Aníbal Quijano fue un reconocido sociólogo y pensador peruano (1918-2018). A fin de acercarlo a nuestros lectores, ofrecemos un fragmento muy representativo de sus aportes teóricos en el marco del pensamiento decolonial de gran relevancia en América Latina.
El presente
artículo fue publicado originalmente en: Quijano, Aníbal (2000), “Colonialidad del
poder, eurocentrismo y América Latina”, en Lander, Edgardo (comp.), La
colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas
latinoamericanas (Buenos Aires: CLACSO) p. 246.
Aquí se reproduce solamente la primera sección, por razones de extensión. El texto completo del artículo puede consultarse en:
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La globalización en curso es, en primer término, la culminación de un
proceso que comenzó con la constitución de América y la del capitalismo
colonial/moderno y eurocentrado como un nuevo patrón de poder mundial. Uno de
los ejes fundamentales de ese patrón de poder es la clasificación social de la
población mundial sobre la idea de raza, una construcción mental que expresa la
experiencia básica de la dominación colonial y que desde entonces permea las
dimensiones más importantes del poder mundial, incluyendo su racionalidad
específica, el eurocentrismo. Dicho eje tiene, pues, origen y carácter
colonial, pero ha probado ser más duradero y estable que el colonialismo en
cuya matriz fue establecido. Implica, en consecuencia, un elemento de
colonialidad en el patrón de poder hoy mundialmente hegemónico. En lo que
sigue, el propósito principal es abrir algunas de las cuestiones teóricamente
necesarias acerca de las implicancias de esa colonialidad del poder respecto de
la historia de América Latina3.
I. América y el nuevo patrón de poder mundial
América se constituyó como el primer espacio/tiempo de un nuevo patrón de poder
de vocación mundial y, de ese modo y por eso, como la primera id-entidad de la
modernidad. Dos procesos históricos convergieron y se asociaron en la
producción de dicho espacio/tiempo y se establecieron como los dos ejes
fundamentales del nuevo patrón de poder. De una parte, la codificación de las
diferencias entre conquistadores y conquistados en la idea de raza, es decir,
una supuesta diferente estructura biológica que ubicaba a los unos en situación
natural de inferioridad respecto de los otros. Esa idea fue asumida por los
conquistadores como el principal elemento constitutivo, fundante, de las
relaciones de dominación que la conquista imponía. Sobre esa base, en
consecuencia, fue clasificada la población de América, y del mundo después, en
dicho nuevo patrón de poder". De otra parte, la articulación de todas las
formas históricas de control del trabajo, de sus recursos y de sus productos,
en torno del capital y del mercado mundial4.
Raza, una categoría mental de la modernidad
La idea de raza, en su sentido moderno, no tiene historia conocida antes de
América5. Quizás se originó como referencia a las diferencias fenotípicas entre
conquistadores y conquistados, pero lo que importa es que muy pronto fue
construida como referencia a supuestas estructuras biológicas diferenciales
entre esos grupos.
La formación de relaciones sociales fundadas en dicha idea, produjo en América
identidades sociales históricamente nuevas: indios, negros y mestizos y
redefinió otras. Así términos como español y portugués, más tarde europeo, que
hasta entonces indicaban solamente procedencia geográfica o país de origen,
desde entonces cobraron también, en referencia a las nuevas identidades, una
connotación racial. Y en la medida en que las relaciones sociales que estaban
configurándose eran relaciones de dominación, tales identidades fueron
asociadas a las jerarquías, lugares y roles sociales correspondientes, como
constitutivas de ellas y, en consecuencia, al patrón de dominación colonial que
se imponía. En otros términos, raza e identidad racial fueron establecidas como
instrumentos de clasificación social básica de la población.
Con el tiempo, los colonizadores codificaron como color los rasgos fenotípicos
de los colonizados y lo asumieron como la característica emblemática de la
categoría racial. Esa codificación fue inicialmente establecida, probablemente,
en el área britano-americana. Los negros eran allí no solamente los explotados
más importantes, pues la parte principal de la economía reposaba en su trabajo.
Eran, sobre todo, la raza colonizada más importante, ya que los indios no
formaban parte de esa sociedad colonial. En consecuencia, los dominantes se
llamaron a sí mismos blancos6.
En América, la idea de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones
de dominación impuestas por la conquista. La posterior constitución de Europa
como nueva id-entidad después de América y la expansión del colonialismo
europeo sobre el resto del mundo, llevaron a la elaboración de la perspectiva
eurocéntrica de conocimiento y con ella a la elaboración teórica de la idea de
raza como naturalización de esas relaciones coloniales de dominación entre
europeos y no-europeos. Históricamente, eso significó una nueva manera de
legitimar las ya antiguas ideas y prácticas de relaciones de superioridad/inferioridad
entre dominados y dominantes. Desde entonces ha demostrado ser el más eficaz y
perdurable instrumento de dominación social universal, pues de él pasó a
depender inclusive otro igualmente universal, pero más antiguo, el inter-sexual
o de género: los pueblos conquistados y dominados fueron situados en una
posición natural de inferioridad y, en consecuencia, también sus rasgos
fenotípicos, así como sus descubrimientos mentales y culturales7. De ese modo,
raza se convirtió en el primer criterio fundamental para la distribución de la
población mundial en los rangos, lugares y roles en la estructura de poder de
la nueva sociedad. En otros términos, en el modo básico de clasificación social
universal de la población mundial.
El Capitalismo: la nueva estructura de control del trabajo
De otro lado, en el proceso de constitución histórica de América, todas las
formas de control y de explotación del trabajo y de control de la
producción-apropiación-distribución de productos, fueron articuladas alrededor
de la relación capital-salario (en adelante capital) y del mercado mundial.
Quedaron incluidas la esclavitud, la servidumbre, la pequeña producción
mercantil, la reciprocidad y el salario. En tal ensamblaje, cada una de dichas
formas de control del trabajo no era una mera extensión de sus antecedentes
históricos. Todas eran histórica y sociológicamente nuevas. En primer lugar,
porque fueron deliberadamente establecidas y organizadas para producir
mercaderías para el mercado mundial. En segundo lugar, porque no existían sólo
de manera simultánea en el mismo espacio/tiempo, sino todas y cada una
articuladas al capital y a su mercado, y por ese medio entre sí. Configuraron
así un nuevo patrón global de control del trabajo, a su vez un elemento fundamental
de un nuevo patrón de poder, del cual eran conjunta e individualmente
dependientes histórico-estructuralmente. Esto es, no sólo por su lugar y
función como partes subordinadas de una totalidad, sino porque sin perder sus
respectivas características específicas y sin perjuicio de las discontinuidades
de sus relaciones con el orden conjunto y entre ellas mismas, su movimiento
histórico dependía en adelante de su pertenencia al patrón global de poder. En
tercer lugar, y como consecuencia, para colmar las nuevas funciones cada una de
ellas desarrolló nuevos rasgos y nuevas configuraciones
histórico-estructurales.
En la medida en que aquella estructura de control del trabajo, de recursos y de
productos, consistía en la articulación conjunta de todas las respectivas
formas históricamente conocidas, se establecía, por primera vez en la historia
conocida, un patrón global de control del trabajo, de sus recursos y de sus
productos. Y en tanto que se constituía en torno a y en función del capital, su
carácter de conjunto se establecía también con carácter capitalista. De ese
modo se establecía una nueva, original y singular estructura de relaciones de
producción en la experiencia histórica del mundo: el capitalismo mundial.
Colonialidad del poder y capitalismo mundial
Las nuevas identidades históricas producidas sobre la base de la idea de raza,
fueron asociadas a la naturaleza de los roles y lugares en la nueva estructura
global de control del trabajo. Así, ambos elementos, raza y división del
trabajo, quedaron estructuralmente asociados y reforzándose mutuamente, a pesar
de que ninguno de los dos era necesariamente dependiente el uno del otro para
existir o para cambiar.
De ese modo se impuso una sistemática división racial del trabajo. En el área
hispana, la Corona de Castilla decidió temprano el cese de la esclavitud de los
indios, para prevenir su total exterminio. Entonces fueron confinados a la
servidumbre. A los que vivían en sus comunidades, les fue permitida la práctica
de su antigua reciprocidad -i.e. el intercambio de fuerza de trabajo y de
trabajo sin mercado- como una manera de reproducir su fuerza de trabajo en
tanto siervos. En algunos casos, la nobleza india, una reducida minoría, fue
eximida de la servidumbre y recibió un trato especial, debido a sus roles como
intermediaria con la raza dominante y le fue también permitido participar en
algunos de los oficios en los cuales eran empleados los españoles que no
pertenecían a la nobleza. En cambio, los negros fueron reducidos a la
esclavitud. Los españoles y los portugueses, como raza dominante, podían
recibir salario, ser comerciantes independientes, artesanos independientes o
agricultores independientes, en suma, productores independientes de mercancías.
No obstante, sólo los nobles podían participar en los puestos altos y medios de
la administración colonial, civil y militar.
Desde el siglo XVIII, en la América hispánica muchos de los mestizos de
españoles y mujeres indias, ya un estrato social extendido e importante en la
sociedad colonial, comenzaron a participar en los mismos oficios y actividades
que ejercían los ibéricos que no eran nobles. En menor medida y sobre todo en
actividades de servicio o que requerían de talentos o habilidades especiales
(música, por ejemplo), también los más "ablancados" entre los
mestizos de mujeres negras e ibéricos (españoles o portugueses), pero tardaron
en legitimar sus nuevos roles ya que sus madres eran esclavas. La distribución
racista del trabajo al interior del capitalismo colonial/moderno se mantuvo a lo
largo de todo el período colonial.
En el curso de la expansión mundial de la dominación colonial por parte de la
misma raza dominante -los blancos (o a partir del siglo XVIII en adelante, los
europeos)- fue impuesto el mismo criterio de clasificación social a toda la
población mundial a escala global. En consecuencia, nuevas identidades
históricas y sociales fueron producidas: amarillos y aceitunados (u oliváceos)
fueron sumados a blancos, indios, negros y mestizos. Dicha distribución racista
de nuevas identidades sociales fue combinada, tal como había sido tan
exitosamente lograda en América, con una distribución racista del trabajo y de
las formas de explotación del capitalismo colonial. Esto se expresó, sobre
todo, en una cuasi exclusiva asociación de la blanquitud social con el salario
y por supuesto con los puestos de mando de la administración colonial.
Así, cada forma de control del trabajo estuvo articulada con una raza
particular. Consecuentemente, el control de una forma específica de trabajo
podía ser al mismo tiempo el control de un grupo específico de gente dominada.
Una nueva tecnología de dominación/explotación, en este caso raza/trabajo, se
articuló de manera que apareciera como naturalmente asociada. Lo cual, hasta
ahora, ha sido excepcionalmente exitoso.
Colonialidad y eurocentramiento del capitalismo mundial
La privilegiada posición ganada con América para el control del oro, la plata y
otras mercancías producidas por medio del trabajo gratuito de indios, negros y
mestizos, y su ventajosa ubicación en la vertiente del Atlántico por donde,
necesariamente, tenía que hacerse el tráfico de esas mercancías para el mercado
mundial, otorgó a dichos blancos una ventaja decisiva para disputar el control
del tráfico comercial mundial. La progresiva monetización del mercado mundial
que los metales preciosos de América estimulaban y permitían, así como el
control de tan ingentes recursos, hizo que a tales blancos les fuera posible el
control de la vasta red preexistente de intercambio comercial que incluía,
sobre todo, China, India, Ceylán, Egipto, Siria, los futuros Lejano y Medio
Oriente. Eso también les hizo posible concentrar el control del capital
comercial, del trabajo y de los recursos de producción en el conjunto del
mercado mundial. Y todo ello fue, posteriormente, reforzado y consolidado a
través de la expansión de la dominación colonial blanca sobre la diversa
población mundial.
Como es sabido, el control del tráfico comercial mundial por los grupos
dominantes, nuevos o no, en las zonas del Atlántico donde tenían sus sedes,
impulsó un nuevo proceso de urbanización en esos lugares, la expansión del
tráfico comercial entre ellos, y de ese modo la formación de un mercado
regional crecientemente integrado y monetizado gracias al flujo de metales
preciosos procedentes de América. Una región históricamente nueva se constituía
como una nueva id-entidad geocultural: Europa y más específicamente Europa
Occidental8. Esa nueva id-entidad geocultural, emergía como la sede central del
control del mercado mundial. En el mismo movimiento histórico se producía
también el desplazamiento de hegemonía desde las costas del Mediterráneo y
desde las costas ibéricas, hacia las del Atlántico Noroccidental.
Esa condición de sede central del nuevo mercado mundial, no permite explicar
por sí misma, o por sí sola, por qué Europa se convirtió también, hasta el
siglo XIX y virtualmente hasta la crisis mundial alrededor de 1870, en la sede
central del proceso de mercantilización de la fuerza de trabajo, es decir del
desarrollo de la relación capital-salario como forma específica de control del
trabajo, de sus recursos y de sus productos. Mientras, en cambio, todo el resto
de las regiones y poblaciones incorporadas al nuevo mercado mundial y
colonizadas o en curso de colonización bajo dominio europeo, permanecían
básicamente bajo relaciones no-salariales de trabajo, aunque, desde luego ese
trabajo, sus recursos y sus productos, se articulaban en una cadena de
transferencia de valor y de beneficios cuyo control correspondía a Europa
Occidental. En las regiones no-europeas, el trabajo asalariado se concentraba
cuasi exclusivamente entre los blancos.
No hay nada en la relación social misma del capital, o en los mecanismos del
mercado mundial, en general en el capitalismo, que implique la necesariedad
histórica de la concentración, no sólo, pero sobre todo en Europa, del trabajo
asalariado y después, precisamente sobre esa base, de la concentración de la
producción industrial capitalista durante más de dos siglos. Habría sido
perfectamente factible, como lo demuestra el hecho de que así ocurriera en
verdad después de 1870, el control europeo-occidental del trabajo asalariado de
cualquier sector de la población mundial. Y probablemente más beneficioso para
los europeo-occidentales. La explicación debe ser, pues, buscada en otra parte
de la historia. El hecho es que ya desde el comienzo mismo de América, los
futuros europeos asociaron el trabajo no pagado o no-asalariado con las razas
dominadas, porque eran razas inferiores. El vasto genocidio de los indios en
las primeras décadas de la colonización no fue causado principalmente por la
violencia de la conquista, ni por las enfermedades que los conquistadores
portaban, sino porque tales indios fueron usados como mano de obra desechable,
forzados a trabajar hasta morir. La eliminación de esa práctica colonial no
culmina, de hecho, sino con la derrota de los encomenderos, a mediados del
siglo XVI. La subsiguiente reorganización política del colonialismo ibérico,
implicó una nueva política de reorganización poblacional de los indios y de sus
relaciones con los colonizadores. Pero no por eso los indios fueron en adelante
trabajadores libres y asalariados. En adelante fueron adscritos a la
servidumbre no pagada. La servidumbre de los indios en América no puede ser,
por otro lado, simplemente equiparada a la servidumbre en el feudalismo
europeo, puesto que no incluía la supuesta protección de ningún señor feudal,
ni siempre, ni necesariamente, la tenencia de una porción de tierra para cultivar,
en lugar de salario. Sobre todo antes de la Independencia, la reproducción de
la fuerza de trabajo del siervo indio se hacía en las comunidades. Pero
inclusive más de cien años después de la Independencia, una parte amplia de la
servidumbre india estaba obligada a reproducir su fuerza de trabajo por su
propia cuenta9. Y la otra forma de trabajo no-asalariado, o no pagado
simplemente, el trabajo esclavo, fue adscrita, exclusivamente, a la población
traída desde la futura Africa y llamada negra.
La clasificación racial de la población y la temprana asociación de las nuevas
identidades raciales de los colonizados con las formas de control no pagado, no
asalariado, del trabajo, desarrolló entre los europeos o blancos la específica
percepción de que el trabajo pagado era privilegio de los blancos. La
inferioridad racial de los colonizados implicaba que no eran dignos del pago de
salario. Estaban naturalmente obligados a trabajar en beneficio de sus amos. No
es muy difícil encontrar, hoy mismo, esa actitud extendida entre los
terratenientes blancos de cualquier lugar del mundo. Y el menor salario de las
razas inferiores por igual trabajo que el de los blancos, en los actuales
centros capitalistas, no podría ser, tampoco, explicado al margen de la
clasificación social racista de la población del mundo. En otros términos, por
separado de la colonialidad del poder capitalista mundial.
El control del trabajo en el nuevo patrón de poder mundial se constituyó, así,
articulando todas las formas históricas de control del trabajo en torno de la
relación capital-trabajo asalariado, y de ese modo bajo el dominio de ésta.
Pero dicha articulación fue constitutivamente colonial, pues se fundó, primero,
en la adscripción de todas las formas de trabajo no pagadas a las razas
colonizadas, originalmente indios, negros y de modo más complejo, los mestizos,
en América y más tarde a las demás razas colonizadas en el resto del mundo,
oliváceos y amarillos. Y, segundo, en la adscripción del trabajo pagado,
asalariado, a la raza colonizadora, los blancos.
Esa colonialidad del control del trabajo determinó la distribución geográfica
de cada una de las formas integradas en el capitalismo mundial. En otros
términos, decidió la geografía social del capitalismo: el capital, en tanto que
relación social de control del trabajo asalariado, era el eje en torno del cual
se articulaban todas las demás formas de control del trabajo, de sus recursos y
de sus productos. Eso lo hacía dominante sobre todas ellas y daba carácter
capitalista al conjunto de dicha estructura de control del trabajo. Pero al
mismo tiempo, dicha relación social específica fue geográficamente concentrada
en Europa, sobre todo, y socialmente entre los europeos en todo el mundo del
capitalismo. Y en esas medida y manera, Europa y lo europeo se constituyeron en
el centro del mundo capitalista.
Cuando Raúl Prebisch10 acuñó la célebre imagen de "Centro-Periferia",
para describir la configuración mundial del capitalismo después de la Segunda
Guerra Mundial, apuntó, sabiéndolo o sin saber, al núcleo principal del
carácter histórico del patrón de control del trabajo, de sus recursos y de sus
productos, que formaba parte central del nuevo patrón mundial de poder
constituido a partir de América. El capitalismo mundial fue, desde la partida,
colonial/moderno y eurocentrado. Sin relación clara con esas específicas
características históricas del capitalismo, el propio concepto de "moderno
sistema-mundo" desarrollado, principalmente, por Immanuel Wallerstein11 a
partir de Prebisch y del concepto marxiano de capitalismo mundial, no podría
ser apropiada y plenamente entendido.
Nuevo patrón de poder mundial y nueva intersubjetividad mundial
Ya en su condición de centro del capitalismo mundial, Europa no solamente tenía
el control del mercado mundial, sino que pudo imponer su dominio colonial sobre
todas las regiones y poblaciones del planeta, incorporándolas al
"sistema-mundo" que así se constituía, y a su específico patrón de
poder. Para tales regiones y poblaciones, eso implicó un proceso de re-identificación
histórica, pues desde Europa les fueron atribuidas nuevas identidades
geoculturales. De ese modo, después de América y de Europa, fueron establecidas
Africa, Asia y eventualmente Oceanía. En la producción de esas nuevas
identidades, la colonialidad del nuevo patrón de poder fue, sin duda, una de
las más activas determinaciones. Pero las formas y el nivel de desarrollo
político y cultural, más específicamente intelectual, en cada caso, jugaron
también un papel de primer plano. Sin esos factores, la categoría Oriente no
habría sido elaborada como la única con la dignidad suficiente para ser el
Otro, aunque por definición inferior, de Occidente, sin que alguna equivalente
fuera acuñada para indios o negros12. Pero esta misma omisión pone al descubierto
que esos otros factores actuaron también dentro del patrón racista de
clasificación social universal de la población mundial.
La incorporación de tan diversas y heterogéneas historias culturales a un único
mundo dominado por Europa, significó para ese mundo una configuración cultural,
intelectual, en suma intersubjetiva, equivalente a la articulación de todas las
formas de control del trabajo en torno del capital, para establecer el
capitalismo mundial. En efecto, todas las experiencias, historias, recursos y
productos culturales, terminaron también articulados en un sólo orden cultural
global en torno de la hegemonía europea u occidental. En otros términos, como
parte del nuevo patrón de poder mundial, Europa también concentró bajo su
hegemonía el control de todas las formas de control de la subjetividad, de la
cultura, y en especial del conocimiento, de la producción del conocimiento.
En el proceso que llevó a ese resultado, los colonizadores ejercieron diversas
operaciones que dan cuenta de las condiciones que llevaron a la configuración
de un nuevo universo de relaciones intersubjetivas de dominación entre Europa y
lo europeo y las demás regiones y poblaciones del mundo, a las cuales les
estaban siendo atribuidas, en el mismo proceso, nuevas identidades
geoculturales. En primer lugar, expropiaron a las poblaciones colonizadas
-entre sus descubrimientos culturales- aquellos que resultaban más aptos para
el desarrollo del capitalismo y en beneficio del centro europeo. En segundo
lugar, reprimieron tanto como pudieron, es decir en variables medidas según los
casos, las formas de producción de conocimiento de los colonizados, sus
patrones de producción de sentidos, su universo simbólico, sus patrones de
expresión y de objetivación de la subjetividad. La represión en este campo fue
conocidamente más violenta, profunda y duradera entre los indios de América
ibérica, a los que condenaron a ser una subcultura campesina, iletrada,
despojándolos de su herencia intelectual objetivada. Algo equivalente ocurrió
en Africa. Sin duda mucho menor fue la represión en el caso de Asia, en donde
por lo tanto una parte importante de la historia y de la herencia intelectual,
escrita, pudo ser preservada. Y fue eso, precisamente, lo que dio origen a la
categoría de Oriente. En tercer lugar, forzaron -también en medidas variables
en cada caso- a los colonizados a aprender parcialmente la cultura de los
dominadores en todo lo que fuera útil para la reproducción de la dominación,
sea en el campo de la actividad material, tecnológica, como de la subjetiva,
especialmente religiosa. Es este el caso de la religiosidad judeo-cristiana.
Todo ese accidentado proceso implicó a largo plazo una colonización de las
perspectivas cognitivas, de los modos de producir u otorgar sentido a los
resultados de la experiencia material o intersubjetiva, del imaginario, del
universo de relaciones intersubjetivas del mundo, de la cultura en suma13.
En fin, el éxito de Europa Occidental en convertirse en el centro del moderno
sistema-mundo, según la apta formulación de Wallerstein, desarrolló en los
europeos un rasgo común a todos los dominadores coloniales e imperiales de la
historia, el etnocentrismo. Pero en el caso europeo ese rasgo tenía un
fundamento y una justificación peculiar: la clasificación racial de la
población del mundo después de América. La asociación entre ambos fenómenos, el
etnocentrismo colonial y la clasificación racial universal, ayuda a explicar
por qué los europeos fueron llevados a sentirse no sólo superiores a todos los
demás pueblos del mundo, sino, en particular, naturalmente superiores. Esa
instancia histórica se expresó en una operación mental de fundamental
importancia para todo el patrón de poder mundial, sobre todo respecto de las
relaciones intersubjetivas que le son hegemónicas y en especial de su
perspectiva de conocimiento: los europeos generaron una nueva perspectiva
temporal de la historia y re-ubicaron a los pueblos colonizados, y a sus
respectivas historias y culturas, en el pasado de una trayectoria histórica
cuya culminación era Europa14. Pero, notablemente, no en una misma línea de
continuidad con los europeos, sino en otra categoría naturalmente diferente.
Los pueblos colonizados eran razas inferiores y -por ello- anteriores a los
europeos.
Con acuerdo a esa perspectiva, la modernidad y la racionalidad fueron
imaginadas como experiencias y productos exclusivamente europeos. Desde ese
punto de vista, las relaciones intersubjetivas y culturales entre Europa, es
decir Europa Occidental, y el resto del mundo, fueron codificadas en un juego
entero de nuevas categorías: Oriente-Occidente, primitivo-civilizado,
mágico/mítico-científico, irracional-racional, tradicional-moderno. En suma,
Europa y no-Europa. Incluso así, la única categoría con el debido honor de ser
reconocida como el Otro de Europa u "Occidente", fue
"Oriente". No los "indios" de América, tampoco los
"negros" del Africa. Estos eran simplemente "primitivos".
Por debajo de esa codificación de las relaciones entre europeo/no-europeo, raza
es, sin duda, la categoría básica15. Esa perspectiva binaria, dualista, de
conocimiento, peculiar del eurocentrismo, se impuso como mundialmente
hegemónica en el mismo cauce de la expansión del dominio colonial de Europa
sobre el mundo. No sería posible explicar de otro modo, satisfactoriamente en
todo caso, la elaboración del eurocentrismo como perspectiva hegemónica de
conocimiento, de la versión eurocéntrica de la modernidad y sus dos principales
mitos fundantes: uno, la idea-imagen de la historia de la civilización humana
como una trayectoria que parte de un estado de naturaleza y culmina en Europa.
Y dos, otorgar sentido a las diferencias entre Europa y no-Europa como
diferencias de naturaleza (racial) y no de historia del poder. Ambos mitos
pueden ser reconocidos, inequívocamente, en el fundamento del evolucionismo y
del dualismo, dos de los elementos nucleares del eurocentrismo.
La cuestión de la modernidad
No me propongo aquí entrar en una discusión detenida de la cuestión de la
modernidad y de su versión eurocéntrica. Le he dedicado antes otros estudios y
volveré sobre ella después. En particular, no prolongaré este trabajo con una
discusión acerca del debate modernidad-postmodernidad y su vasta bibliografía.
Pero es pertinente, para los fines de este trabajo, en especial de la parte
siguiente, insistir en algunas cuestiones16.
El hecho de que los europeos occidentales imaginaran ser la culminación de una
trayectoria civilizatoria desde un estado de naturaleza, les llevó también a
pensarse como los modernos de la humanidad y de su historia, esto es, como lo
nuevo y al mismo tiempo lo más avanzado de la especie. Pero puesto que al mismo
tiempo atribuían al resto de la especie la pertenencia a una categoría, por
naturaleza, inferior y por eso anterior, esto es, el pasado en el proceso de la
especie, los europeos imaginaron también ser no solamente los portadores
exclusivos de tal modernidad, sino igualmente sus exclusivos creadores y
protagonistas. Lo notable de eso no es que los europeos se imaginaran y
pensaran a sí mismos y al resto de la especie de ese modo -eso no es un
privilegio de los europeos- sino el hecho de que fueran capaces de difundir y
de establecer esa perspectiva histórica como hegemónica dentro del nuevo
universo intersubjetivo del patrón mundial de poder.
Desde luego, la resistencia intelectual a esa perspectiva histórica no tardó en
emerger. En América Latina desde fines del siglo XIX, pero se afirmó sobre todo
durante el siglo XX y en especial después de la Segunda Guerra Mundial, en
vinculación con el debate sobre la cuestión del desarrollo-subdesarrollo. Como
ese debate fue dominado durante un buen tiempo por la denominada teoría de la
modernización17, en sus vertientes opuestas, para sostener que la modernización
no implica necesariamente la occidentalización de las sociedades y de las
culturas no-europeas, uno de los argumentos más usados fue que la modernidad es
un fenómeno de todas las culturas, no sólo de la europea u occidental.
Si el concepto de modernidad es referido, sólo o fundamentalmente, a las ideas
de novedad, de lo avanzado, de lo racional-científico, laico, secular, que son
las ideas y experiencias normalmente asociadas a ese concepto, no cabe duda de
que es necesario admitir que es un fenómeno posible en todas las culturas y en
todas las épocas históricas. Con todas sus respectivas particularidades y
diferencias, todas las llamadas altas culturas (China, India, Egipto, Grecia,
Maya-Azteca, Tawantinsuyo) anteriores al actual sistema-mundo, muestran
inequívocamente las señales de esa modernidad, incluido lo racional científico,
la secularización del pensamiento, etc. En verdad, a estas alturas de la
investigación histórica sería casi ridículo atribuir a las altas culturas
no-europeas una mentalidad mítico-mágica como rasgo definitorio, por ejemplo,
en oposición a la racionalidad y a la ciencia como características de Europa,
pues aparte de los posibles o más bien conjeturados contenidos simbólicos, las
ciudades, los templos y palacios, las pirámides, o las ciudades monumentales,
sea Machu Pichu o Boro Budur, las irrigaciones, las grandes vías de trasporte,
las tecnologías metalíferas, agropecuarias, las matemáticas, los calendarios,
la escritura, la filosofía, las historias, las armas y las guerras, dan cuenta
del desarrollo científico y tecnológico en cada una de tales altas culturas,
desde mucho antes de la formación de Europa como nueva id-entidad. Lo más que
realmente puede decirse es que, en el actual período, se ha ido más lejos en el
desarrollo científico-tecnológico y se han hecho mayores descubrimientos y
realizaciones, con el papel hegemónico de Europa y, en general, de Occidente.
Los defensores de la patente europea de la modernidad suelen apelar a la
historia cultural del antiguo mundo heleno-románico y al mundo del Mediterráneo
antes de América, para legitimar su reclamo a la exclusividad de esa patente.
Lo que es curioso de ese argumento es que escamotea, primero, el hecho de que
la parte realmente avanzada de ese mundo del Mediterráneo, antes de América,
área por área de esa modernidad, era islamo-judaica. Segundo, que fue dentro de
ese mundo que se mantuvo la herencia cultural greco-romana, las ciudades, el
comercio, la agricultura comercial, la minería, la textilería, la filosofía, la
historia, cuando la futura Europa Occidental estaba dominada por el feudalismo
y su oscurantismo cultural. Tercero que, muy probablemente, la mercantilización
de la fuerza de trabajo, la relación capital-salario, emergió, precisamente, en
esa área y fue en su desarrollo que se expandió posteriormente hacia el norte
de la futura Europa. Cuarto, que solamente a partir de la derrota del Islam y
del posterior desplazamiento de la hegemonía sobre el mercado mundial al
centro-norte de la futura Europa, gracias a América, comienza también a
desplazarse el centro de la actividad cultural a esa nueva región. Por eso, la
nueva perspectiva geográfica de la historia y de la cultura, que allí es
elaborada y que se impone como mundialmente hegemónica, implica, por supuesto,
una nueva geografía del poder. La idea misma de Occidente-Oriente es tardía y
parte desde la hegemonía británica. ¿O aún hace falta recordar que el meridiano
de Greenwich atraviesa Londres y no Sevilla o Venecia?18
En ese sentido, la pretensión eurocéntrica de ser la exclusiva productora y
protagonista de la modernidad, y de que toda modernización de poblaciones
no-europeas es, por lo tanto, una europeización, es una pretensión
etnocentrista y a la postre provinciana. Pero, de otro lado, si se admite que
el concepto de modernidad se refiere solamente a la racionalidad, a la ciencia,
a la tecnología, etc., la cuestión que le estaríamos planteando a la
experiencia histórica no sería diferente de la propuesta por el etnocentrismo
europeo, el debate consistiría apenas en la disputa por la originalidad y la
exclusividad de la propiedad del fenómeno así llamado modernidad, y, en
consecuencia, moviéndose en el mismo terreno y según la misma perspectiva del
eurocentrismo.
Hay, sin embargo, un conjunto de elementos demostrables que apuntan a un
concepto de modernidad diferente, que da cuenta de un proceso histórico
específico al actual sistema-mundo. En ese concepto no están, obviamente,
ausentes sus referencias y sus rasgos anteriores. Pero más bien en tanto y en
cuanto forman parte de un universo de relaciones sociales, materiales e
intersubjetivas, cuya cuestión central es la liberación humana como interés
histórico de la sociedad y también, en consecuencia, su campo central de
conflicto. En los límites de este trabajo, me restringiré solamente a
adelantar, de modo breve y esquemático, algunas proposiciones19.
En primer término, el actual patrón de poder mundial es el primero
efectivamente global de la historia conocida. En varios sentidos específicos.
Uno, es el primero donde en cada uno de los ámbitos de la existencia social
están articuladas todas las formas históricamente conocidas de control de las
relaciones sociales correspondientes, configurando en cada área una sola
estructura con relaciones sistemáticas entre sus componentes y del mismo modo
en su conjunto. Dos, es el primero donde cada una de esas estructuras de cada
ámbito de existencia social, está bajo la hegemonía de una institución
producida dentro del proceso de formación y desarrollo de este mismo patrón de
poder. Así, en el control del trabajo, de sus recursos y de sus productos, está
la empresa capitalista; en el control del sexo, de sus recursos y productos, la
familia burguesa; en el control de la autoridad, sus recursos y productos, el
Estado-nación; en el control de la intersubjetividad, el eurocentrismo20. Tres,
cada una de esas instituciones existe en relaciones de interdependencia con
cada una de las otras. Por lo cual el patrón de poder está configurado como un
sistema21. Cuatro, en fin, este patrón de poder mundial es el primero que cubre
a la totalidad de la población del planeta.
En ese específico sentido, la humanidad actual en su conjunto constituye el
primer sistema-mundo global históricamente conocido, no solamente un mundo como
el que quizás fueron el chino, el hindú, el egipcio, el helénico-románico, el
maya-azteca o el tawantinsuyano. Ninguno de esos posibles mundos tuvo en común
sino un dominador colonial/imperial y, aunque así se propone desde la visión
colonial eurocéntrica, no es seguro que todos los pueblos incorporados a uno de
aquellos mundos tuvieran también en común una perspectiva básica respecto de
las relaciones entre lo humano y el resto del universo. Los dominadores coloniales
de cada uno de esos mundos, no tenían las condiciones, ni probablemente el
interés, de homogenizar las formas básicas de existencia social de todas las
poblaciones de sus dominios. En cambio, el actual, el que comenzó a formarse
con América, tiene en común tres elementos centrales que afectan la vida
cotidiana de la totalidad de la población mundial: la colonialidad del poder,
el capitalismo y el eurocentrismo. Por supuesto que este patrón de poder, ni
otro alguno, puede implicar que la heterogeneidad histórico-estructural haya
sido erradicada dentro de sus dominios. Lo que su globalidad implica es un piso
básico de prácticas sociales comunes para todo el mundo, y una esfera
intersubjetiva que existe y actúa como esfera central de orientación valórica
del conjunto. Por lo cual las instituciones hegemónicas de cada ámbito de
existencia social, son universales a la población del mundo como modelos
intersubjetivos. Así, el Estado-nación, la familia burguesa, la empresa, la
racionalidad eurocéntrica.
Por lo tanto, sea lo que sea lo que el término modernidad mienta, hoy involucra
al conjunto de la población mundial y a toda su historia de los últimos 500
años, a todos los mundos o ex-mundos articulados en el patrón global de poder,
a cada uno de sus segmentos diferenciados o diferenciables, pues se constituyó
junto con, como parte de, la redefinición o reconstitución histórica de cada
uno de ellos por su incorporación al nuevo y común patrón de poder mundial. Por
lo tanto, también como articulación de muchas racionalidades. En otros
términos, puesto que se trata de una historia nueva y diferente, con
experiencias específicas, las cuestiones que esta historia permite y obliga a
abrir no pueden ser indagadas, mucho menos contestadas, con el concepto
eurocéntrico de modernidad. Por lo mismo, decir que es un fenómeno puramente
europeo o que ocurre en todas las culturas, tendría hoy un imposible sentido.
Se trata de algo nuevo y diferente, específico de este patrón de poder mundial.
Si hay que preservar el nombre, debe tratarse, de todos modos, de otra
modernidad.
La cuestión central que nos interesa aquí es la siguiente: ¿qué es lo realmente
nuevo respecto de la modernidad? ¿No solamente lo que desarrolla y redefine
experiencias, tendencias y procesos de otros mundos, sino lo que fue producido
en la historia propia del actual patrón de poder mundial?
Dussel ha propuesto la categoría de transmodernidad como alternativa a la
pretensión eurocéntrica de que Europa es la productora original de la
modernidad22. Según esa propuesta, la constitución del Ego individual
diferenciado es lo nuevo que ocurre con América y es la marca de la modernidad,
pero tiene lugar no sólo en Europa sino en todo el mundo que se configura a
partir de América. Dussel da en el blanco al recusar uno de los mitos
predilectos del eurocentrismo. Pero no es seguro que el ego individual
diferenciado sea un fenómeno exclusivamente perteneciente al período iniciado
con América.
Hay, por supuesto, una relación umbilical entre los procesos históricos que se
generan a partir de América y los cambios de la subjetividad o, mejor dicho, de
la intersubjetividad de todos los pueblos que se van integrando en el nuevo
patrón de poder mundial. Y esos cambios llevan a la constitución de una nueva
subjetividad, no sólo individual, sino colectiva, de una nueva
intersubjetividad. Ese es, por lo tanto, un fenómeno nuevo que ingresa a la
historia con América y en ese sentido hace parte de la modernidad. Pero
cualesquiera que fuesen, esos cambios no se constituyen desde la subjetividad
individual, ni colectiva, del mundo preexistente, vuelta sobre sí misma, o,
para repetir la vieja imagen, esos cambios no nacen como Minerva de la cabeza
de Zeus, sino que son la expresión subjetiva o intersubjetiva de lo que las
gentes del mundo están haciendo en ese momento.
Desde esa perspectiva, es necesario admitir que América y sus consecuencias
inmediatas en el mercado mundial y en la formación de un nuevo patrón de poder
mundial, son un cambio histórico verdaderamente enorme y que no afecta
solamente a Europa sino al conjunto del mundo. No se trata de cambios dentro
del mundo conocido, que no alteran sino algunos de sus rasgos. Se trata del
cambio del mundo como tal. Este es, sin duda, el elemento fundante de la nueva
subjetividad: la percepción del cambio histórico. Es ese elemento lo que
desencadena el proceso de constitución de una nueva perspectiva sobre el tiempo
y sobre la historia. La percepción del cambio lleva a la idea del futuro,
puesto que es el único territorio del tiempo donde pueden ocurrir los cambios.
El futuro es un territorio temporal abierto. El tiempo puede ser nuevo, pues no
es solamente la extensión del pasado. Y, de esa manera, la historia puede ser
percibida ya no sólo como algo que ocurre, sea como algo natural o producido
por decisiones divinas o misteriosas como el destino, sino como algo que puede
ser producido por la acción de las gentes, por sus cálculos, sus intenciones,
sus decisiones, por lo tanto como algo que puede ser proyectado, y, en
consecuencia, tener sentido23.
Con América se inicia, pues, un entero universo de nuevas relaciones materiales
e intersubjetivas. Es pertinente, por todo eso, admitir que el concepto de
modernidad no se refiere solamente a lo que ocurre con la subjetividad, no
obstante toda la tremenda importancia de ese proceso, sea que se trate de la
emergencia del ego individual, o de un nuevo universo de relaciones
intersubjetivas entre los individuos y entre los pueblos integrados o que se
integran en el nuevo sistema-mundo y su específico patrón de poder mundial. El
concepto de modernidad da cuenta, igualmente, de los cambios en la dimensión
material de las relaciones sociales. Es decir, los cambios ocurren en todos los
ámbitos de la existencia social de los pueblos y, por tanto de sus miembros
individuales, lo mismo en la dimensión material que en la dimensión subjetiva
de esas relaciones. Y puesto que se trata de procesos que se inician con la
constitución de América, de un nuevo patrón de poder mundial y de la
integración de los pueblos de todo el mundo en ese proceso, de un entero y
complejo sistema-mundo, es también imprescindible admitir que se trata de todo
un período histórico. En otros términos, a partir de América un nuevo
espacio/tiempo se constituye, material y subjetivamente: eso es lo que mienta
el concepto de modernidad.
No obstante, fue decisivo para el proceso de modernidad que el centro
hegemónico de ese mundo estuviera localizado en las zonas centro-norte de
Europa Occidental. Eso ayuda a explicar por qué el centro de elaboración
intelectual de ese proceso se localizará también allí, y por qué esa versión
fue la que ganó hegemonía mundial. Ayuda igualmente a explicar por qué la
colonialidad del poder jugará un papel de primer orden en esa elaboración
eurocéntrica de la modernidad. Esto último no es muy difícil de percibir si se
tiene en cuenta lo que ya ha sido mostrado antes, el modo como la colonialidad
del poder está vinculada a la concentración en Europa del capital, del
salariado, del mercado del capital, en fin, de la sociedad y de la cultura
asociadas a esas determinaciones. En ese sentido, la modernidad fue también
colonial desde su punto de partida. Pero ayuda también a entender por qué fue
en Europa mucho más directo e inmediato el impacto del proceso mundial de
modernización.
En efecto, las nuevas prácticas sociales implicadas en el patrón de poder
mundial, capitalista, la concentración del capital y del salariado, el nuevo
mercado del capital, todo ello asociado a la nueva perspectiva sobre el tiempo
y sobre la historia, a la centralidad de la cuestión del cambio histórico en
dicha perspectiva, como experiencia y como idea, requieren, necesariamente, la
des-sacralización de las jerarquías y de las autoridades, tanto en la dimensión
material de las relaciones sociales como en su intersubjetividad; la
des-sacralización, el cambio o el desmantelamiento de las correspondientes
estructuras e instituciones. La individuación de las gentes sólo adquiere su
sentido en ese contexto, la necesidad de un foro propio para pensar, para
dudar, para decidir; la libertad individual, en suma, contra las adscripciones
sociales fijadas y en consecuencia la necesidad de igualdad social entre los
individuos.
Las determinaciones capitalistas, sin embargo, requerían también, y en el mismo
movimiento histórico, que esos procesos sociales, materiales e intersubjetivos,
no pudieran tener lugar sino dentro de relaciones sociales de explotación y de
dominación. En consecuencia, como un campo de conflictos por la orientación, es
decir, los fines, los medios y los límites de esos procesos. Para los
controladores del poder, el control del capital y del mercado eran y son los
que deciden los fines, los medios y los límites del proceso. El mercado es el
piso, pero también el límite de la posible igualdad social entre las gentes.
Para los explotados del capital y en general para los dominados del patrón de
poder, la modernidad generó un horizonte de liberación de las gentes de toda
relación, estructura o institución vinculada a la dominación y a la
explotación, pero también las condiciones sociales para avanzar en dirección a
ese horizonte. La modernidad es, pues, también una cuestión de conflicto de
intereses sociales. Uno de ellos es la continuada democratización de la
existencia social de las gentes. En ese sentido, todo concepto de modernidad es
necesariamente ambiguo y contradictorio24.
Es allí, precisamente, donde la historia de esos procesos diferencia tan
claramente a Europa Occidental y el resto del mundo, para el caso, América
Latina. En Europa Occidental, la concentración de la relación capital-salario
es el eje principal de las tendencias de las relaciones de clasificación social
y de la correspondiente estructura de poder. Eso subyace a los enfrentamientos
con el antiguo orden, con el Imperio, con el Papado, durante el período del
llamado capital competitivo. Esos enfrentamientos permiten a los sectores no
dominantes del capital y a los explotados, mejores condiciones de negociar su
lugar en el poder y la venta de su fuerza de trabajo. De otro lado, abre
también condiciones para una secularización específicamente burguesa de la
cultura y de la subjetividad. El liberalismo es una de las claras expresiones
de ese contexto material y subjetivo de la sociedad en Europa Occidental. En
cambio, en el resto del mundo, en América Latina en particular, las formas más
extendidas de control del trabajo son no-salariales, aunque en beneficio global
del capital, lo que implica que las relaciones de explotación y de dominación
tienen carácter colonial. La Independencia política, desde comienzos del siglo
XIX, está acompañada en la mayoría de los nuevos países por el estancamiento y
retroceso del capital y fortalece el carácter colonial de la dominación social
y política bajo Estados formalmente independientes. El eurocentramiento del
capitalismo colonial/moderno, fue en ese sentido decisivo para el destino
diferente del proceso de la modernidad entre Europa y el resto del mundo25.
1. Quiero agradecer, principalmente, a Edgardo Lander y a Walter Mignolo,
por su ayuda en la revisión de este artículo. Y a un comentarista, cuyo nombre
ignoro, por sus útiles críticas a una versión anterior. Ellos, por supuesto, no
son responsables de los errores y limitaciones del texto.
2. Centro de Investigaciones sociales (CIES), Lima.
3. Sobre el concepto de colonialidad del poder, de Aníbal Quijano:
"Colonialidad y modernidad/racionalidad", en Perú Indígena, vol. 13,
no. 29, Lima, 1992.
4. Ver de Aníbal Quijano e Immanuel
Wallerstein: "Americanity as a Concept or the Americas in the Modern
World-System", en International Social Science Journal, no. 134, noviembre
1992, UNESCO, París. También
"América, el capitalismo y la modernidad nacieron el mismo día",
entrevista a Aníbal Quijano, en ILLA, no. 10, Lima, enero 1991. Sobre el
concepto de espacio/tiempo, ver de Immanuel Wallerstein: "El
Espacio/Tiempo como base del conocimiento", en Anuario Mariateguiano, vol.
IX, no 9, Lima, 1997.
5. Sobre esta cuestión y sobre los posibles antecedentes de la idea de raza
antes de América, remito a mi "‘Raza’, ‘etnia’ y ‘nación’ en Meriátegui:
cuestiones abiertas", en Roland Forgues (editor) José Carlos Mariátegui y
Europa. La otra cara del descubrimiento, Editorial Amauta, Lima, 1992.
6. La invención de la categoría de color -primero como la más visible
indicación de raza, luego simplemente como el equivalente de ella-, tanto como
la invención de la particular categoría de blanco, requieren aún una
investigación histórica más exhaustiva. En todo caso, muy probablemente fueron
inventos britano-americanos, ya que no hay huellas de esas categorías en las
crónicas y otros documentos de los primeros cien años del colonialismo ibérico
en América. Para el caso britano-americano existe una extensa bibliografía
(Theodore W. Allen, The Invention of White Race, 2 vols, Verso, Londres, 1994;
Mathew Frye Jacobson, Whiteness of a Different Color, Harvard University Press,
Cambridge, 1998, entre los más importantes). El problema es que ésta ignora lo
sucedido en la América Ibérica. Debido a eso, para esta región carecemos aún de
información suficiente sobre este aspecto específico. Por eso ésta sigue siendo
una cuestión abierta. Es muy interesante que a pesar de que quienes habrían de
ser europeos en el futuro, conocían a los futuros africanos desde la época del
imperio romano, inclusive los íberos que eran más o menos familiares con ellos
mucho antes de la Conquista, nunca se pensó en ellos en términos raciales antes
de la aparición de América. De hecho, raza es una categoría aplicada por
primera vez a los "indios", no a los "negros". De este
modo, raza apareció mucho antes que color en la historia de la clasificación
social de la población mundial.
7. La idea de raza es, literalmente, un invento. No tiene nada que ver con la
estructura biológica de la especie humana. En cuanto a los rasgos fenotípicos,
éstos se hallan obviamente en el código genético de los individuos y grupos y
en ese sentido específico son biológicos. Sin embargo, no tienen ninguna
relación con ninguno de los subsistemas y procesos biológicos del organismo
humano, incluyendo por cierto aquellos implicados en los subsistemas
neurológicos y mentales y sus funciones. Véase Jonathan Mark, Human
Biodiversity, Genes, Race and History, Aldyne de Gruyter, Nueva York, 1994 y
Aníbal Quijano, "¡Qué tal raza!", en Familia y cambio social,
CECOSAM, Lima, 1999.
8. Fernando Coronil ha discutido la construcción de la categoría Occidente como
parte de la formación de un poder global, en "Beyond Occidentalism: Toward
Nonimperial Geohistorical Categories", en Cultural Anthropology, vol. 11,
no.1, febrero 1996.
9. Eso fue lo que, según comunicación personal, encontró Alfred Metraux, el
conocido antropólogo francés, a fines de los años 50 en el Sur del Perú, y lo
mismo que también encontré en 1963, en el Cusco: un peón indio obligado a
viajar desde su aldea, en La Convención, hasta la ciudad, para cumplir su turno
de servir durante una semana a sus patrones. Pero éstos no le proporcionaban
vivienda, ni alimento, ni, desde luego, salario. Metraux proponía que esa
situación estaba más cercana del colonato romano del siglo IV d.c., que del
feudalismo europeo.
10. Ver "Commercial policy in
the underdeveloped countries", American Economic Review, Papers and
Proceedings, vol XLIX, mayo 1959. También The Economic Development in Latin
America and its Principal Problems, ECLA, United Nations, Nueva York, 1960. De
Werner Baer, "The Economics of Prebisch and ECLA", en Economic
Development and Cultural Change, vol. X, enero 1962.
11. De Immanuel Wallerstein ver, principalmente, The Modern World-System, 3
vol., Academic Press Inc., Nueva York, 1974-1989, 3 vols. De Terence Hopkins e
Immanuel Wallerstein, World-Systems Analysis. Theory and Methodology, vol. 1,
Sage Publications, Beverly Hills, 1982.
12. Sobre el proceso de producción de
nuevas identidades histórico-geoculturales véase de Edmundo O’Gorman, La
invención de América, Fondo de Cultura Económica, México, 1954; José Rabasa,
Inventing America, Norman, Oklahoma University Press, 1993; Enrique Dussel, The
Invention of the Americas, Continuum, Nueva York, 1995; V. Y. Mudimbe, The
Invention of Africa. Gnosis,
Philosophy and the Order of Knowledge, Bloomington University Press,
Bloomington, 1988; Charles Tilly, Coercion, Capital and European States AD
990-1992, Blackwell, Cambridge,1990; Edward Said, Orientalism, Vintage Books,
Nueva York, !979; Fernando Coronil, op. cit.
13. Acerca de esas cuestiones, ver George W. Stocking Jr., Race, Culture and
Evolution. Essays in the History of Anthropology, The Free Press, Nueva York,
1968; Robert. C. Young: Colonial Desire. Hybridity in Theory, Culture and Race,
Routledge, Londres, 1995. De
Aníbal Quijano, "Colonialidad y modernidad/racionalidad", ya citado.
También "Colonialidad del poder, cultura y conocimiento en América
Latina", en Anuario Mariateguiano, vol. IX, no.9, Lima, 1997; y "Réflexions sur
l’Interdisciplinarité, le Développement et les Relations Inter
culturelles", en Entre Savoirs. Interdisciplinarité en acte: enjeux,
obstacles, résultats. UNESCO-ERES, París, 1992; Serge Gruzinski, La
colonisation de l’imaginaire. Sociétés indigènes et occidentalisation dans le
Mexique espagnol XVI-XVIII siècle, Gallimard, París, 1988.
14. Véase de Walter Mignolo, The
Darker Side of the Renaissance. Literacy, Territoriality and Colonization,
Michigan University Press, Ann Arbor ,1995. De J.M. Blaut, The Colonizers Model
of the World. Geographical Diffusionism and Eurocentric History, The Guilford
Press, Nueva York,1993; y de Edgardo Lander, "Colonialidad, modernidad,
postmodernidad", Anuario Mariateguiano, vol. IX, no. 9, Lima, 1997.
15. Acerca de las categorías producidas durante el dominio colonial europeo del
mundo, existen un buen número de líneas de debate: "estudios de la
subalternidad", "estudios postcoloniales", "estudios
culturales", "multiculturalismo", entre los actuales. También
una floreciente bibliografía demasiado larga para ser aquí citada y con nombres
famosos como Guha, Spivak, Said, Bhabha, Hall, entre ellos.
16. De mis anteriores estudios, ver, principalmente, Modernidad, Identidad y
Utopía en América Latina, Ediciones Sociedad y Política, Lima, 1988;
"Colonialidad y modernidad/racionalidad", ya citado; y
"Estado-nación, ciudadanía y democracia: cuestiones abiertas", en
Helena González y Heidulf Schmidt, (editores), Democracia para una nueva
sociedad, Nueva Sociedad, Caracas, 1998.
17. Hay una vasta literatura en torno de ese debate. Un sumario puede ser
encontrado en mi texto "El fantasma del desarrollo en América
Latina", Revista venezolana de economía y ciencias sociales, no. 2, 2000.
18. Sobre esto las agudas observaciones de Robert J.C Young, op. cit.
19. Un debate más detenido en "Modernidad y democracia: intereses y
conflictos" (de próxima publicación en Anuario Mariateguiano, vol. XII,
no. 12, Lima, 2000).
20. Acerca de las proposiciones teóricas de esta concepción del poder, ver
"Coloniality of power and its institutions", Simposio sobre
Colonialidad del poder y sus ámbitos sociales, Binghamton University,
Binghamton, Nueva York, abril de 1999 (mimeo).
21. En el sentido de que las relaciones entre las partes y la totalidad no son
arbitrarias y la última tiene hegemonía sobre las partes en la orientación del
movimiento del conjunto. No en el sentido sistémico, es decir en que las
relaciones de las partes entre sí y con el conjunto son lógico-funcionales.
Esto no ocurre sino en las máquinas y en los organismos. Nunca en las
relaciones sociales.
22. Enrique Dussel, The Invention of the Americas. Eclipse of the Other and the Myth of Modernity,
Continuum, Nueva York, 1995.
23. Ver Modernidad, Identidad y Utopia
en América Latina, op. cit.
24. Ver "Estado-nación, ciudadanía y democracia: cuestiones
abiertas", op. cit. También
"El fantasma del desarrollo", op. cit.
25. Ver Modernidad, Identidad y Utopía en América Latina, op.cit.
"Colonialité du Pouvoir, Démocratie et Citoyenneté en Amérique
Latine", en Amérique Latine: Démocratie et Exclusion, L’Harmattan, París,
1994.
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