Considera que hay Estados que, en vez de regular, se unen a las grandes compañías tecnológicas.
Habla sobre la influencia de Musk y OpenAI sobre Trump.
Dice: “en Europa, el consenso en torno a la
democracia está ampliamente debilitado”, dice.
La Nación 19 de mayo de 2026
Michaël Foessel (51) es un reconocido
filósofo francés que se especializa en las crisis políticas, en el sentido y
los riesgos de la experiencia democrática. Es profesor en la École
Polytechnique. Además, dirige junto a Jean-Claude Monod la colección L’Ordre
philosophique en la editorial Seuil. Y es columnista en el diario Libération. En el país, El cuenco de Plata
acaba de editar Después
del fin del mundo. Crítica de la razón apocalíptica, publicado por primera vez en
francés en 2012. Foessel
será uno de los oradores de la charla inaugural de la Noche de las Ideas, que
tendrá lugar este viernes 22 de mayo en el Teatro Colón.
En una entrevista con LA NACION, considera que la IA “sin duda”
reemplazará una cantidad considerable de empleos, no industriales ni de
obreros. Dice que el peligro de los grandes “patrones tecnológicos” (se refiere
a Elon Musk, Mark Zuckerberg, Peter Thiel, entre otros) es que asocian su poder
a “utopías
tecnófilas de tipo transhumanista y a veces francamente reaccionarias”.
“El crecimiento estadounidense está impulsado en
gran medida por la IA, lo que también lo hace frágil”, analiza. Considera que aunque la
historia no se repite “hay dinámicas que sí” como la pérdida de la fe en la
democracia, el odio a los extranjeros y el crecimiento de la desigualdad
social.
Y sostiene que líderes como Donald
Trump, Georgia Meloni y Javier Milei comparten algo: “Fueron elegidos democráticamente y practican
políticas orientadas a debilitar el estado de derecho”.
La Noche de las Ideas es impulsada
por el Institut français d’Argentine (IFA) y el Ministerio para Europa y de
Asuntos Exteriores de Francia y va por su décima edición.
-¿Puede la inteligencia artificial reemplazar la
esencia del ser humano? ¿Imagina un futuro cercano donde todos los trabajos
serán reemplazados?
-No estoy seguro de que exista algo
como una “naturaleza humana”, y por ende, no creo que la IA pueda modificarla.
No sabemos con precisión qué es la inteligencia humana, que tiene una dimensión
de creatividad e imprevisibilidad como lo demuestra todo gran descubrimiento
científico, por lo que estamos aún lejos de poder hacerla artificial. Creo, en
cambio, que las técnicas de la IA podrán reemplazar todo aquello que hemos
vuelto reemplazable. Por ejemplo, la traducción de textos técnicos e
informativos, pero no la de textos literarios, que requiere imaginación y un
conocimiento íntimo de la lengua. Sin duda se destruirá un número considerable
de empleos, y esta vez no ocurrirá en el ámbito de los empleos industriales y
obreros, sino en el de los cuadros y las profesiones que practican lo que la
máquina practica infinitamente mejor que el hombre: los cálculos. Cabe
imaginar, por supuesto, un ingreso mínimo para compensar esos empleos perdidos.
Pero sobre todo podría intentarse rehumanizar el trabajo, hacerlo menos
automático en amplios sectores de la sociedad, y así suscitar en los
consumidores y ciudadanos el deseo de dirigirse a humanos en lugar de máquinas
en sus interacciones.
-¿Son Elon Musk, Sam Altman, Mark Zuckerberg,
Peter Thiel, entre otros, los que están detrás de las grandes decisiones en el
poder global?
-El poder de los grandes
industriales y de los grandes financieros en un sistema capitalista no es algo
nuevo. Lo que sí es nuevo con los grandes patrones de la tecnología es que
suelen asociar su poder a utopías tecnófilas de tipo transhumanista y a veces
francamente reaccionarias. Es el caso sobre todo de Musk. Hay que cuestionar su
proximidad con el gobierno norteamericano de Trump y su influencia en sus
decisiones. Ya sabemos que el crecimiento estadounidense está en gran medida
impulsado por la IA, lo que por lo demás lo hace frágil. Una empresa como
OpenAI está capitalizada en más de 800 mil millones de dólares, pese a no haber
generado aún el menor beneficio. Más allá del riesgo vinculado a las burbujas
especulativas, cabe interrogarse sobre los efectos de este poder de la
tecnología en la automatización y la virtualización del mundo, con todo lo que
ello implica en términos de vigilancia generalizada y de pérdida de
experiencias sensibles.
-¿Qué piensa sobre empresas como Palantir, que
manejan con IA grandes bases de datos?
- Palantir es una empresa especializada en el
tratamiento y análisis mediante inteligencia artificial de datos sensibles.
Hasta donde sé, trabaja con servicios de inteligencia y empresas privadas
interesadas en la recolección de información. También ofrece «asesoramiento» a
los Estados en materia de prospectiva militar. Todas estas actividades se basan
en el beneficio financiero que, en las sociedades de la información, puede
obtenerse a partir del conocimiento y la previsión de los actos, los gestos e
incluso los pensamientos de cada individuo. Que Peter Thiel sea uno de los
fundadores de esta empresa no tiene nada de sorprendente si se conoce la mezcla
de confianza en la técnica y de desconfianza hacia los derechos democráticos
que compone su ideología. Thiel declaró en 2009 que ya no creía «que la
democracia y la libertad sean compatibles». La libertad que defiende es
únicamente la individual, la de emprender, y la democracia que critica se funda
en el respeto de los derechos y la creencia en el progreso colectivo. Empresas
como Palantir no son ideológicamente neutras: apuntan a imponerse sobre los
Estados o a influir en los gobiernos, en Europa y en todas partes.
-¿Son los gobiernos capaces de regular a las
empresas tecnológicas o es demasiado tarde?
-La Unión Europea ha dado algunos
pasos hacia la regulación de las multinacionales tecnológicas. La cuestión que
se plantea no es solo fiscal, no reside únicamente en la tributación de estas
empresas frecuentemente deslocalizadas. Se trata, más aún, de fijar límites
jurídicos a la instauración de lo que el filósofo Gilles Deleuze llamaba las
«sociedades de control». El control designa el modo en que los propios
individuos participan en su vigilancia, por ejemplo proporcionando información
sobre sus desplazamientos, sus consumos, sus deseos, etc. Lo digital y la
biometría permiten esta colaboración forzada entre individuos y sociedades de
control. No estoy seguro de que la resistencia provenga únicamente de los
Estados: muchos de ellos tienen más bien tendencia a participar en esa
vigilancia generalizada por razones de seguridad. Creo más bien en una toma de
conciencia colectiva y en las reacciones de la sociedad civil.
-¿Está la sociedad preparada para los cambios
acelerados? ¿Enfrentamos como sociedad un futuro oscuro?
-Se habla con frecuencia de las
sociedades occidentales como «posdemocráticas». En Europa, es evidente que el
paréntesis abierto por el fin de la Segunda Guerra Mundial y la derrota de los
fascismos está cerrándose: el consenso en torno a la democracia está
ampliamente debilitado. El aumento de las desigualdades sociales internas a las
sociedades occidentales hace dudar de las promesas democráticas de justicia
social, y el vínculo entre democracia y paz se ve debilitado por la
multiplicación de los conflictos (incluida la guerra en Ucrania, en suelo
europeo). Como ocurre cada vez que grandes mutaciones técnicas tienen lugar en
un contexto de crisis, la tentación es recurrir a soluciones autoritarias. Pero
no creo que el futuro esté escrito de antemano. También en Europa, la derrota
electoral de Orbán en Hungría o el rechazo por parte de los electores italianos
del proyecto de Meloni de tomar el control de la institución judicial por parte
del gobierno demuestran que existe un apego real de los pueblos al Estado de
derecho.
-¿Qué piensa de líderes como Trump, Meloni,
Milei, Putin? ¿Están influenciados por intereses específicos?
-Los líderes que usted menciona son
bastante distintos entre sí, pero es cierto que tienen el punto en común
(excepto Putin) de haber sido elegidos mediante elecciones regulares y de
practicar, en grados diversos, políticas orientadas a debilitar el Estado de
derecho. La indiferencia de Trump hacia las condenas judiciales que han recaído
sobre su política de anti-inmigración y el ICE es muy reveladora. La
concentración del poder en manos del Ejecutivo (en detrimento del Congreso y
del poder judicial) es un fenómeno que afecta a casi todas las democracias y
tiende a desnaturalizarlas. El argumento es siempre el mismo, y se remonta a
Platón: la democracia sería impotente para gestionar los períodos de crisis.
Sería preferible un poder centralizado, autoritario y que se niegue a estar
limitado por las reglas del derecho. Pero este argumento ha demostrado su
falsedad en mil ocasiones: no se ve por qué un hombre o un equipo solos serían
más inteligentes que una deliberación colectiva. Las decisiones de Putin y de Trump
en materia militar fueron tomadas de manera arbitraria, pero también han
evidenciado su falta de preparación, sumiendo al mundo en una crisis sin fin.
El
filósofo francés Foessel sostiene que Meloni, Trump y Milei comparten algo:
fueron votados en elecciones regulares y practican, con matices, políticas
orientadas a debilitar el estado de derechoEVAN VUCCI - POOL
-¿Con qué período de tiempo histórico podría
comparar –si es factible– el tiempo en el que vivimos?
-Las comparaciones históricas son
siempre arriesgadas, pero tampoco creo en las tesis “presentistas” que
consideran que todo es nuevo en nuestro mundo. Ni la crisis económica, ni las
respuestas autoritarias que se le dan, ni el lugar de las nuevas tecnologías
(hoy la IA, ayer la radio) son inéditos en estas reconfiguraciones del poder.
En un libro (Récidive,
1938) intenté
señalar los ecos entre la situación francesa actual y la de finales de los años
1930. No porque la historia se repita, sino porque existen lógicas en la
historia moderna de las que no hemos salido. El abandono de la fe en la
democracia, el rechazo a los extranjeros, la explosión de las desigualdades
sociales y el aumento de los peligros militares se expresan de manera diferente
según las épocas, pero producen escaladas hacia los extremos que pueden
compararse. El recurso a las analogías históricas no sirve, por lo demás, solo
para despertar la democracia: también señala caminos para hacer frente a los
peligros.