lunes, 28 de julio de 2025

A cien años de "La raza cósmica" de José Vasconcelos

  

José Vasconcelos nació en Oaxaca (1882) y murió en la ciudad de México (1959). Fue Rector de la Universidad Nacional y Secretario de Educación Pública. En 1925 publicó en Madrid un ensayo denominado "La raza cósmica", en que analiza la historia humana a partir de los contactos y fusiones entre pueblos, otorgando un rol central a América Latina, por ser fruto de la confluencia de distintas razas y culturas. Se ofrece aquí un fragmento de la introducción de esa obra relevante en la tradición del pensamiento latinoamericano.


Para acceder a la "La raza cósmica" (completa):

https://www.ingenieria.unam.mx/dcsyhfi/material_didactico/Literatura_Hispanoamericana_Contemporanea/Autores_V/VASCONCELOS/RA.pdf


La tesis central del presente libro que las distintas razas del mundo tienden a mezclarse cada vez más, hasta formar un nuevo tipo humano, compuesto con la selección de cada uno de los pueblos existentes. Se publicó por primera vez tal presagio en la época en que prevalecía en el mundo científico la doctrina darwinista de la selección natural que salva a los aptos, condena a los débiles; doctrina que, llevada al terreno social por Gobineau, dio origen a la teoría del ario puro, defendida por los ingleses, llevada a imposición aberrante por el nazismo. Contra esta teoría surgieron en Francia biólogos como Leclerc du Sablon y Noüy, que interpretan la evolución en forma diversa del darwinismo, acaso opuesta al darwinismo. Por su parte, los hechos sociales de los últimos años, muy particularmente el fracaso de la última gran guerra, que a todos dejó disgustados, cuando no arruinados, han determinado una corriente de doctrinas más humanas. Y se da el caso de que aún darwinistas distinguidos viejos sostenedores del espencerianismo, que desdeñaban a las razas de color y a las mestizas, militan hoy en asociaciones internacionales que, como la UNESCO, proclaman la necesidad de abolir toda discriminación racial y de educar a todos los hombres en la igualdad, lo que no es otra cosa que la vieja doctrina católica que afirmó la actitud del indio para los sacramentos y por lo mismo su derecho de casarse con blanca o con amarilla. Vuelve, pues, la doctrina política reinante a reconocer la legitimidad de los mestizajes y con ello sienta las bases de una fusión interracial reconocida por el Derecho. Si a esto se añade que las comunicaciones modernas tienden a suprimir las barreras geográficas y que la educación generalizada contribuirá a elevar el nivel económico de todos los hombres, se comprenderá que lentamente irán desapareciendo los obstáculos para la fusión acelerada de las estirpes. Las circunstancias actuales favorecen, en consecuencia, el desarrollo de las relaciones sexuales internacionales, lo que presta apoyo inesperado a la tesis que, a falta de nombre mejor, titulé: de la Raza Cósmica futura. Queda, sin embargo, por averiguar si la mezcla ilimitada e inevitable es un hecho ventajoso para el incremento de la cultura o si, al contrario, ha de producir decadencias, que ahora ya no sólo serían nacionales, sino mundiales. Problema que revive la pregunta que se ha hecho a menudo el mestizo: "¿Puede compararse mi aportación a la cultura con la obra de las razas relativamente puras que han hecho la historia hasta nuestros días, los griegos, los romanos, los europeos?" Y dentro de cada pueblo, ¿cómo se comparan los periodos de mestizaje con los periodos de homogeneidad racial creadora?

(…)

Resulta entonces fácil afirmar que es fecunda la mezcla de los linajes similares y que es dudosa la mezcla de tipos muy distantes, según ocurrió en el trato de españoles y de indígenas americanos. El atraso de los pueblos hispanoamericanos, donde predomina el elemento indígena, es difícil de explicar, como no sea remontándonos al primer ejemplo citado de la civilización egipcia. Sucede que el mestizaje de factores muy disímiles tarda mucho tiempo en plasmar. Entre nosotros, el mestizaje se suspendió antes de que acabase de estar formado el tipo racial, con motivo de la exclusión de los españoles, decretada con posterioridad a la independencia. En pueblos como Ecuador o el Perú, la pobreza del terreno, además de los motivos políticos, contuvo la inmigración española. En todo caso, la conclusión más optimista que se puede derivar de los hechos observados es que aun los mestizajes más contradictorios pueden resolverse benéficamente siempre que el factor espiritual contribuya a levantarlos. En efecto, la decadencia de los pueblos asiáticos es atribuible a su aislamiento, pero también, y sin duda, en primer término, al hecho de que no han sido cristianizados. Una religión como la cristiana hizo avanzar a los indios americanos, en pocas centurias, desde el canibalismo hasta la relativa civilización.

(…)

Desde los primeros tiempos, desde el descubrimiento y la conquista, fueron castellanos y británicos, o latinos y sajones, para incluir por una parte a los portugueses y por otra al holandés, los que consumaron la tarea de iniciar un nuevo período de la Historia conquistando y poblando el hemisferio nuevo. Aunque ellos mismos solamente se hayan sentido colonizadores, trasplantadores de cultura, en realidad establecían las bases de una etapa de general y definitiva transformación. Los llamados latinos, poseedores de genio y de arrojo, se apoderaron de las mejores regiones, de las que creyeron más ricas, y los ingleses, entonces, tuvieron que conformarse con lo que les dejaban gentes más aptas que ellos. Ni España ni Portugal permitían que a sus dominios se acercase el sajón, ya no digo para guerrear, ni siquiera para tomar parte en el comercio. El predominio latino fue indiscutible en los comienzos. Nadie hubiera sospechado, en los tiempos del laudo papal que dividió el Nuevo Mundo entre Portugal y España, que unos siglos más tarde, ya no seria el Nuevo Mundo portugués ni español, sino más bien inglés. Nadie hubiera imaginado que los humildes colonos del Hudson y el Delaware, pacíficos y hacendosos, se irían apoderando paso a paso de las mejores y mayores extensiones de la tierra, hasta formar la República que hoy constituye uno de los mayores imperios de la Historia.

Pugna de latinidad contra sajonismo ha llegado a ser, sigue siendo nuestra época; pugna de instituciones, de propósitos y de ideales. Crisis de una lucha secular que se inicia con el desastre de la Armada Invencible y se agrava con la derrota de Trafalgar. Sólo que desde entonces el sitio del conflicto comienza a desplazarse y se traslada al continente nuevo, donde tuvo todavía episodios fatales. Las derrotas de Santiago de Cuba y de Cavite y Manila son ecos distantes pero lógicos de las catástrofes de la Invencible y de Trafalgar. Y el conflicto está ahora planteado totalmente en el Nuevo Mundo. En la Historia, los siglos suelen ser como días; nada tiene de extraño que no acabemos todavía de salir de la impresión de la derrota. Atravesamos épocas de desaliento, seguimos perdiendo, no sólo en soberanía geográfica, sino también en poderío moral. Lejos de sentirnos unidos frente al desastre, la voluntad se nos dispersa en pequeños y vanos fines. La derrota nos ha traído la confusión de los valores y los conceptos; la diplomacia de los vencedores nos engaña después de vencernos; el comercio nos conquista con sus pequeñas ventajas. Despojados de la antigua grandeza, nos ufanamos de un patriotismo exclusivamente nacional, y ni siquiera advertimos los peligros que amenazan a nuestra raza en conjunto. Nos negamos los unos a los otros. La derrota nos ha envilecido a tal punto, que, sin darnos cuenta, servimos los fines de la política enemiga, de batirnos en detalle, de ofrecer ventajas particulares a cada uno de nuestros hermanos, mientras al otro se le sacrifica en intereses vitales. No sólo nos derrotaron en el combate, ideológicamente también nos siguen venciendo. Se perdió la mayor de las batallas el día en que cada una de las repúblicas ibéricas se lanzó a hacer vida propia, vida desligada de sus hermanos, concertando tratados y recibiendo beneficios falsos, sin atender a los intereses comunes de la raza. Los creadores de nuestro nacionalismo fueron, sin saberlo, los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del continente. El despliegue de nuestras veinte banderas de la Unión Panamericana de Washington deberíamos verlo como una burla de enemigos hábiles. Sin embargo, nos ufanamos, cada uno, de nuestro humilde trapo, que dice ilusión vana, y ni siquiera nos ruboriza el hecho de nuestra discordia delante de la fuerte unión norteamericana. No advertimos el contraste de la unidad sajona frente a la anarquía y soledad de los escudos iberoamericanos. Nos mantenemos celosamente independientes respecto de nosotros mismos; pero de una o de otra manera nos sometemos o nos aliamos con la Unión sajona. Ni siquiera se ha podido lograr la unidad nacional de los cinco pueblos centroamericanos, porque no ha querido darnos su venia un extraño, y porque nos falta el patriotismo verdadero que sacrifique el presente al porvenir. Una carencia de pensamiento creador y un exceso de afán critico, que por cierto tomamos prestado de otras culturas, nos lleva a discusiones estériles, en las que tan pronto se niega como se afirma la comunidad de nuestras aspiraciones; pero no advertimos que a la hora de obrar, y pese a todas las dudas de los sabios ingleses, el inglés busca la alianza de sus hermanos de América y de Australia, y entonces el yanqui se siente tan inglés como el inglés en Inglaterra. Nosotros no seremos grandes mientras el español de la América no se sienta tan español como los hijos de España. Lo cual no impide que seamos distintos cada vez que sea necesario, pero sin apartarnos de la más alta misión común. Así es menester que procedamos, si hemos de lograr que la cultura ibérica acabe de dar todos sus frutos, si hemos de impedir que en la América triunfe sin oposición la cultura sajona. Inútil es imaginar otras soluciones. La civilización no se improvisa ni se trunca, ni puede hacerse partir del papel de una constitución política; se deriva siempre de una larga, de una secular preparación y depuración de elementos que se transmiten y se combinan desde los comienzos de la historia. Por eso resulta tan torpe hacer comenzar nuestro patriotismo con el grito de independencia del padre Hidalgo, o con la conspiración de Quito; o con las hazañas de Bolívar, pues si no lo arraigamos en Cuauhtemoc y en Atahualpa no tendrá sostén, y al mismo tiempo es necesario remontarlo a su fuente hispánica y educarlo en las enseñanzas que deberíamos derivar de las derrotas, que son también nuestras, de las derrotas de la Invencible y de Trafalgar. Si nuestro patriotismo no se identifica con las diversas etapas del viejo conflicto de latinos y sajones, jamás lograremos que sobrepase los caracteres de un regionalismo sin aliento universal y lo veremos fatalmente degenerar en estrechez y miopía de campanario y en inercia impotente de molusco que se apega a su roca. Para no tener que renegar alguna vez de la patria misma es menester que vivamos conforme al alto interés de la raza, aun cuando éste no sea todavía el más alto interés de la Humanidad. Es claro que el corazón sólo se conforma con un internacionalismo cabal; pero en las actuales circunstancias del mundo, el internacionalismo sólo serviría para acabar de consumar el triunfo de las naciones más fuertes; serviría exclusivamente a los fines del inglés. Los mismos rusos, con sus doscientos millones de población, han tenido que aplazar su internacionalismo teórico, para dedicarse a apoyar nacionalidades oprimidas como la India y Egipto. A la vez han reforzado su propio nacionalismo para defenderse de una desintegración que sólo podría favorecer a los grandes Estados imperialistas. Resultaría, pues, infantil que pueblos débiles como los nuestros se pusieran a renegar de todo lo que les es propio, en nombre de propósitos que no podrían cristalizar en realidad. El estado actual de la civilización nos impone todavía el patriotismo como una necesidad de defensa de intereses materiales y morales, pero es indispensable que ese patriotismo persiga finalidades vastas y trascendentales. Su misión se truncó en cierto sentido con la Independencia, y ahora es menester devolverlo al cauce de su destino histórico universal. En Europa se decidió la primera etapa del profundo conflicto y nos tocó perder. Después, así que todas las ventajas estaban de nuestra parte en el Nuevo Mundo, ya que España había dominado la América, la estupidez napoleónica fue causa de que la Luisiana se entregara a los ingleses del otro lado del mar, a los yanquis, con lo que se decidió en favor del sajón la suerte del Nuevo Mundo. El "genio de la guerra" no miraba más allá de las miserables disputas de fronteras entre los estaditos de Europa y no se dio cuenta de que la causa de la latinidad, que él pretendía representar, fracasó el mismo día de la proclamación del Imperio por el solo hecho de que los destinos comunes quedaron confiados a un incapaz. Por otra parte, el prejuicio europeo impidió ver que en América estaba ya planteado, con caracteres de universalidad, el conflicto que Napoleón no pudo ni concebir en toda su trascendencia. La tontería napoleónica no pudo sospechar que era en el Nuevo Mundo donde iba a decidirse el destino de las razas de Europa, y al destruir de la manera más inconsciente el poderío francés de la América debilitó también a los españoles; nos traicionó, nos puso a merced del enemigo común. Sin Napoleón no existirían los Estados Unidos como imperio mundial, y la Luisiana, todavía francesa, tendría que ser parte de la Confederación Latinoamericana. Trafalgar entonces hubiese quedado burlado. Nada de esto se pensó siquiera, porque el destino de la raza estaba en manos de un necio; porque el cesarismo es el azote de la raza latina.

La traición de Napoleón a los destinos mundiales de Francia hirió también de muerte al Imperio español de América en los instantes de su mayor debilidad. Las gentes de habla inglesa se apoderan de la Luisiana sin combatir y reservando sus pertrechos para la ya fácil conquista de Texas y California. Sin la base del Misisipí, los ingleses, que se llaman asimismo yanquis por una simple riqueza de expresión, no hubieran logrado adueñarse del Pacifico, no serían hoy los amos del continente, se habrían quedado en una especie de Holanda trasplantada a la América, y el Nuevo Mundo sería español y francés. Bonaparte lo hizo sajón. Claro que no sólo las causas externas, los tratados, la guerra y la política resuelven el destino de los pueblos. Los Napoleones no son más que membrete de vanidades y corrupciones. La decadencia de las costumbres, la pérdida de las libertades públicas y la ignorancia general causan el efecto de paralizar la energía de toda una raza en determinadas épocas. Los españoles fueron al Nuevo Mundo con el brío que les sobraba después del éxito de la Reconquista. Los hombres libres que se llamaron Cortés y Pizarro y Albarazo y Belalcázar no eran césares ni lacayos, sino grandes capitanes que al ímpetu destructivo adunaban el genio creador. En seguida de la victoria trazaban el piano de las nuevas ciudades y redactaban los estatutos de su fundación. Más tarde, a la hora de las agrias disputas con la Metrópoli, sabían devolver injuria por injuria, como lo hizo uno de los Pizarros en un célebre juicio. Todos ellos se sentían los iguales ante el rey, como se sintió el Cid, como se sentían los grandes escritores del siglo de oro, como se sienten en las grandes épocas todos los hombres libres. Pero a medida que la conquista se consumaba, toda la nueva organización iba quedando en manos de cortesanos y validos del monarca. Hombres incapaces ya no digo de conquistar, ni siquiera de defender lo que otros conquistaron con talento y arrojo. Palaciegos degenerados, capaces de oprimir y humillar al nativo, pero sumisos al poder real, ellos y sus amos no hicieron otra cosa que echar a perder la obra del genio español en América. La obra portentosa iniciada por los férreos conquistadores y consumada por los sabios y abnegados misioneros fue quedando anulada. Una serie de monarcas extranjeros, tan justicieramente pintados por Velázquez y Goya, en compañía de enanos, bufones y cortesanos, consumaron el desastre de la administración colonial. La manía de imitar al Imperio romano, que tanto daño ha causado lo mismo en España que en Italia y en Francia; el militarismo y el absolutismo, trajeron la decadencia en la misma época en que nuestros rivales, fortalecidos por la virtud, crecían y se ensanchaban en libertad. Junto con la fortaleza material se les desarrolló el ingenio práctico, la intuición del éxito. Los antiguos colonos de Nueva Inglaterra y de Virginia se separaron de Inglaterra, pero sólo para crecer mejor y hacerse más fuertes. La separación política nunca ha sido entre ellos obstáculo para que en el asunto de la común misión étnica se mantengan unidos y acordes. La emancipación, en vez de debilitar a la gran raza, la bifurcó, la multiplicó, la desbordó poderosa sobre el mundo; desde el núcleo imponente de uno de los más grandes Imperios que han conocido los tiempos. Y ya desde entonces, lo que no conquista el inglés en las Islas, se lo toma y lo guarda el inglés del nuevo continente. En cambio, nosotros los españoles, por la sangre, o por la cultura, a la hora de nuestra emancipación comenzamos por renegar de nuestras tradiciones; rompimos con el pasado y no faltó quien renegara la sangre diciendo que hubiera sido mejor que la conquista de nuestras regiones la hubiesen consumado los ingleses. Palabras de traición que se excusan por el asco que engendra la tiranía, y por la ceguedad que trae la derrota. Pero perder por esta suerte el sentido histórico de una raza equivale a un absurdo, es lo mismo que negar a los padres fuertes y sabios cuando somos nosotros mismos, no ellos, los culpables de la decadencia.

De todas maneras las prédicas desespañolizantes y el inglesamiento correlativo, hábilmente difundido por los mismos ingleses, pervirtió nuestros juicios desde el origen: nos hizo olvidar que en los agravios de Trafalgar también tenemos parte. La injerencia de oficiales ingleses en los Estados Mayores de los guerreros de la Independencia hubiera acabado por deshonrarnos, si no fuese porque la vieja sangre altiva revivía ante la injuria y castigaba a los piratas de Albión cada vez que se acercaban con el propósito de consumar un despojo. La rebeldía ancestral supo responder a cañonazos lo mismo en Buenos Aires que en Veracruz, en La Habana, o en Campeche y Panamá, cada vez que el corsario inglés, disfrazado de pirata para eludir las responsabilidades de un fracaso, atacaba, confiado en lograr, si vencía, un puesto de honor en la nobleza británica. A pesar de esta firme cohesión ante un enemigo invasor, nuestra guerra de Independencia se vio amenguada por el provincialismo y por la ausencia de planes trascendentales. La raza que había soñado con el imperio del mundo, los supuestos descendientes de la gloria romana, cayeron en la pueril satisfacción de crear nacioncitas y soberanías de principado, alentadas por almas que en cada cordillera veían un muro y no una cúspide. Glorias balcánicas soñaron nuestros emancipadores, con la ilustre excepción de Bolívar, y Sucre y Petion el negro, y media docena más, a lo sumo. Pero los otros, obsesionados por el concepto local y enredados en una confusa fraseología seudo revolucionaria, sólo se ocuparon en empequeñecer un conflicto que pudo haber sido el principio del despertar de un continente. Dividir, despedazar el sueño de un gran poderío latino, tal parecía ser el propósito de ciertos prácticos ignorantes que colaboraron en la Independencia, y dentro de ese movimiento merecen puesto de honor; pero no supieron, no quisieron ni escuchar las advertencias geniales de Bolívar. Claro que en todo proceso social hay que tener en cuenta las causas profundas, inevitables, que determinan un momento dado. Nuestra geografía, por ejemplo, era y sigue siendo un obstáculo de la unión; pero si hemos de dominarlo, será menester que antes pongamos en orden al espíritu, depurando las ideas y señalando orientaciones precisas. Mientras no logremos corregir los conceptos, no será posible que obremos sobre el medio físico en tal forma que lo hagamos servir a nuestro propósito. En México, por ejemplo, fuera de Mina, casi nadie pensó en los intereses del continente; peor aun, el patriotismo vernáculo estuvo enseñando, durante un siglo, que triunfamos de España gracias al valor indomable de nuestros soldados, y casi ni se mencionan las Cortes de Cádiz, ni el levantamiento contra Napoleón, que electrizó a la raza, ni las victorias y martirios de los pueblos hermanos del continente. Este pecado, común a cada una de nuestras patrias, es resultado de épocas en que la Historia se escribe para halagar a los déspotas. Entonces la patriotería no se conforma con presentar a sus héroes como unidades de un movimiento continental, y los presenta autónomos, sin darse cuenta que al obrar de esta suerte los empequeñece en vez de agrandarlos.

Se explican también estas aberraciones porque el elemento indígena no se había fusionado, no se ha fusionado aún en su totalidad, con la sangre española; pero esta discordia es más aparente que real. Háblese al más exaltado indianista de la conveniencia de adaptarnos a la latinidad y no opondrá el menor reparo; dígasele que nuestra cultura es española y en seguida formular objeciones. Subsiste la huella de la sangre vertida: huella maldita que no borran los siglos, pero que el peligro común debe anular. Y no hay otro recurso. Los mismos indios puros están españolizados, están latinizados, como está latinizado el ambiente. Dígase lo que se quiera, los rojos, los ilustres atlantes de quienes viene el indio, se durmieron hace millares de años para no despertar. En la Historia no hay retornos, porque toda ella es transformación y novedad. Ninguna raza vuelve; cada una plantea su misión, la cumple y se va. Esta verdad rige lo mismo en los tiempos bíblicos que en los nuestros, todos los historiadores antiguos la han formulado. Los días de los blancos puros, los vencedores de hoy, están tan contados como lo estuvieron los de sus antecesores. Al cumplir su destino de mecanizar el mundo, ellos mismos han puesto, sin saberlo, las bases de un período nuevo, el periodo de la fusión y la mezcla de todos los pueblos. El indio no tiene otra puerta hacia el porvenir que la puerta de la cultura moderna, ni otro camino que el camino ya desbrozado de la civilización latina. También el blanco tendrá que deponer su orgullo, y buscará progreso y redención posterior en el alma de sus hermanos de las otras castas, y se confundirá y se perfeccionará en cada una de las variedades superiores de la especie, en cada una de las modalidades que tornan múltiple la revelación y más poderoso el genio.

En el proceso de nuestra misión étnica, la guerra de emancipación de España significa una crisis peligrosa. No quiero decir con esto que la guerra no debió hacerse ni que no debió triunfar. En determinadas épocas el fin trascendente tiene que quedar aplazado; la raza espera, en tanto que la patria urge, y la patria es el presente inmediato e indispensable. Era imposible seguir dependiendo de un cetro que de tropiezo en tropiezo y de descalabro en bochorno había ido bajando hasta caer en las manos sin honra de un Fernando VII. Se pudo haber tratado en las Cortes de Cádiz para organizar una libre Federación Castellana; no se podía responder a la Monarquía sino batiéndole sus enviados. En este punto la visión de Mina fue cabal: implantar la libertad en el Nuevo Mundo v derrocar después la Monarquía en España. Ya que la imbecilidad de la época impidió que se cumpliera este genial designio, procuremos al menos tenerlo presente. Reconozcamos que fue una desgracia no haber procedido con la cohesión que demostraron los del Norte; la raza prodigiosa, a la que solemos llenar de improperios, sólo porque nos ha ganado cada partida de la lucha secular. Ella triunfa porque aduna sus capacidades prácticas con la visión clara de un gran destino. Conserva presente la intuición de una misión histórica definida, en tanto que nosotros nos perdemos en el laberinto de quimeras verbales. Parece que Dios mismo conduce los pasos del sajonismo, en tanto que nosotros nos matamos por el dogma o nos proclamamos ateos. ¡Cómo deben de reír de nuestros desplantes y vanidades latinas estos fuertes constructores de imperios! Ellos no tienen en la mente el lastre ciceroniano de la fraseología, ni en la sangre los instintos contradictorios de la mezcla de razas disímiles; pero cometieron el pecado de destruir esas razas, en tanto que nosotros las asimilamos, y esto nos da derechos nuevos y esperanzas de una misión sin precedente en la Historia.

De aquí que los tropiezos adversos no nos inclinen a claudicar; vagamente sentimos que han de servirnos para descubrir nuestra ruta. Precisamente, en las diferencias encontramos el camino; si no más imitamos, perdemos; si descubrimos, si creamos, triunfaremos. 

La ventaja de nuestra tradición es que posee mayor facilidad de simpatía con los extraños. Esto implica que nuestra civilización, con todos sus defectos, puede ser la elegida para asimilar y convertir a un nuevo tipo a todos los hombres. En ella se prepara de esta suerte la trama, el múltiple y rico plasma de la Humanidad futura. Comienza a advertirse este mandato de la Historia en esa abundancia de amor que permitió a los españoles crear una raza nueva con el indio y con el negro; prodigando la estirpe blanca a través del soldado que engendraba familia indígena y la cultura de Occidente por medio de la doctrina y el ejemplo de los misioneros que pusieron al indio en condiciones de generar en la nueva etapa, la etapa del mundo Uno. La colonización española creó mestizaje; esto señala su carácter, fija su responsabilidad y define su porvenir. El inglés siguió cruzándose sólo con el blanco, y exterminó al indígena; lo sigue exterminando en la sorda lucha económica, más eficaz que la conquista armada. Esto prueba su limitación y es el indicio de su decadencia. Equivale, en grande, a los matrimonios incestuosos de los Faraones, que minaron la virtud de aquella raza, y contradice el fin ulterior de la Historia, que es lograr la fusión de los pueblos y las culturas. Hacer un mundo inglés; exterminar a los rojos, para que en toda la América se renueve el norte de Europa, hecho de blancos puros, no es más que repetir el proceso victorioso de una raza vencedora. Ya esto lo hicieron los rojos; lo han hecho o lo han intentado todas las razas fuertes y homogéneas; pero eso no resuelve el problema humano; para un objetivo tan menguado no se quedó en reserva cinco mil años la América. El objeto del continente nuevo y antiguo es mucho más importante. Su predestinación obedece al designio de constituir la cuna de una raza quinta en la que se fundirán todos los pueblos, para reemplazar a las cuatro que aisladamente han venido forjando la Historia. En el suelo de América hallará término la dispersión, allí se consumará la unidad por el triunfo del amor fecundo, y la superación de todas las estirpes.

Y se engendrará de tal suerte el tipo síntesis que ha de juntar los tesoros de la Historia, para dar expresión al anhelo total del mundo. Los pueblos llamados latinos, por haber sido más fieles a su misión divina de América, son los llamados a consumarla. Y tal fidelidad al oculto designio es la garantía de nuestro triunfo. En el mismo período caótico de la Independencia, que tantas censuras merece, se advierten, sin embargo, vislumbres de ese afán de universalidad que ya anuncia el deseo de fundir lo humano en un tipo universal y sintético. Desde luego, Bolívar, en parte porque se dio cuenta del peligro en que caíamos, repartidos en nacionalidades aisladas, y también por su don de profecía, formuló aquel plan de federación iberoamericana que ciertos necios todavía hoy discuten. Y si los demás caudillos de la independencia latinoamericana, en general, no tuvieron un concepto claro del futuro, si es verdad que, llevados del provincialismo, que hoy llamamos patriotismo, o de la limitación, que hoy se titula soberanía nacional, cada uno se preocupó no más que de la suerte inmediata de su propio pueblo, también es sorprendente observar que casi todos se sintieron animados de un sentimiento humano universal que coincide con el destino que hoy asignamos al continente iberoamericano. Hidalgo, Morelos, Bolívar, Petion el haitiano, los argentinos en Tucumán, Sucre, todos se preocuparon de libertar a los esclavos, de declarar la igualdad de todos los hombres por derecho natural; la igualdad social y cívica de los blancos, negros e indios. En un instante de crisis histórica, formularon la misión trascendental asignada a aquella zona del globo: misión de fundir étnica y espiritualmente a las gentes. De tal suerte se hizo en el bando latino lo que nadie ni pensó hacer en el continente sajón. Allí siguió imperando la tesis contraria, el propósito confesado o tácito de limpiar la tierra de indios, mogoles y negros, para mayor gloria y ventura del blanco. En realidad, desde aquella época quedaron bien definidos los sistemas que, perdurando hasta la fecha, colocan en campos sociológicos opuestos a las dos civilizaciones: la que quiere el predominio exclusivo del blanco, y la que está formando una raza nueva, raza de síntesis, que aspira a englobar y expresar todo lo humano en maneras de constante superación. Si fuese menester aducir pruebas, bastaría observar la mezcla creciente y espontánea que en todo el continente latino se opera entre todos los pueblos, y por la otra parte, la línea inflexible que separa al negro del blanco en los Estados Unidos, y las leyes, cada vez más rigurosas, para la exclusión de los japoneses y chinos de California.

Los llamados latinos, tal vez porque desde un principio no son propiamente tales latinos, sino un conglomerado de tipos y razas, persisten en no tomar muy en cuenta el factor étnico para sus relaciones sexuales. Sean cuales fueren las opiniones que a este respecto se emitan, y aun la repugnancia que el prejuicio nos causa, lo cierto es que se ha producido y se sigue consumando la mezcla de sangres. Y es en esta fusión de estirpes donde debemos buscar el rasgo fundamental de la idiosincrasia iberoamericana. Ocurrirá algunas veces, y ha ocurrido ya, en efecto, que la competencia económica nos obligue a cerrar nuestras puertas, tal como lo hace el sajón, a una desmedida irrupción de orientales. Pero al proceder de esta suerte, nosotros no obedecemos más que a razones de orden económico; reconocemos que no es justo que pueblos como el chino, que bajo el santo consejo de la moral confuciana se multiplican como los ratones, vengan a degradar la condición humana, justamente en los instantes en que comenzamos a comprender que la inteligencia sirve para refrenar y regular bajos instintos zoológicos, contrarios a un concepto verdaderamente religioso de la vida. Si los rechazamos es porque el hombre, a medida que progresa, se multiplica menos y siente el horror del numero, por lo mismo que ha llegado a estimar la calidad. En los Estados Unidos rechazan a los asiáticos, por el mismo temor del desbordamiento físico propio de las especies superiores; pero también lo hacen porque no les simpatiza el asiático, porque lo desdeñan y serian incapaces de cruzarse con él. Las señoritas de San Francisco se han negado a bailar con oficiales de la marina japonesa, que son hombres tan aseados, inteligentes y, a su manera, tan bellos, como los de cualquiera otra marina del mundo. Sin embargo, ellas jamás comprenderán que un japonés pueda ser bello. Tampoco es fácil convencer al sajón de que si el amarillo y el negro tienen su tufo, también el blanco lo tiene para el extraño, aunque nosotros no nos demos cuenta de ello. En la América Latina existe, pero infinitamente más atenuada, la repulsión de una sangre que se encuentra con otra sangre extraña. Allí hay mil puentes para la fusión sincera y cordial de todas las razas. El amurallamiento étnico de los del Norte frente a la simpatía mucho más fácil de los del Sur, tal es el dato más importante y a la vez el más favorable para nosotros, si se reflexiona, aunque sea superficialmente, en el porvenir. Pues se verá en seguida que somos nosotros de mañana, en tanto que ellos van siendo de ayer. Acabarán de formar los yanquis el último gran imperio de una sola raza: el imperio final del poderío blanco. Entre tanto, nosotros seguiremos padeciendo en el vasto caos de una estirpe en formación, contagiados de la levadura de todos los tipos, pero seguros del avatar de una estirpe mejor. En la América española ya no repetirá la Naturaleza uno de sus ensayos parciales, ya no será la raza de un solo color, de rasgos particulares, la que en esta vez salga de la olvidada Atlántida; no será la futura ni una quinta ni una sexta raza, destinada a prevalecer sobre sus antecesoras; lo que de allí va a salir es la raza definitiva, la raza síntesis o raza integral, hecha con el genio y con la sangre de todos los pueblos y, por lo mismo, más capaz de verdadera fraternidad y de visión realmente universal. Para acercarnos a este propósito sublime es preciso ir creando, como si dijéramos, el tejido celular que ha de servir de carne y sostén a la nueva aparición biológica. Y a fin de crear ese tejido proteico, maleable, profundo, etéreo y esencial, será menester que la raza iberoamericana se penetre de su misión y la abrace como un misticismo.

Quizá no haya nada inútil en los procesos de la Historia; nuestro mismo aislamiento material y el error de crear naciones nos ha servido, junto con la mezcla original de la sangre, para no caer en la limitación sajona de constituir castas de raza pura. La Historia demuestra que estas selecciones prolongadas y rigurosas dan tipos de refinamiento físico, curiosos, pero sin vigor; bellos con una extraña belleza, como la de la casta brahmánica milenaria, pero a la postre decadentes. Jamás se ha visto que aventajen a los otros hombres ni en talento, ni en bondad, ni en vigor. El camino que hemos iniciado nosotros es mucho más atrevido, rompe los prejuicios antiguos, y casi no se explicaría, si no se fundase en una suerte de clamor que llega de una lejanía remota, que no es la del pasado, sino la misteriosa lejanía de donde vienen los presagios del porvenir. Si la América Latina fuese no más otra España, en el mismo grado que los Estados Unidos son otra Inglaterra, entonces la vieja lucha de las dos estirpes no haría otra cosa que repetir sus episodios en la tierra más vasta, y uno de los dos rivales acabaría por imponerse y llegaría a prevalecer. Pero no es ésta la ley natural de los choques, ni en la mecánica ni en la vida. La oposición y la lucha, particularmente cuando ellas se trasladan al campo del espíritu, sirven para definir mejor los contrarios, para llevar a cada uno a la cúspide de su destino, y, a la postre, para sumarlos en una común y victoriosa superación. La misión del sajón se ha cumplido más pronto que la nuestra, porque era más inmediata y ya conocida en la Historia; para cumplirla no había más que seguir el ejemplo de otros pueblos victoriosos. Meros continuadores de Europa, en la región del continente que ellos ocuparon, los valores del blanco llegaron al cenit. He ahí por qué la historia de Norteamérica es como un ininterrumpido y vigoroso allegro de marcha triunfal.

¡Cuán distintos los sones de la formación iberoamericana! Semejan el profundo scherzo de una sinfonía infinita y honda: voces que traen acentos de la Atlántida; abismos contenidos en la pupila del hombre rojo, que supo tanto, hace tantos miles de años, y ahora parece que se ha olvidado de todo. Se parece su alma al viejo cenote maya, de aguas verdes, profundas, inmóviles, en el centro del bosque, desde hace tantos siglos que ya ni su leyenda perdura. Y se remueve esta quietud de infinito con la gota que en nuestra sangre pone el negro, ávido de dicha sensual, ebrio de danzas y desenfrenadas lujurias. Asoma también el mogol con el misterio de su ojo oblicuo, que toda cosa la mira conforme a un ángulo extraño, que descubre no sé qué pliegues y dimensiones nuevas. Interviene asimismo la mente clara del blanco, parecida a su tez y a su ensueño. Se revelan estrías judaicas que se escondieron en la sangre castellana desde los días de la cruel expulsión; melancolías del árabe, que son un dejo de la enfermiza sensualidad musulmana; ¿quién no tiene algo de todo esto o no desea tenerlo todo? He ahí al hindú, que también llegará, que ha llegado ya por el espíritu, y aunque es el último en venir parece el más próximo pariente. Tantos que han venido y otros más que vendrán, y así se nos ha de ir haciendo un corazón sensible y ancho que todo lo abarca y contiene, y se conmueve; pero henchido de vigor, impone leyes nuevas al mundo. presentimos como otra cabeza, que dispondrá de todos los ángulos, para cumplir el prodigio de superar a la esfera.


lunes, 29 de julio de 2024

Adriana Arpini: el ser humano a la intemperie

 

 

Entrevista realizada y publicada por Unidiversidad, sistema de medios de la Universidad Nacional de Cuyo, con ocasión de las Jornadas de Filosofía que se desarrollaron en la Facultad de Filosofía y Letras los días 26, 27 y 28 de octubre de 2022.

https://www.unidiversidad.com.ar/la-crisis-actual-o-el-ser-humano-a-la-intemperie-y-en-busca-de-respuestas

 

¿Por qué este es un tiempo de intemperie para el ser humano?

 

Si lo pensamos con una proyección histórica no demasiado larga, el siglo XX es un siglo en el que por primera vez se producen catástrofes humanas, y en el que aparece esta lucha por el control del poder mundial y esa lucha llevó a desarrollos científicos tecnológicos que permiten, por ejemplo, tener un arsenal atómico que haría posible la destrucción de la humanidad no una vez, sino varias veces, vivimos un tiempo en que el riesgo de la destrucción total está presente y eso hay que ponerlo en conceptos. Estamos en un tiempo de intemperie, porque los conceptos que teníamos y vienen de la tradición, o hay que redefinirlos o hay que crear conceptos nuevos para poder interpretar este tiempo. Para la filosofía es una tarea ineludible, porque tenemos que asumir nuestro propio tiempo, Hegel decía algo en que tenía razón y es que la filosofía consiste en poner el propio tiempo en conceptos.

 

¿La filosofía cumple con esa tarea?

 

A veces sí y a veces no. Sí la cumple cuando se trata de una reflexión filosófica viva, que se hace cargo de esos problemas, pero también la filosofía adopta formas academicistas que se apartan de eso, que no hay que restarles importancia porque la tienen, pero el problema es cuando esos esfuerzos por hacer una exégesis hiper detallada de un texto no se pueden volcar a la reflexión acerca de lo que nos está pasando; ahí hay un corte entre la academia y la vida de la filosofía.

 

Usted planteó que en este tiempo la pregunta central no es qué es el ser humano sino cuál es su valor. ¿Por qué?

 

Sí, porque la pregunta de la antropología clásica es que es el hombre y se suele decir que esa pregunta sintetiza muchas otras preguntas, que tiene su lugar de enunciación propio en la modernidad y más precisamente en la Ilustración, donde el centro de las preocupaciones era conocer lo que es el hombre, que da pie al desarrollo de toda la ciencia humanas. Sin embargo, esa pregunta va acompañada de otra que es cuál es el valor del hombre, que es una pregunta axiológica. Desde esa perspectiva, uno empieza a ver que hay otras cosas a las cuales atender, que no es solamente la actividad racional del hombre puesta en el conocimiento, sino también los valores, la afectividad, las intuiciones, las relaciones y todo lo que tiene que ver con ellas, entonces ahí se empieza a ampliar un poco el panorama y ya no es una cuestión meramente antropocéntrica, en el sentido de definir al sujeto como sujeto racional.

 

De cybors y prioridades


Frente a esta realidad del ser a la intemperie, usted planteó la necesidad de abrir caminos que se aparten de las posiciones extremas. ¿Por qué?

 

Como en todas las cosas, siempre hay posiciones que son extremadamente optimistas y otras extremadamente pesimistas. Hay una forma de optimismo que me parece ingenua, dice que para resolver los problemas que nos ha causado el desarrollo científico tecnológico de la mano del desarrollo del capitalismo, tenemos que hacer más desarrollo científico tecnológico, pero ese desarrollo también tiene como destino la acumulación, entonces estamos en la misma. Es un optimismo que en todo caso podrá retrasar, pero no modificar, porque el esquema del cual se parte es exactamente el mismo. Y después está el pesimismo total, de que nada se puede hacer. Me parece que hay que ir por una vía que, sin negar el desarrollo científico tecnológico, pueda pensar formas de encarar ese desarrollo, de fijar prioridades, que pongan el norte en la realización de la vida.

 

¿Por qué es necesario fijar prioridades?

 

No está mal que haya cybor, el problema es que la cultura cybor y los desarrollos científico tecnológicos se orientan al mercado, porque quiénes se van a beneficiar de esos desarrollos, los que puedan, los que tengan el dinero para poder hacerlo. Por ejemplo, un implante que mejore la capacidad intelectual, quién va a poder acceder a eso, de qué manera se va a distribuir el trabajo en una época en la que eso sea posible, quiénes van a ser amos y quienes esclavos. Es decir, si seguimos dentro de la misma estructura fijada por la acumulación y la producción de mercancía todos esos que podrían ser beneficios para la humanidad van a seguir provocando injusticias.

 

¿En el mismo sentido, cómo se fijan prioridades respecto del cuidado del medio ambiente, cuando el extractivismo es un modelo al que se sigue apostando?

 

A mí lo que me preocupa es formar gente que tenga sensibilidad para eso y ojalá que puedan ocupar lugares de decisión donde esas cosas se puedan discutir. De hecho, hay pasos que se van dando, por ejemplo, cuando la constitución boliviana habla de los derechos de la tierra o los derechos de la naturaleza o cuando en Mendoza fue el tema del agua y hubo oposición a la reforma (de la ley 7722), me parece que esas son tomas de conciencia y pasos que se van dando.

 

¿Los movimientos ecológicos, la toma de conciencia sobre el cuidado del planeta van en el mismo sentido?

 

A mí lo que me parece interesante es que esos posicionamientos no cierren la posibilidad de pensar, sino que abran posibilidades. Me parece interesante que cualquiera sea el tipo de lectura que se haga, si eligen ser vegetarianos o veganos no se cierren en eso, porque entonces también se bloquea la posibilidad de pensar futuros posibles. Cuando aparece una idea como la única que nos va a salvar, siempre se están bloqueando otras posibilidades. Entonces, es interesante, es bueno, pero que se pueda dialogar, que puedan abrir perspectivas, que no signifiquen nuevas formas de cerrazón.

 

La sabiduría de la vida cotidiana


Usted planteó que existen saberes de la vida cotidiana que la academia debe escuchar. ¿Por qué?

 

Ahí hay una sabiduría que hay que explorar, que desde la perspectiva de la ciencia occidental ha sido dejada de lado, era solamente objeto de investigación, pero no se pensaba que desde ahí procedían formas de sabiduría también. Cuando yo decía que había una cuestión abismal, el abismo es un límite, entonces de este lado están las formas de conocimiento reconocidas como la ciencia, la filosofía, incluso la teología, que pueden tener diferencias entre sí, pero que al fin y al cabo monopolizan la razón; y del otro lado hay supersticiones, mitos y todo eso parece que tiene menos valor. Sin embargo, en las narraciones, en la medida que son recuperadas por arqueólogos y antropólogos culturales, muestran que hay formas de sabiduría que coexisten con la ciencia. Entonces, la imposibilidad de ver la coexistencia, de pensar que nos podemos nutrir de estas formas de sabiduría para resolver los problemas contemporáneos, eso es el abismo. Tender puentes por sobre el abismo permitiría tener otra mirada, otra forma de encarar no solamente los problemas, sino también la forma de presentar los problemas, cómo preguntar.

 

¿Si me permite una pregunta personal, a qué se aferra en estos tiempos de intemperie?

 

A lo personal y lo cotidiano, uno se agarra de los afectos y también hay que hacer una reflexión sobre eso. Desde las epistemologías feministas se recupera toda esa dimensión de los afectos no solamente para la vida cotidiana, sino para pensar el desarrollo científico, para pensar la organización política y los problemas contemporáneos.

 

¿Esas visiones feministas brindan esperanza?

 

Sí, creo que hay que prestar mucha atención no solo a los feminismos más clásicos, sino a los feminismos comunitarios, a los que surgen de los problemas de las mujeres en las comunidades. Las mujeres de las comunidades no se ponen a escribir “papers”, pero en las entrevistas o cada vez que pueden van manifestando cuáles son los ordenadores de su visión de la vida y esos criterios funcionan para la vida, entonces uno que está en la academia tiene que escuchar esas cosas, no ir a decirles cómo tienen que pensar, sino que es al revés, hay que escuchar.

viernes, 31 de mayo de 2024

Éric Sadin: “El lenguaje estandarizado de la inteligencia artificial huele a muerte”

El filósofo francés, de visita en el país, afirma que la lengua humana es la creación siempre singular de una persona que habla en su nombre con libertad, lo opuesto a lo que produce el ChatGPT

20 de abril de 2024

Entrevista y nota por Daniel Gigena, LA NACION Buenos Aires.

https://www.lanacion.com.ar/ideas/eric-sadin-el-lenguaje-estandarizado-de-la-inteligencia-artificial-huele-a-muerte-nid20042024/

 

El pensador francés Éric Sadin visitó nuevamente la Argentina, esta vez para brindar dos conferencias (una en el patio de la sede del Rectorado de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, otra en el auditorio del Malba) y para presentar su nuevo libro, “La vida espectral. Pensar la era del metaverso y las inteligencias artificiales generativas” (Ed. Caja Negra), escrito antes y después de los anuncios de OpenAI sobre los avances en materia de inteligencia artificial.

Para Sadin, el futuro que espera a la humanidad es poco menos que catastrófico si no se ponen límites a las mentes (humanas) de Silicon Valley y a lo que llama la “tecnologización de la vida cotidiana”.

“Estoy feliz con la recepción que reciben tanto mis obras como mis posiciones en la Argentina y en el mundo hispanoparlante, algo que empezó hace siete años, con la aparición de La realidad aumentada”, dice. En Francia, sus libros venden decenas de miles de ejemplares; Sadin colabora en los medios franceses más importantes, como Le Monde y Le Figaro.

"Ahora hay un sistema al que le encargamos que realice tareas que hasta hace poco movilizaban nuestras facultades intelectuales y creativas"

Como pasa con las obras de otros pensadores contemporáneos, la de Sadin prosigue una argumentación de un libro a otro; este no es la excepción y en varios capítulos continúa el debate iniciado en libros anteriores, como La era del individuo tirano, donde se enfocaba en el “usuario” formateado por el “tecnoliberalismo”.

Su nuevo ensayo, entonces, aborda el impacto que tiene en la sociedad la “adicción a las pantallas”, puesta en tensión con el legado cultural, artístico y político del pasado.

“Este fue un libro complicado para mí por la fuerza misma de las cosas –dice Sadin–. Como trabajo sobre dimensiones contemporáneas que están continuamente en movimiento, este es un texto que se movió mucho en el transcurso de la escritura. El desafío inicial era analizar las consecuencias de lo que llamo la pixelización integral de nuestras vidas, el hecho de que cada vez más actividades de la vida humana se pierden en pantallas y sistemas digitales, dimensión que quisieron intensificar Mark Zuckerberg y Silicon Valley a partir del otoño de 2021, a finales del gran confinamiento, donde el desafío era que el mundo pudiera venir hacia nosotros y nosotros realizar una cantidad creciente de actividades a distancia a través de pantallas y asistidos por sistemas digitales cada vez más conscientes”.

El proyecto inicial era analizar el alcance de este proceso, que cristalizó en la aparición de la industria del metaverso, cuenta el filósofo, autor también de “La silicolonización del mundo” (Ed. Caja Negra, 2018).

Sin embargo, en medio de la escritura del libro, irrumpió un acontecimiento insoslayable: la puesta en línea del ChatGPT, el 30 de noviembre de 2022. “Eso me produjo una suerte de vértigo –dice Sadin–. Ahí entendí que se trataba de una fecha histórica, única en la historia de la humanidad. Fue la primera vez en un libro que me pasa esto de trabajar en dos dimensiones sin haberlo previsto. Eso hace que este sea un libro que da un testimonio sobre el curso del estado de las cosas, tiene una dimensión prospectiva, pero sigue siendo bastante híbrido. Por eso tengo la idea de escribir otro de 150 páginas sobre el fenómeno preponderante, este terremoto que presenta la irrupción de la IA generativa, las consecuencias y cómo deberíamos actuar como sociedad”.

 

–¿Y cómo deberíamos actuar?

 

–Hablemos primero de lo que tenemos enfrente. Desde hace unos quince años están en funcionamiento unos sistemas de IA. La IA era, hasta 2022, un sistema de diagnóstico y recomendación, un sistema de evaluación de una cantidad de aspectos de la vida humana, por ejemplo, tomar tal camino o no, comprar tal producto en tal lugar o no. Es lo que llamo la organización cognitiva y organizacional de la IA. Esta dimensión sigue en funcionamiento más que nunca, con una cantidad de consecuencias jurídicas y políticas que a mi juicio no están siendo pensadas y que analicé en 2018 en La inteligencia artificial o el desafío del siglo. Pero desde noviembre de 2022, si bien este sistema sigue en pie, vivimos lo que llamo el giro intelectual y creativo de la IA.

 

–¿Qué implica ese giro?

 

–Significa que ahora hay un sistema al que le encargamos que realice tareas que hasta este momento movilizaban nuestras facultades intelectuales y creativas. En diciembre de 2022 se puso en línea ChatGPT y una multitud de gente dijo que era increíble un sistema que, con una mera instrucción, un prompt, pudiera producir texto en un seudolenguaje. Estas mismas personas dijeron que todavía hacían falta nuevos desarrollos para que el ChatGPT se acercara a un lenguaje humano. Lo que tendríamos que haber hecho entonces es ver cómo funcionaba eso, quizá para un filósofo de la técnica ese era su deber, ya que los ingenieros no nos explican cómo funciona, nos dicen que va a ser genial y que vamos a vivir en un mundo maravilloso. El sistema de IA generativa deglutió todos los corpus existentes desde la noche de los tiempos hasta 2021, con miras a someterlos a análisis estadísticos, matemáticos, esquemas lógicos y ecuaciones probabilísticas. Por ejemplo, cuando escribimos en WhatsApp, el predictivo completa la frase. En una dimensión probabilística el sistema funciona a través de correlaciones y aparecen entonces las probabilidades más altas en función de estadísticas y ejemplos lógicos. Pero esto es lo opuesto a la manera en que mantenemos nuestra relación con el lenguaje hasta ahora.

 

"Vamos hacia un entorno en donde no sabremos cuál es la verdad, y eso es muy grave; una sociedad no solo comparte principios, sino también las referencias en común"

 

–¿En qué se contrapone con nuestro uso del lenguaje?

 

–La relación con la lengua es el lugar del encuentro, el maravilloso choque entre el legado común y cada singularidad con su capacidad subjetiva. Lo que llamamos cultura está hecho de una infinidad de textos, esquemas de construcción, gramática y ortografía que aprendemos en la infancia y que, en la adultez, nos permite forjar textos en primera persona, de manera única. Lo que voy a decir ahora mismo, la palabra que vamos a decir en el momento siguiente no la podemos predecir, no la sabemos. Y no lo sabemos porque no mantenemos una relación probabilística con el lenguaje sino indeterminada. Y ese es el lugar de la libertad humana, el lugar de la creatividad; el lenguaje es la creación continua y siempre singular de una persona que habla en nombre propio con libertad. Es lo opuesto al lenguaje necrosado de la IA, que huele a muerte porque está fundado en esquemas lógicos de correlaciones: si hay A, hay B y habrá C. Nosotros utilizamos el lenguaje dentro de una dimensión asociativa. Ahora este lenguaje necrosado, industrializado, estandarizado, esquematizado está llamado a convertirse en algo mayoritario en el espacio simbólico. Cuando las personas empezaron a utilizar ChatGPT no vieron las consecuencias civilizatorias que tiene.

 

–¿Solamente se valoró su función práctica y utilitaria?

 

–Sí, y eso es terrible. Porque el utilitarismo se convirtió tanto en una norma en nuestra sociedad que llegó a infiltrar nuestros cerebros y solo pensamos en términos utilitaristas. Ahora bien, la cuestión en particular que nos van a plantear pronto nuestros hijos es: “¿Por qué debo ir a la escuela si hay sistemas que a través de una mera instrucción producen texto? ¿Para qué voy a estudiar en la escuela, perdiendo tiempo con la gramática y la ortografía?”.

 

–¿Qué deberían responder los adultos ante un planteo como ese?

 

–La educación es el aprendizaje de la alteridad. La educación en casa es verse solo a sí mismo y eso contribuye al estatuto del individuo tirano. Lo que propongo hacer es tratar de captar las consecuencias sociales, políticas y civilizatorias del ChatGPT. Quizás el utilitarismo nos impide hacer el esfuerzo de captar todo esto. Quizás a los niños haya que hacerles entender que el lenguaje es el lugar de la libertad humana, la pluralidad, la capacidad para construirse como individuo singular, un ser capaz de tener posiciones propias en una sociedad libre y plural; que el aprendizaje de los grandes textos y de la cultura son una ocasión de alegría intensa para la existencia. Podríamos responderles también que el seudolenguaje de la IA va a reforzar un capitalismo algortítimico que solo brega por el lucro. Podríamos decir además que son sistemas que van a generar consecuencias de consumo energético más grandes, en momentos en que se dice que hay que modificarlos.

 

–¿Qué impacto tendrá en el mundo de las representaciones?

 

–Lo que está sucediendo hoy con las IA generativas es que con una simple instrucción, el menor esfuerzo, sentadito en un sillón, puedo pedir que prepare el discurso de esta noche mientras yo duermo la siesta. Es lo que llamo el “régimen del promptismo generalizado”. No pasa solamente con el seudolenguaje, sino también con las imágenes. Con una instrucción se pueden generar imágenes falsas, como la del papa Francisco con campera o el falso audio de Joe Biden.

 

"Frecuentar de manera compulsiva las pantallas genera conexiones neuronales empobrecidas y nos priva de la expresión de nuestra singularidad"

 

–Se trata de una cuestión ontológica.

 

–Más que eso, un audio falso de Biden pidiendo a sus electores no votar en New Hampshire para reservarse y votar en Florida o el video seudopornográfico de Taylor Swift producen consecuencias concretas. A través de una instrucción puedo pedir a la IA que cree un video falso de un vecino con el que tengo una diferencia, pegándole a una mujer, y después lo subo a internet. Vamos camino a eso porque son tecnologías que están en manos de todos; vamos hacia un entorno en donde no sabremos cuál es la verdad y eso supone una extrema gravedad, porque una sociedad no es solo los principios en común, sino también las referencias en común. La sociedad ya está lo suficientemente enloquecida con las fake news, con la posverdad, con la expresión del rencor, con el complotismo.

 

–¿Cómo actuar ante esta situación?

 

–La sociedad está cruzada por una psiquiatrización, pero ¿qué hace el legislador en lugar de prohibir la IA generativa en diciembre de 2022? Dice que, puesto que estos sistemas saquean los fondos de imágenes y textos, hay que analizarlos a través del mismo sistema en lugar de ver las consecuencias. Los legisladores están fuera del contacto con la realidad y no entienden nada, o están bajo el yugo del supuesto crecimiento económico y solo piensan en las consecuencias económicas, no en las civilizatorias. Ya no estamos en la posverdad sino en la indistinción generalizada, ya no vamos a saber más nada. En dos años este régimen corre el riesgo de volverse mayoritario.

 

–¿Cuáles podrían ser las consecuencias en el mundo del trabajo?

 

–Un año después de la puesta en línea del ChatGPT, Sam Altman dijo que habíamos tenido un buen año y todos se rieron, el auditorio se rio, todo el mundo se rio, pero también dijo que eso no era nada en comparación con lo que se venía. “Vamos a darles a todos los individuos del planeta superpoderes con los superasistentes”, dijo. O sea, sistemas de IA generativa que van a responder de manera personalizada. Te vas a mudar y necesitás un arquitecto que te asesore; por ahora, es un arquitecto, pero pronto un superasistente va a incorporar todos tus deseos y datos. Un profesor en casa les ofrece a los niños programas de estudio personalizados; un médico clínico será cada vez menos necesario si se puede tener una entrevista con una IA que analizará mi cara y me dará consejos de salud. En el mundo más de dos tercios de los empleos pertenecen al sector terciario, de servicios. Habíamos hablado del giro intelectual y creativo, que es lo que caracteriza a las profesiones que tienen que ver con los servicios, porque movilizan nuestras facultades intelectuales. Ahora hay sistemas que pueden desempeñar de manera infinitamente más rápida y fiable, y a menor costo, esas tareas. No hay que ser adivino para ver lo que se viene. Diseñadores, periodistas, abogados, profesores, en suma, todas las profesiones que en su mayoría requieren largos y costosos estudios y además son oficios que procuran placer y fenómenos de reconocimiento, dentro de pocos años van a sufrir un huracán, todas esas profesiones van a ser trituradas y destruidas. Por eso los gurúes de Silicon Valley ya hablan de un “salario mínimo universal”. En mayo de 2023, los guionistas de Hollywood reaccionaron, fueron muy valientes y sin esperar a los legisladores o la regulación se movilizaron, hicieron huelga y dijeron “esto no lo queremos”. Eso necesitamos hoy: tiene que haber una movilización al interior de las corporaciones.

 

–Augura un futuro inmediato turbulento.

 

–Nos corresponde a nosotros más que nunca promover una sociedad crítica que nos permita estar más al corriente de la realidad de estas cosas y no a merced de discursos que vienen de supuestos expertos que nos cuentan pavadas. Los guionistas de Hollywood relataron lo que estaba pasando y dieron testimonio de lo que iba a pasar y cómo este huracán se los iba a llevar puestos. Tuvieron la determinación, la valentía, la conciencia, se comprometieron en una acción política, una acción social. Es muy probable que la sociedad entre en ebullición de acá a seis meses o un año. Desde el sector terciario tenemos que movilizarnos por eso.

 

–¿Hay una relación entre el auge de estas tecnologías y el de las nuevas derechas?

 

–Sí. Esas derechas, esos populismos, son indisociables de la acumulación de desilusión, del sentimiento de imposibilidad e inutilidad de cada uno. Muchas promesas fueron defraudadas y, en un momento histórico, se colocó en manos de los individuos herramientas para la expresión. Eso liberó rencores, resentimiento, teorías alocadas, y ahora llegamos a un mundo donde solo se ve lo real a partir de los propios rencores.

 

–¿Qué les diría a los jóvenes que utilizan estas herramientas?

 

–Muchas cosas. Que es envidiable una vida cotidiana con compañías que nos estimulan y buscan estimular nuestros comportamientos, en lugar de actuar en forma pasiva con herramientas que muchas veces nos llevan a compararnos con los demás, a estar en un juego de competición social sumamente triste. No son solo los jóvenes, es todo el mundo. Ahora sabemos que frecuentar de manera compulsiva las pantallas genera conexiones neuronales empobrecidas, sistemas que nos privan de la expresión de la singularidad, la tranquilidad y de impulsos a los que no dejamos de responder. Sabemos hoy, mediante estudios, que la lectura de libros estimula zonas del cerebro, aportando alegría, reflexión, aprendizaje, singularización. Hay que ofrecer medios para hacer valer nuestra libertad y subjetividad, y esto es indisociable de otras temporalidades que no son las de las pantallas, y del aprendizaje de la alteridad. Hay libros que cambian una vida; ver un video en TikTok no cambia la vida.

 

Éric Sadin nació en 1973, en París. Escritor y filósofo, es uno de los pensadores más críticos sobre los efectos de las tecnologías digitales. Brinda conferencias en distintos países y colabora regularmente con diarios como Le Monde, Le Figaro, Libération, El País, Die Zeit y Corriere della Sera.

 

Es autor de varios ensayos, muchos de ellos best sellers en Francia, España y la Argentina, como La humanidad aumentada, La siliconización del mundo y La era del individuo tirano, publicados en el país por Caja Negra. Herder lanzó Hacer disidencia. Una política de nosotros mismos.

 

Si bien no da clases en universidades, es invitado por casas de estudios superiores en todo el mundo. También es autor de libros de poesía.

 

Caja Negra acaba de lanzar en el país su libro más reciente, La vida espectral.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Entrevista con Gianni Vattimo

 

Ha muerto el filósofo italiano, destacado autor que desarrolló “el pensamiento débil” en el marco de las rupturas propias de la “posmodernidad”. Aquí se presenta un reportaje en que se recorren ejes de su pensamiento y se manifiesta la orientación de sus ideas en vinculación con la realidad contemporánea.


Jorge Fontevecchia, Perfil, 01-05-2021

https://www.perfil.com/noticias/periodismopuro/gianni-vattimo-la-razon-esta-vinculada-al-calculo-la-inteligencia-implica-empatia.phtml

 


—En las últimas entrevistas, aun las que concedió en 2019, usted se mostraba pesimista. Dijo ese año: “Espero morir antes de que reviente todo”. ¿Tenía alguna intuición sobre la distopía que se acercaba?

 

Vattimo —Era pesimista antes, en realidad. Pero, con relación a la pregunta, sigo teniendo el sueño de no morirme primero. No deseo morir antes de que acabe el mundo. La situación ya era compleja. No solo en lo vinculado a lo económico. Había muchas otras cosas. La realidad es que no creo que en progreso. Tendemos hacia una sociedad controlada, hiperorganizada en cuanto a las relaciones de poder, y dominada por unos pocos. No me gusta pensar así, me desagrada. Quizá soy pesimista también porque soy viejo. Quizá los jóvenes encuentren la manera de luchar para un mundo mejor para ellos mismos. Pero en esta situación, y aun previamente, sí soy pesimista.

 

—¿Hay un pesimismo vinculado a la vejez? ¿El paso del tiempo, de la propia vida, empuja hacia el pesimismo?

 

Vattimo —No creo que se produzca eso, no es necesariamente así. Para explicarlo, le diría que soy pesimista porque muchos aspectos del mundo contemporáneo me parecen difíciles de aceptar. Pero admito que este pesimismo se acrecienta cuando uno va envejeciendo, cuando el espejo le devuelve esa imagen. Ahí es donde también uno espera que las nuevas generaciones sean diferentes. Pero no necesariamente la vejez implica pesimismo. En esta situación, ser viejo es particularmente difícil.

 

“En los últimos años aprendimos que se van muriendo muchos dogmatismos vinculados a la religión”

 

—El “Nietzsche” de Martin Heidegger, libro que a usted lo marcó, comienza con una cita de “El Anticristo”. Es la siguiente: “¡Casi dos milenios y ni un solo nuevo dios!”. ¿El coronavirus puede abrir una nueva forma de religiosidad? ¿Son nuevos ritos la distancia social y el uso de tapabocas?

 

Vattimo —Aquello que decía Friedrich Nietzsche sobre un nuevo dios, según mi opinión, fue parte del Nietzsche que discutía con la filosofía precedente, del Nietzsche del nihilismo. Es un juicio que tiene que ver con lo que sucedía en su tiempo. En cuanto a la pandemia, es cierto que puede representar en algún sentido una oportunidad. La generación de una necesidad de renovación. Efectivamente, sabemos que nos estamos enfrentando a un límite. Hay turbulencia social, porque hay gente que no soporta el aislamiento ni la disciplina. Si se piensa en esto en comparación con otras regiones del mundo, como por ejemplo África, donde faltan vacunas, entre otras cosas, hay una situación con mucho de apocalíptico. Y eso es también de alguna manera verdadero. El tema de cómo plantear alternativas resulta de alguna manera un nuevo desafío de los tiempos actuales. Desgraciadamente, sentimos que aún queda mucho por hacer.

 

—Usted dijo que “con el aumento del control colectivo se pone de manifiesto la necesidad de otro tipo de organización social diferente en términos de ayuda recíproca y amor fraterno”. ¿La idea de “control colectivo” puede vincularse a lo expresado por Giorgio Agamben y Slavoj Žižek?

 

Vattimo —Comprendo que estamos frente a un problema que es particularmente grave. Pero hay cierta forma colectiva de control que es benigna en este momento. Creo que hay que volver a una expresión social utilizada por el papa Francisco, que es “hagan lío”, la búsqueda de un cierto desorden que sea estimulante. En esta situación uno no tiene un proyecto estable de activismo político. Casi no existen maneras de oponerse a ese control. Quizá la manera más concreta es a través de ese hacer lío, allí estaríamos poniéndole algún límite al control colectivo, aunque sea difuso.

 

—¿Qué reflexión le merece el aumento de la desigualdad que se produjo en 2020 y que los megamillonarios del mundo hayan aumentado su fortuna más que ningún otro año el año pasado?

 

Vattimo —Es una demostración del capitalismo extremo. Un sistema que se desarrolló en un orden económico mundial que aumenta la riqueza de unos pocos y aumenta la pobreza de muchas personas. Karl Marx pensó que estas condiciones son las que podrían generar un movimiento revolucionario, una situación previa a la transformación. Pero la experiencia histórica demuestra que eso no fue lo que pasó. Aquí hay un punto para reflexionar sobre las subjetividades colectivas. Pensar por qué el elástico de la desigualdad puede estirarse sin romperse. Y esto es algo para pensar, en lo que hay poco para decir, aunque es difícil de comprender. Se puede remediar con una sociedad con una nueva mirada sobre lo religioso, sobre las religiones. No solo se trata de mirar lo que propone el cristianismo, sino muchas religiones del mundo. Es un punto en el que marcó su posición el Papa, que ha llamado a darle un nuevo lugar desde el cristianismo a lo religioso. No se trata únicamente de la muerte de cierta forma de religiosidad. Es algo muy distinto a abrazar la religión en un sentido clásico. Como dije en alguna otra entrevista: solo Dios nos puede salvar, llegado este punto.

 

“Karl Marx pensó que condiciones como la actual son las que podrían generar un movimiento revolucionario, una situación previa a la transformación. Pero la experiencia histórica demuestra que eso no fue lo que pasó. En este punto, solo Dios puede salvarnos, cierta religiosidad”

 

—Usted dijo el año pasado que “lo único que me interesaría ahora sería escribir un libro sobre el cristianismo posmetafísico, pero es más complicado de lo que pensaba”. ¿Cómo sería ese cristianismo posmetafísico?

 

Vattimo —Por ejemplo, lo posmetafísico alude a que no sea un cristianismo basado sobre estructuras necesarias. Por ejemplo, cuando se habla de moral, normalmente el cristianismo alude a una moral natural. De esta manera, el ser humano no podría elegir ser homosexual. Porque efectivamente existen muchos mandatos y todo un discurso alrededor. Pero existe la posibilidad de enfrentarse a la propia muerte porque se sufre demasiado. Y esto va más allá de cualquier ley natural. Hay una mirada sobre la vida a la que puede arribarse en un cierto punto, sin pensar, por decirlo de alguna manera, en lo que sucederá en un futuro próximo. El cristianismo posmetafísico se puede definir como una religión, un cristianismo que se funda sobre la palabra, que es respetuoso de lo dicho en el Nuevo Testamento y no impone un límite vinculado a estructuras metafísicas. Y aquí cae un obstáculo del cristianismo. Romper con cuestiones como que, por ejemplo, los homosexuales no puedan comulgar. ¿Por qué no pueden hacerlo? Por una suerte de mandato natural. Porque hay una prescripción sobre diversas cuestiones. El discurso del cristianismo posmetafísico rompe el aspecto dogmático y se establece sobre el principio de la caridad con relación a la verdad. No se trata de estructuras fijas. Se trata de pensar que existe la caridad, que es lo que cuenta como la base de una moral. La caridad es lo que cuenta en el vínculo con los otros. Más que una moral absoluta, es del amor por el prójimo, el respeto por el que está próximo. Estos son momentos en los que se produce un incidente particular. Y aquí crece la figura de Francisco. Porque en mi opinión, el Papa fundamentalmente piensa así. Creo que hay alguna semejanza con su pensamiento.

 

“Ante el control colectivo actual, hay que volver al ‘hagan lío’ que pidió el papa Francisco”

 

—Usted dijo: “Morir me sabe mal por el gato (que vemos que lo acompaña aun en el momento de hacer este reportaje), y por algún amigo. Pero no tengo una gran imagen de la muerte”. ¿Sigue vigente aquella idea de que filosofar es “prepararse para la muerte”?

 

Vattimo —Es una idea que abreva en la antigüedad más antigua de la filosofía. Creo que prepararse para la muerte, por ejemplo en el caso de Martín Heidegger, pensar en la muerte, significa asumir la propia historicidad tal como es. Pensar anticipadamente la propia muerte no significa una invitación a suicidarse, para nada. De lo que se trata es de observar la propia vida en relación con la historicidad. La apertura para comprender el hoy, de acuerdo con la idea de que hay que vivirlo pensando en la finitud. Vivir cada día en función de esta comprensión y comprender cada momento en el sentido de una continuidad. Establecer una comprensión de aquello para, a su vez, relacionarlo con el resto de las ideas.

 

— Martín Heidegger también habló mucho sobre la muerte. Usted dijo que “hablaba de ello pensando en no morir… Todo su discurso se resume en la idea de que debemos asumir responsablemente nuestro lugar en la historia”. ¿Cuál sería la principal responsabilidad de un pensador en el siglo XXI?

 

Vattimo —La gran responsabilidad del siglo XXI es comprender precisamente qué significa pensar en este momento, en este siglo. Nos impone una defensa de la idea de un humanismo, defender la relación humana directa, percibir la emoción con relación al prójimo. No se trata de participar de una escuela, sino de una defensa del humanismo, de una cultura. En mi opinión, esta es una de las responsabilidades que tenemos. No perder de vista. Tener una mirada no solo en torno a la muerte. Comprender la vida como valor, como proximidad. La responsabilidad es con lo humano.

 

—Heidegger se pregunta en la introducción del mencionado libro sobre Nietzsche lo siguiente: “¿Pero entonces Nietzsche no es tan moderno como parece por el ruido que lo rodea? ¿Entonces Nietzsche no es tan revolucionario como él mismo hace ademán de serlo?”. ¿Cómo contesta a esa pregunta?

 

Vattimo —El mismo Friedrich Nietzsche hablaba de la destrucción de todos los valores. Seguramente no pensaba en algunas de todas estas cuestiones. De todos modos, había una reflexión sobre aquello que se había heredado, sobre el pensamiento anterior. Desde ese punto de vista, seguramente tenía una relación con el pasado. Y desde esa relación, el pasado podía repensarse desde esa mirada. Quizá no fuera tan revolucionario, sí. Pero planteó una manera de comprender novedosa.

 

— En una entrevista para “La Vanguardia”, usted dijo que ponderaba un comunismo débil, no dogmático. “Sin esencias ni absolutos que realizar a toda costa. Se trata solo de un ideal de sociedad equitativa, una sociedad que debilite progresivamente la violencia como dialéctica”. Y mencionó como ejemplos “el Brasil de Lula, la Bolivia de Morales o la Argentina de Kirchner”. ¿Qué le enseñó el populismo latinoamericano a la izquierda del resto del mundo, y en especial a la europea?

 

Vattimo —Para mí, la salvación de la izquierda viene del sur. Se trata de un modelo de conquistas sociales que pueden ser imitadas. Incluso, es algo que puede suceder también en la posmodernidad aquello que enseñan los pueblos latinos. Se dice que el socialismo latinoamericano no funcionó, ¿pero funcionan los Estados Unidos? ¿Cuánta responsabilidad tiene lo externo en lo fallido de los socialismos latinoamericanos? De alguna manera, me considero menos comunista en el sentido soviético. Pero sí hablo de un progreso económico y científico en un contexto controlado y dentro de la democracia. El comunismo soviético fue muy dogmático. Fue creado por Vladimir Lenin, pero sobre todo por Josif Stalin, pensado en un contexto bélico. Fue un comunismo de guerra, era un comunismo de violencia. El comunismo hermenéutico es un comunismo que abandona el dogma hegeliano sobre la necesidad. Lo que busca es una sociedad que podría encuadrarse dentro de lo que llamaríamos un comunismo cristiano, más allá de mi origen. El comunismo latinoamericano estuvo condicionado por muchísimos factores. Hugo Chávez contó con el petróleo, mientras que otros países no lo tuvieron. Hubo condiciones internacionales que llevaron a esta situación económica difícil y complicada, especialmente en Venezuela y quizá también en Argentina. Una situación diferente era la de Argentina en el momento en que era un poderoso exportador de carne, especialmente en los momentos posteriores a la guerra. Pero tanto uno como otros sufrieron condicionamientos internacionales que presionaron sobre el socialismo latinoamericano como para pensar que falló en su desarrollo histórico.

 

—Se habla mucho del fracaso del socialismo real, de la ex Unión Soviética y la China de Mao Zedong. Usted dijo acerca del comunismo hermenéutico: “Creo que a futuro es el único programa político posible, porque el desarrollo tecnológico y científico no está dirigido por la voluntad popular y democrática”. ¿La irrupción del significante “comunismo” en el pensamiento de los últimos años puede ser una manera de buscar nuevas respuestas?

 

Vattimo —Es lo que espero. Pero si observa el mundo actual, durante la pandemia, la globalización, la interdependencia. Todo esto puede sobrevivir. Pero a través de una manera de comprensión comunista, de una existencia vital comunista. Si no es el modelo de libre mercado o el modelo de crecimiento indefinido el que nos va a salvar, es un modelo de tipo socialista en el que se limitan las pretensiones de algunos en favor del conjunto, de todos. Cómo sucederá, no puedo afirmarlo. Pero tengo esperanzas de que realmente suceda.

 

“La gran responsabilidad de los pensadores del siglo XXI es repensar qué significa lo humano”

 

—En el libro “De Heidegger a Marx” escribió que “Carl Schmitt entendió ‘el liberalismo como un sistema metafísico consistente y omnicomprensivo’, y Heidegger lo vio como otro producto, junto con el fascismo, el capitalismo y el comunismo, de la metafísica subjetivista”. ¿Hay una ontología liberal y otra comunista?

 

Vattimo —La ontología liberal es aquella que se funda a partir de Adam Smith. Se funda en una búsqueda de un equilibrio. Esto funcionó históricamente, sobre la base de que algunos descendían. La ontología liberal es la del libre mercado y la competencia. Yo no creo en eso. Mi idea es que una cierta forma de comunismo es una opción.

 

—¿Hay un corrimiento mundial hacia el centro? La socialdemocracia se transforma en tercera vía, el liberalismo en neoliberalismo y el comunismo, en comunismo hermenéutico. ¿La idea de revolución se hace más débil y austera?

 

Vattimo —Habría que pensar si esto ocurre automáticamente o deviene de una decisión. El comunismo hermenéutico no es el fruto de una secularización de un sistema político. Lo mismo se puede pensar con relación a cómo el liberalismo deviene más liberal. Hay cuestiones que ya no explican cómo se maneja la historia, como la lucha de clases, por ejemplo. La situación actual del mundo puede caracterizarse como un aumento del dominio del hombre sobre el hombre, que puede ser contrarrestado por una cierta forma de comunismo, como forma de resistencia popular a ese tipo de dominio. Tengo una cierta esperanza en que existe una cierta forma de resistencia de las clases trabajadoras.

 

“No parece posible una revolución a nivel mundial. Nos dirigimos cada vez hacia una sociedad hiperorganizada”

 

—Usted escribió que “La promesa comunista de una sociedad ‘sin clases’ ha de interpretarse como ‘sin dominio’, es decir, una vez más, sin la imposición de una verdad única y una ortodoxia obligatoria”. ¿Ese comunismo hermenéutico deseable en la realidad no tiene un cierto parecido con la política de los países nórdicos?

 

Vattimo —No conozco demasiado sobre lo que sucede en los países nórdicos. Tanto en España como en Italia, en los países del sur, existe una cierta mitología acerca de cómo se vive en los países nórdicos, como si fueran un ejemplo. No estoy seguro de que sea del todo así. Me parece mucho, en algún sentido. Cada país tiene su particularidad. Por ejemplo, en la cuestión de las vacunas. Aún no me vacuné; estoy esperando mi turno. Y es un tema en el que, al analizarlo, aparecen los niveles de igualdad y desigualdad que pueden encontrarse en el mundo.

 

—¿Qué reflexión le merece que países como Canadá compraron vacunas en una cantidad que es cinco veces su población y muchos países africanos tienen muy pocas dosis? Lo mismo sucede con usted, que aún no fue vacunado porque no alcanzan las dosis para todos en Europa.

 

Vattimo —Es el mercado. Por ejemplo, ¿por qué las licencias de las vacunas no fueron liberadas? Siguen en manos de las empresas farmacéuticas. Se podrían haber liberado, pero las farmacéuticas hicieron lo posible para que no fuera así. Procedieron igual en todos los países: en India, en África. En muchas naciones.

 

“Sabemos que nos estamos enfrentando a un límite. Hay turbulencia social, porque hay gente que no soporta el aislamiento ni la disciplina”

 

—Usted escribió que “Paul Krugman criticó la creencia de los economistas en una verdad absoluta, es responsable de la crisis actual del capitalismo, es decir, la creencia de los economistas en un ámbito en el que ‘todo el mundo es racional y los mercados trabajan perfectamente’”. ¿Es una ingenuidad del capitalismo creer que la economía es una ciencia exacta?

 

Vattimo —No es una ciencia exacta. Busca establecer un orden de argumentación para explicar el mundo. Por supuesto que los economistas pueden hacer mucho. Sobre todo para comprender las contradicciones que produce el capitalismo, como para racionalizar la explicación del sistema. Pero no creo de ninguna manera que la economía sea una ciencia exacta. Se necesita una fundamentación histórica, aun cuando se esté de un lado o de otro.

 

“Se dice que el socialismo latinoamericano no funcionó, pero hubo mucha presión externa”

 

—En “Alrededores del ser”, escribió: “Debemos recordar aquí un verso de Hölderlin que Heidegger a menudo cita: ‘Donde crece el peligro, crece también la salvación’. ¿La posición de Heidegger ante la cuestión de la ética y el nihilismo explica sus posturas políticas e ideológicas? ¿Es posible pensar en la salvación en tiempos de coronavirus?

 

Vattimo —El verso de Friedrich Hölderlin citado por Heidegger expresa que hay una esperanza cuando irrumpe una nueva dialéctica. Quizás allí esté la clave de nuestra esperanza.

 

—En el texto del mismo libro que se refiere a la hermenéutica de la indignación, usted escribe: “La idea misma de la revolución en un país ‘occidental’, es decir, en uno de nuestros países industrializados –precisamente aquellos que conocen la actual crisis económica– se ha vuelto impensable: imagínense a los franceses del siglo XVIII que ¡mataron a su rey! si lo hicieran hoy: la OTAN, la Unión Europea, la ONU, el Fondo Monetario Internacional se precipitarían a restaurar el orden (o, como en Libia, a proteger con las bombas a los ciudadanos contra la violencia)”. ¿Qué diferencia al capitalismo del siglo XXI del París del “18 Brumario de Luis Bonaparte”, el célebre texto de Karl Marx?

 

Vattimo —Efectivamente, hoy una revolución a nivel mundial no parece posible. Puede haber revoluciones parciales en algunos lugares, como los procesos que describíamos en ciertas regiones de Latinoamérica. Pero en cuanto aumenta más la integración internacional y se consolida cierta forma del poder, es menos imaginable una revolución internacional. Por eso, encuentro que existe una esperanza en aquel “hacer lío”. No es crear un desorden absoluto de manera tal que sea imposible vivir, pero sí mantener una situación efervescente, una situación de manifestar el descontento general, de continua expresión de los sectores populares. Me parece que no es imposible. Hay un elemento interesante en la diversidad de las organizaciones de base. Hoy, en plena situación de la pandemia, son las pequeñas revueltas las que pueden funcionar como una forma de protesta válida. Tengo una esperanza en este sentido.

 

“Hay que volver a una religión basada en la caridad y el amor al prójimo y no en mandatos morales preestablecidos”

 

—En “Alrededores del ser”, uno de los artículos recoge la idea de Martha Nussbaum sobre el vínculo entre amor y justicia. Nussbaum es deudora de las ideas liberales de John Rawls sobre el tema. ¿El liberalismo de Rawls pierde de vista los aspectos “demasiado humanos” en su racionalismo extremo?

 

Vattimo —Me parece que Nussbaum tiene razón en aquello de que una sociedad justa no puede sostenerse en el sentimiento. Si no, nadie tendrá la sensación de vivir en una sociedad justa. El amor no puede ser objeto de las leyes. Se necesita de una serie de estructuras acompañantes, que harán posibles las relaciones humanas directas, personales.

 

—A la luz de las enseñanzas de Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, ¿qué diferencia hay entre racionalidad e inteligencia?

 

Vattimo —Como dice la misma palabra, la racionalidad está vinculada a la ratio, la medida, la proporción. La inteligencia, en cambio, es una forma de empatía. Luego, cabe decir que es posible razonar con inteligencia. Un hombre inteligente actúa con racionalidad.

 

—Uno de los textos de su libro se llama “¿Qué (diablos) es la Ilustración?” ¿Hay algo diabólico en las políticas liberales? ¿Es diabólica la razón? ¿Se puede creer más en la existencia del diablo que en la de Dios?

 

Vattimo —Alguien dijo que el mundo lo creó el diablo; que la tarea de Dios es la de limitar el daño. Sumado todo eso, en este mundo, el mundo del capitalismo, el mundo de la racionalidad, en su propia mecánica, tiene un poco de diabólico. La inteligencia es en algún sentido la participación de Dios en todo el proceso. Porque, finalmente, es mejor amar que hacer el mal. En definitiva, siempre es mejor ser amado que odiado. Tampoco podría funcionar la sociedad si solo se valiese de la racionalidad pura o del mero cálculo. Se recurre a la justicia como algo excepcional. Pero en realidad no sea ama por justicia, sino por amor. La justicia es lo que en algún sentido engloba, aprieta. Creo que aquí también aquella distinción entre inteligencia y racionalidad aparece en un sentido que es profundo.

 

“El comunismo hermenéutico no es dogmático ni se parece en nada al estalinismo de la Unión Soviética”

 

—Otra expresión suya fue: “Yo digo siempre que, si no fuera cristiano, no sería comunista. Si no fuera homosexual, no sería cristiano”. ¿Cómo vivió las últimas declaraciones de Francisco en relación con la unión civil de las personas homosexuales?

 

Vattimo —Creo que no se le puede pedir demasiado al Papa. Francisco se refirió a la homosexualidad cuando en un viaje se le preguntó si dos personas, uno hombre y otro hombre, una mujer y otra mujer, son amantes, cuál sería su opinión. Y la respuesta fue que Dios era quien podría juzgarlos. No él. No Francisco. No era él. No creo que el Papa esté en condiciones de producir un escándalo en la Iglesia. Se puede ser homosexual, pero lo realmente importante es que dos personas se amen. Cuando el Papa escribió la declaración de Abu Dhabi, dijo que no se necesita que la gente se convierta. No hay que convertirla, sino llevarla al espíritu de la religión. Lo que dijo el Papa hay que comprenderlo dentro de la historia de la Iglesia. Y desde allí, su perspectiva, abrió nuevas alternativas. Propone miradas nuevas, que tienen que ver con los que estuvieron precedentemente y, a partir de allí, entender lo que él propone.

 

—También afirmó que es “determinante para liberar a la Iglesia de dogmatismos, una moral obsoleta y preceptos rígidos sobre la mujer, la familia y el sexo”. Y agregó que “la Iglesia siempre ha sido amiga de los gobiernos”, es reaccionaria por naturaleza y responde a los poderes fácticos, “a pesar de que Francisco parece determinado a no respetarlos”. Se dice que el Papa es progresista en lo social y conservador en lo moral, ¿se pueden conciliar ambos niveles?

 

Vattimo —No sé si realmente es tan conservador en lo social. No estoy seguro. Es cierto que hay un mensaje sobre no destruir la familia. En cuanto a las personas homosexuales, el mensaje tiene de buscar vínculos más responsables. Luego, creo que muchos dogmatismos se van muriendo. El cristianismo tiene una historia detrás. Y lo que estamos percibiendo es una secularización de la fe. Y por ejemplo, que la idea de la caridad, del amor al prójimo, es un concepto que va creciendo. El Papa ya no habla tanto del infierno. Y hay cuestiones que tienen que ver con los cambios, especialmente con la idea de sexualidad y de familia. La familia es una idea importante. También las personas homosexuales la desean. También es esencial que comprendamos que es un proceso que aún se está dando, que está sucediendo.

 

“No fui vacunado aún; estoy esperando que llegue mi turno”

 

—Usted escribió: “El reproche más frecuente que se le dirige al papa Francisco desde la derecha y los conservadores, incluso dentro de la Iglesia, es que es comunista. Hay que tomárselo en serio, los conservadores son, por lo general, muy realistas, perciben con exactitud todo aquello que pone en peligro su poder”. Y agregó: “Si hoy pensamos en la posibilidad de una Internacional Comunista, la única dirección en la que podemos mirar es hacia la Iglesia Católica del papa Francisco”. ¿Quiénes serían los afiliados y adherentes de esa Internacional Comunista? ¿Quiénes serían los cuadros y sus adherentes?

 

Vattimo —No lo sé. La prédica de Francisco claramente es de este género. El Papa seguramente es un comunista de otra manera, de ninguna manera es un estalinista. Pero sin dudas la ética cristiana tiene mucho de esto. La idea de comunidad nos hace pensar en un carácter comunista. También su idea sobre el rol del trabajo en lo humano plantea una perspectiva sobre lo que es el capitalismo.

 

—¿Cuál es su mirada sobre la evolución del Partido Comunista Chino? ¿Hay algún punto en común entre la política de Xi Jinping y sus ideas? ¿Y entre Xi Jinping y Karl Marx? ¿El capitalismo chino está en las antípodas del comunismo hermenéutico?

 

Vattimo —Hay elementos regionales en el comunismo chino que están directamente entroncados con las tradiciones locales. Es real que el comunismo chino no me gusta, porque es realmente autoritario. Así como el socialismo latinoamericano tiene una inserción en una historia, unas tradiciones, el comunismo chino se explica por su pasado. De todos modos, hay algunos aspectos que no conozco en profundidad sobre el comunismo de aquel país. Y además, hay cosas que no sabemos sobre algunos elementos de su funcionamiento interior. Está claro que también hay una posición de confrontar contra el autoritarismo que acompaño.

 

—¿Qué pensó ante las recientes declaraciones del economista francés Guy Sorman sobre los sucesos que involucran a Michel Foucault en Túnez en la Pascua de 1969? Sorman comparó el comportamiento del filósofo con las acciones de artistas como el pintor Paul Gauguin en la Polinesia. Foucault, como otros intelectuales franceses, apoyó plenamente el sexo libre entre niños y adultos en una declaración pública en los años 70.

 

Vattimo —No tengo opinión formada. Lo ignoro completamente. Usted es la primera persona que me habla sobre aquello, sobre lo que hizo Michel Foucault en Túnez. Es un tema sobre el que realmente no sé nada.