Desde la literatura, Borges formuló imágenes capaces de dialogar con teorías desarrolladas después
Por Gisela Antonuccio
La Nación 14 de
agosto de 2026
Entre sus muchas excepcionalidades,
Borges ostenta un rasgo que quizás ningún otro escritor alcanzó, el de ser “el
poeta más citado por los científicos”, cuenta Rojo, doctor en Física por
el Instituto Balseiro, investigador posdoctoral en la Universidad de Chicago,
que fue profesor de la Universidad de Michigan. La biblioteca de esa ciudad,
cuenta, tiene más de quinientos libros sobre Borges.
Es, además, “el caso más llamativo
de anticipo literario de una idea científica”. En “El jardín de senderos que se
bifurcan” (1942), Borges anticipa una hipótesis vinculada con la física
cuántica: la posibilidad de que el universo se bifurque en múltiples
realidades. Esa concepción, conocida como Interpretación de los Muchos Mundos,
fue formulada por el físico Hugh Everett en 1957. Pero, como lo revela el
cuento, Borges imaginó antes esos universos paralelos que se multiplican.
Alberto
Rojo es autor de "Borges y la física cuántica", "El azar y la
vida cotidiana" y "La física y la vida cotidiana", todos en
Siglo XXI.
Rojo, quien tiene publicaciones en
coautoría junto con al premio Nobel Anthony Leggett, lleva décadas explorando
el punto de contacto entre ciencia, literatura y música. Para el físico, la
separación tajante entre ciencia y arte es una construcción cultural más que
una realidad intelectual.
“Suele decirse que son dos
divinidades contrarias —la ciencia y el arte— cuando en realidad coexisten”,
afirma. “Hay desde el Renacimiento para acá una idea de que una sirve a las
emociones y otra a la razón, pero hay un territorio común importante que a
veces es ignorado: la estética que existe en la ciencia y el rigor que hay en
el arte.”
En la física, sostiene, la búsqueda
no siempre avanza sólo a partir de la explicación de un fenómeno. También
intervienen criterios como la simetría, la simplicidad y la elegancia. “La
búsqueda de la belleza es la búsqueda de la verdad”, dice. “Y por un motivo
extraño aquello que nos resulta bello y elegante y sofisticado termina siendo
verdadero”.
Borges no trataba a la ciencia como
un territorio vedado para la literatura. En “El rigor de la ciencia”, recuerda,
incluso se mofó de ella. Esa libertad intelectual le permitía aproximarse a
problemas que también ocupaban a matemáticos y físicos: el infinito, el tiempo,
las paradojas de la lógica.
En “El Aleph”, un punto contiene
todos los puntos. En “La biblioteca de Babel”, una biblioteca infinita contiene
todas las combinaciones posibles de libros. En “El jardín de senderos que se
bifurcan”, el tiempo deja de ser una única línea y se convierte en una
estructura de posibilidades. En “El jardín de senderos …” hay una resonancia
todavía más perturbadora. “Hay anticipación casi literal” de una interpretación
de la física cuántica según la cual, en cada proceso de medición de un fenómeno
cuántico, el universo puede ramificarse en tantas copias como alternativas
existen”, explica.
Rojo no dice que Borges haya
previsto la física cuántica. Dice algo más interesante, y es que desde la
literatura formuló imágenes capaces de dialogar con teorías desarrolladas
después.
“Es un poeta tan profundo que en
algunos casos llega a soluciones y formulaciones que a los científicos nos
resulta muy útil. Porque la poesía es el intento de expresar lo inexpresable”.
El ejemplo que propone es el Big Bang, un comienzo que plantea una pregunta
casi imposible de formular en términos cotidianos. “El Big Bang es un momento
que no tiene antes. ¿Cómo pensamos un instante sin un antes? Necesitamos un
poeta”, responde Rojo. Pero en el caso de Borges, una de las formas más
persistentes de su presencia contemporánea son las palabras con las que
construyó los laberintos para los que la ciencia todavía está buscando la
salida.
“Sábato transformó la ciencia en un
problema filosófico y literario”
Por Adrián
Melo
Caras y
Caretas, 2020
El físico, músico y escritor
Alberto Rojo analiza el recorrido intelectual del autor de El túnel. Desde su
formación académica hasta su giro hacia la narrativa y el ensayo, repasa
tensiones entre conocimiento racional, creación artística y preguntas sobre la
existencia.
Alberto Rojo es físico, músico y
escritor. Desarrolló una trayectoria que cruza investigación científica,
reflexión humanística y creación artística. Doctor en Física por el Instituto
Balseiro y profesor universitario en Estados Unidos, dedicó buena parte de su
trabajo a pensar los vínculos entre conocimiento científico y cultura. Autor,
entre otros libros, de Borges y la física cuántica. Un científico en la
biblioteca infinita, sus ensayos exploran la relación entre ciencia, literatura
y pensamiento en la tradición argentina. A la vez, su recorrido como
guitarrista y compositor –con canciones interpretadas por artistas como
Mercedes Sosa y Berta Rojas– revela una misma curiosidad intelectual que
atraviesa laboratorios, escenarios y bibliotecas.
—¿Cuáles eran los principales
intereses y temas de investigación de Sábato en el campo de la física?
—Su interés central eran los rayos
cósmicos. Su doctorado en la Universidad Nacional de La Plata, en 1937, se
tituló Sobre la radiación cósmica. Era un tema de gran actualidad en la física
de las décadas de 1930 y 1940. El único paper que conozco de Sabato en revistas
internacionales es una nota breve publicada en Physical Review en 1939,
mientras estaba en el MIT (Massachusetts Institute of Technology), donde
analiza críticamente una hipótesis del físico sueco Hannes Alfvén, que proponía
que las partículas de los rayos cósmicos podían acelerarse en sistemas de
estrellas binarias mediante un mecanismo análogo al de un ciclotrón. Sábato
dice que Alfvén se equivoca. O sea, el tipo se anima a criticar a alguien que
en ese momento ya era prestigioso y que luego ganaría el premio Nobel. Ese
estilo crítico, y por momentos arrogante, está casi siempre en lo poco que vi
de Sábato en el contexto científico. Por ejemplo, tiene un librito –que está
bueno– de 1937 –creo que antes de irse a París– cuyo título es “Cómo construí
un telescopio de 8 pulgadas de abertura”, donde critica a quienes construyeron
un telescopio antes.
—¿Cuáles fueron las principales
contribuciones a la ciencia?
—En el campo estrictamente
científico su producción fue breve. Realizó su doctorado en física en la
Universidad Nacional de La Plata en 1937 y publicó un trabajo en Physical
Review en 1939 donde analiza críticamente una hipótesis del físico sueco Hannes
Alfvén sobre el origen de estas radiaciones. Sin embargo, la reflexión más
profunda de Sábato sobre la ciencia aparece luego en sus ensayos, especialmente
en Uno y el universo (1945), donde examina críticamente el papel de la ciencia
en la civilización moderna. Ese libro me apasionó en mi juventud. Lo releo y
hay partes que me gustan. Pero muchas de las cosas que dice envejecieron mucho.
Por ejemplo, en una parte dice: “Habrá siempre un hombre tal que, aunque su
casa se derrumbe, estará preocupado por el Universo. Habrá siempre una mujer
tal que, aunque el Universo se derrumbe, estará preocupada por su casa”. Y,
menos cancelable, pero para mí igualmente extrema: “La ciencia estricta –es
decir, la ciencia matematizable– es ajena a todo lo que es más valioso para un
ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia
frente a la muerte”.
—¿Cuál fue la relación entre el
Sábato físico y su encuentro con los surrealistas?
—El punto de contacto de Sábato con
los surrealistas fue su estancia en París a fines de los años 30. Allí Sábato
entró en contacto con círculos artísticos e intelectuales, entre ellos el
surrealismo. Ese encuentro fue decisivo porque lo enfrentó con una tensión que
marcaría toda su obra: por un lado, el rigor racional de la ciencia y, por
otro, la exploración del inconsciente, el sueño y lo irracional que proponían
los surrealistas. En Antes del fin lo describió con una imagen memorable: “Por
las mañanas me sepultaba entre electrómetros y probetas y anochecía en los
bares, con los delirantes surrealistas, en el Dôme y en el Deux Magots”. En
esos espacios conoció a André Breton y su círculo, y pasaron horas elaborando
cadáveres exquisitos.
—¿A qué pensamientos filosóficos lo
llevaron sus estudios físicos?
—La formación científica llevó a
Sábato a reflexionar sobre los límites de la razón. Admiraba profundamente la
ciencia, pero al mismo tiempo pensaba que no podía explicar por sí sola la
totalidad de la experiencia humana. Esto lo acercó a posiciones cercanas al
existencialismo y a una crítica de la racionalidad puramente técnica. En sus
ensayos sostiene que la ciencia moderna ha ampliado enormemente nuestro
conocimiento del mundo, pero también ha contribuido a una civilización que
corre el riesgo de perder de vista dimensiones esenciales de la vida humana,
como la libertad, la angustia o el sentido. Las contribuciones de Sábato a la
física fueron modestas y se concentraron en el área de los rayos cósmicos, un
campo muy activo en la década de 1930. Su carrera científica fue breve: trabajó
en investigación en La Plata y luego en París. Sin embargo, esa experiencia fue
decisiva para su vida intelectual. El contacto con la ciencia moderna y con los
debates de su época lo llevaron a una profunda crisis personal que finalmente
lo empujó a abandonar la física y dedicarse a la literatura, donde exploró
cuestiones que sentía que la ciencia no podía abordar plenamente.
—¿Sábato se desilusionó de la
física o se vio limitado?
—Es difícil saber qué pasaba por su
mente. Mi impresión es que era alguien muy talentoso que, por un lado, buscaba
protagonismo y, por otro, respuestas metafísicas sobre la existencia. No tuvo
la disciplina (y acaso los mentores o interlocutores, aunque hay muchas cartas
con Guido Beck que muestran que buscaba apoyo) para adentrarse de lleno en la
física y encontró en la literatura su medio expresivo y el vehículo de su
ambición. Y luego Camus lo canonizó elogiando El túnel. Nota al pie: es
interesante ver en Borges, de Bioy, cómo ridiculiza un poco a Sábato como
escritor. Pero no podemos negar que las novelas de Sábato son pilares de la
literatura argentina.
—¿Cómo influyó la física en las
obras literarias de Sábato?
—La influencia aparece sobre todo
en su visión del mundo, pero no en el contenido de su literatura. Hay más
ciencia en la obra de Borges, que no era científico. Dicho esto, Sábato
conserva en su literatura una sensibilidad muy marcada por la ciencia moderna:
la conciencia del universo, de la incertidumbre y de la fragilidad del
conocimiento. En novelas como El túnel y especialmente Sobre héroes y tumbas se
percibe esa tensión entre razón y oscuridad interior. Además, en sus ensayos
vuelve constantemente a reflexionar sobre el papel de la ciencia en la
civilización contemporánea. Hay quienes dicen que Sábato no abandonó realmente
la ciencia: la transformó en un problema filosófico y literario. Su obra puede
leerse como una reflexión sobre el destino de la civilización científica. En
ese sentido pertenece a una tradición de escritores formados en ciencias que
intentaron pensar el mundo desde esa doble experiencia.
Video para seguir pensando
Rojo: arte y ciencia se conjugan
https://www.youtube.com/watch?v=80_v-zOuHRE
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