ser humano que también recurre a la lógica tradicional de equiparar la creencia en lo sobrenatural con la superstición: "Es posible que la tendencia innata a la superstición esté muy relacionada con la creencia en un dios sobrenatural", sostiene Golombek. Su conclusión nos deja con un cierto sinsabor, tal vez por su marcado sesgo reduccionista. "Quizá las creencias en lo sobrenatural sean una especie de azúcar evolutivo, los restos diurnos del sueño de la humanidad."

Es un gran avance conocer el fundamento biológico de las conductas humanas, incluidas las creencias religiosas, los sentimientos espirituales y la búsqueda de trascendencia. También es muy significativo que las ciencias naturales se estén formulando preguntas antes excluidas de su agenda. Esto es un indicio de apertura conceptual y de la necesidad de los enfoques transdisciplinarios. El problema se plantea a la hora de interpretar, cuando las conclusiones parecen insistir en que la realidad es sólo materia y, por tanto, la conciencia y todas sus facultades son un predecible epifenómeno del cerebro. Claramente, la base neuronal es una condición necesaria pero no suficiente para comprender la experiencia espiritual y religiosa en su multidimensionalidad.

Suponer que todo se reduce a una cuestión de cableado neuronal parece un poco exagerado, pero lo cierto es que más de una mandíbula cae boquiabierta frente a las posibles aplicaciones de esta ciencia. Explicar racionalmente que Dios era tan sólo una ilusión de nuestras mentes desasosegadas, que su presencia es tan antigua y universal porque significó una ventaja adaptativa en la ancestral lucha por la supervivencia de la especie, y que por sus demostrables efectos sobre el bienestar de las personas hasta sería posible "programar" experiencias espirituales "a la carta", todo esto suena a un nuevo exceso del materialismo, a secreta ambición de poder. En el mejor de los casos, a otra moda de una sociedad consumista, desesperada por la falta de sentido existencial, que sólo se le ocurre seguir llenándose de "cacharros" para tapar ese vacío, como tan enfáticamente nos decía hace unos días el presidente Mujica.

Mientras tanto, las cifras de la espiritualidad siguen creciendo (ver nota de Nora Bär en la edición de la nacion del 21 de noviembre "Las neurociencias de la fe: en busca de respuestas"), y no parece razonable explicarlo como una mera obstinación de las creencias. Frente a estas evidencias, la ciencia podría intentar ampliar sus parámetros cognoscitivos. Es también un deber de los científicos reflexionar sobre el poder de seducción que ejerce lo que anuncian como una nueva verdad legitimada por la ciencia. El fundamentalismo es siempre peligroso, sea religioso o cientificista.

La persistencia de la búsqueda espiritual es un tema cuya comprensión seguramente requiere la complementación de más de una mirada. Sólo cuando la ciencia y la espiritualidad se bajen del ring y se acerquen respetuosamente, con una genuina intención de trascender sus diferencias, podrán atisbar en conjunto algo de este resistente misterio. Su aceptación bien puede formar parte de una nueva actitud científica. Para detenerse reverentemente frente a él sin dejar de impulsar nuestra necesidad de seguir explorando, pero básicamente para incentivar la búsqueda de sentido, aquello que nos ha hecho descender de los árboles hace milenios, y no sólo en busca de comida.

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