viernes, 21 de agosto de 2026

Ciencia y arte coexisten. El físico y músico Alberto Rojo reflexiona sobre Borges y Sábato

 

Desde la literatura, Borges formuló imágenes capaces de dialogar con teorías desarrolladas después

Por Gisela Antonuccio

La Nación 14 de agosto de 2026

 

https://www.lanacion.com.ar/cultura/borges-despues-de-borges-el-infinito-el-azar-y-una-foto-historica-tomada-por-casualidad-nid14082026/

 

Entre sus muchas excepcionalidades, Borges ostenta un rasgo que quizás ningún otro escritor alcanzó, el de ser “el poeta más citado por los científicos”, cuenta Rojo, doctor en Física por el Instituto Balseiro, investigador posdoctoral en la Universidad de Chicago, que fue profesor de la Universidad de Michigan. La biblioteca de esa ciudad, cuenta, tiene más de quinientos libros sobre Borges.

Es, además, “el caso más llamativo de anticipo literario de una idea científica”. En “El jardín de senderos que se bifurcan” (1942), Borges anticipa una hipótesis vinculada con la física cuántica: la posibilidad de que el universo se bifurque en múltiples realidades. Esa concepción, conocida como Interpretación de los Muchos Mundos, fue formulada por el físico Hugh Everett en 1957. Pero, como lo revela el cuento, Borges imaginó antes esos universos paralelos que se multiplican.

Alberto Rojo es autor de "Borges y la física cuántica", "El azar y la vida cotidiana" y "La física y la vida cotidiana", todos en Siglo XXI.

Rojo, quien tiene publicaciones en coautoría junto con al premio Nobel Anthony Leggett, lleva décadas explorando el punto de contacto entre ciencia, literatura y música. Para el físico, la separación tajante entre ciencia y arte es una construcción cultural más que una realidad intelectual.

“Suele decirse que son dos divinidades contrarias —la ciencia y el arte— cuando en realidad coexisten”, afirma. “Hay desde el Renacimiento para acá una idea de que una sirve a las emociones y otra a la razón, pero hay un territorio común importante que a veces es ignorado: la estética que existe en la ciencia y el rigor que hay en el arte.”

En la física, sostiene, la búsqueda no siempre avanza sólo a partir de la explicación de un fenómeno. También intervienen criterios como la simetría, la simplicidad y la elegancia. “La búsqueda de la belleza es la búsqueda de la verdad”, dice. “Y por un motivo extraño aquello que nos resulta bello y elegante y sofisticado termina siendo verdadero”.

Borges no trataba a la ciencia como un territorio vedado para la literatura. En “El rigor de la ciencia”, recuerda, incluso se mofó de ella. Esa libertad intelectual le permitía aproximarse a problemas que también ocupaban a matemáticos y físicos: el infinito, el tiempo, las paradojas de la lógica.

En “El Aleph”, un punto contiene todos los puntos. En “La biblioteca de Babel”, una biblioteca infinita contiene todas las combinaciones posibles de libros. En “El jardín de senderos que se bifurcan”, el tiempo deja de ser una única línea y se convierte en una estructura de posibilidades. En “El jardín de senderos …” hay una resonancia todavía más perturbadora. “Hay anticipación casi literal” de una interpretación de la física cuántica según la cual, en cada proceso de medición de un fenómeno cuántico, el universo puede ramificarse en tantas copias como alternativas existen”, explica.

Rojo no dice que Borges haya previsto la física cuántica. Dice algo más interesante, y es que desde la literatura formuló imágenes capaces de dialogar con teorías desarrolladas después.

“Es un poeta tan profundo que en algunos casos llega a soluciones y formulaciones que a los científicos nos resulta muy útil. Porque la poesía es el intento de expresar lo inexpresable”. El ejemplo que propone es el Big Bang, un comienzo que plantea una pregunta casi imposible de formular en términos cotidianos. “El Big Bang es un momento que no tiene antes. ¿Cómo pensamos un instante sin un antes? Necesitamos un poeta”, responde Rojo. Pero en el caso de Borges, una de las formas más persistentes de su presencia contemporánea son las palabras con las que construyó los laberintos para los que la ciencia todavía está buscando la salida.

 

“Sábato transformó la ciencia en un problema filosófico y literario”

Por Adrián Melo

Caras y Caretas, 2020

https://carasycaretas.org.ar/2026/04/10/sabato-transformo-la-ciencia-en-un-problema-filosofico-y-literario/

 

El físico, músico y escritor Alberto Rojo analiza el recorrido intelectual del autor de El túnel. Desde su formación académica hasta su giro hacia la narrativa y el ensayo, repasa tensiones entre conocimiento racional, creación artística y preguntas sobre la existencia.

Alberto Rojo es físico, músico y escritor. Desarrolló una trayectoria que cruza investigación científica, reflexión humanística y creación artística. Doctor en Física por el Instituto Balseiro y profesor universitario en Estados Unidos, dedicó buena parte de su trabajo a pensar los vínculos entre conocimiento científico y cultura. Autor, entre otros libros, de Borges y la física cuántica. Un científico en la biblioteca infinita, sus ensayos exploran la relación entre ciencia, literatura y pensamiento en la tradición argentina. A la vez, su recorrido como guitarrista y compositor –con canciones interpretadas por artistas como Mercedes Sosa y Berta Rojas– revela una misma curiosidad intelectual que atraviesa laboratorios, escenarios y bibliotecas.

 

—¿Cuáles eran los principales intereses y temas de investigación de Sábato en el campo de la física?

 

—Su interés central eran los rayos cósmicos. Su doctorado en la Universidad Nacional de La Plata, en 1937, se tituló Sobre la radiación cósmica. Era un tema de gran actualidad en la física de las décadas de 1930 y 1940. El único paper que conozco de Sabato en revistas internacionales es una nota breve publicada en Physical Review en 1939, mientras estaba en el MIT (Massachusetts Institute of Technology), donde analiza críticamente una hipótesis del físico sueco Hannes Alfvén, que proponía que las partículas de los rayos cósmicos podían acelerarse en sistemas de estrellas binarias mediante un mecanismo análogo al de un ciclotrón. Sábato dice que Alfvén se equivoca. O sea, el tipo se anima a criticar a alguien que en ese momento ya era prestigioso y que luego ganaría el premio Nobel. Ese estilo crítico, y por momentos arrogante, está casi siempre en lo poco que vi de Sábato en el contexto científico. Por ejemplo, tiene un librito –que está bueno– de 1937 –creo que antes de irse a París– cuyo título es “Cómo construí un telescopio de 8 pulgadas de abertura”, donde critica a quienes construyeron un telescopio antes.

 

—¿Cuáles fueron las principales contribuciones a la ciencia?

 

—En el campo estrictamente científico su producción fue breve. Realizó su doctorado en física en la Universidad Nacional de La Plata en 1937 y publicó un trabajo en Physical Review en 1939 donde analiza críticamente una hipótesis del físico sueco Hannes Alfvén sobre el origen de estas radiaciones. Sin embargo, la reflexión más profunda de Sábato sobre la ciencia aparece luego en sus ensayos, especialmente en Uno y el universo (1945), donde examina críticamente el papel de la ciencia en la civilización moderna. Ese libro me apasionó en mi juventud. Lo releo y hay partes que me gustan. Pero muchas de las cosas que dice envejecieron mucho. Por ejemplo, en una parte dice: “Habrá siempre un hombre tal que, aunque su casa se derrumbe, estará preocupado por el Universo. Habrá siempre una mujer tal que, aunque el Universo se derrumbe, estará preocupada por su casa”. Y, menos cancelable, pero para mí igualmente extrema: “La ciencia estricta –es decir, la ciencia matematizable– es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte”.

 

—¿Cuál fue la relación entre el Sábato físico y su encuentro con los surrealistas?

 

—El punto de contacto de Sábato con los surrealistas fue su estancia en París a fines de los años 30. Allí Sábato entró en contacto con círculos artísticos e intelectuales, entre ellos el surrealismo. Ese encuentro fue decisivo porque lo enfrentó con una tensión que marcaría toda su obra: por un lado, el rigor racional de la ciencia y, por otro, la exploración del inconsciente, el sueño y lo irracional que proponían los surrealistas. En Antes del fin lo describió con una imagen memorable: “Por las mañanas me sepultaba entre electrómetros y probetas y anochecía en los bares, con los delirantes surrealistas, en el Dôme y en el Deux Magots”. En esos espacios conoció a André Breton y su círculo, y pasaron horas elaborando cadáveres exquisitos.

 

—¿A qué pensamientos filosóficos lo llevaron sus estudios físicos?

 

—La formación científica llevó a Sábato a reflexionar sobre los límites de la razón. Admiraba profundamente la ciencia, pero al mismo tiempo pensaba que no podía explicar por sí sola la totalidad de la experiencia humana. Esto lo acercó a posiciones cercanas al existencialismo y a una crítica de la racionalidad puramente técnica. En sus ensayos sostiene que la ciencia moderna ha ampliado enormemente nuestro conocimiento del mundo, pero también ha contribuido a una civilización que corre el riesgo de perder de vista dimensiones esenciales de la vida humana, como la libertad, la angustia o el sentido. Las contribuciones de Sábato a la física fueron modestas y se concentraron en el área de los rayos cósmicos, un campo muy activo en la década de 1930. Su carrera científica fue breve: trabajó en investigación en La Plata y luego en París. Sin embargo, esa experiencia fue decisiva para su vida intelectual. El contacto con la ciencia moderna y con los debates de su época lo llevaron a una profunda crisis personal que finalmente lo empujó a abandonar la física y dedicarse a la literatura, donde exploró cuestiones que sentía que la ciencia no podía abordar plenamente.

 

—¿Sábato se desilusionó de la física o se vio limitado?

 

—Es difícil saber qué pasaba por su mente. Mi impresión es que era alguien muy talentoso que, por un lado, buscaba protagonismo y, por otro, respuestas metafísicas sobre la existencia. No tuvo la disciplina (y acaso los mentores o interlocutores, aunque hay muchas cartas con Guido Beck que muestran que buscaba apoyo) para adentrarse de lleno en la física y encontró en la literatura su medio expresivo y el vehículo de su ambición. Y luego Camus lo canonizó elogiando El túnel. Nota al pie: es interesante ver en Borges, de Bioy, cómo ridiculiza un poco a Sábato como escritor. Pero no podemos negar que las novelas de Sábato son pilares de la literatura argentina.

 

—¿Cómo influyó la física en las obras literarias de Sábato?

 

—La influencia aparece sobre todo en su visión del mundo, pero no en el contenido de su literatura. Hay más ciencia en la obra de Borges, que no era científico. Dicho esto, Sábato conserva en su literatura una sensibilidad muy marcada por la ciencia moderna: la conciencia del universo, de la incertidumbre y de la fragilidad del conocimiento. En novelas como El túnel y especialmente Sobre héroes y tumbas se percibe esa tensión entre razón y oscuridad interior. Además, en sus ensayos vuelve constantemente a reflexionar sobre el papel de la ciencia en la civilización contemporánea. Hay quienes dicen que Sábato no abandonó realmente la ciencia: la transformó en un problema filosófico y literario. Su obra puede leerse como una reflexión sobre el destino de la civilización científica. En ese sentido pertenece a una tradición de escritores formados en ciencias que intentaron pensar el mundo desde esa doble experiencia.

 

 

Video para seguir pensando

Rojo: arte y ciencia se conjugan

https://www.youtube.com/watch?v=80_v-zOuHRE 

 

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